Super Mario Galaxy: La película amplía el universo de Mario hacia el espacio con una propuesta visualmente ambiciosa, pero narrativamente débil y vacía que se diluye en una sucesión de escenas espectaculares sin cohesión.
Super Mario Galaxy: La película (2026)
Puntuación:★½
Dirección: Aaron Horvath y Michael Jelenic
Voces: Chris Pratt, Anya Taylor-Joy, Charlie Day, Jack Black, Keegan-Michael Key, Benny Safdie, Donald Glover, Brie Larson, Luis Guzmán y Issa Rae
Disponible en cines
La expansión del universo de Mario hacia el espacio parecía una evolución natural tras el éxito de Super Mario Bros: La película, pero Super Mario Galaxy: La película, dirigida por Aaron Horvath y Michael Jelenic, revela rápidamente las limitaciones de trasladar una lógica de videojuego —basada en mecánicas y estímulos constantes— a una estructura cinematográfica que exige cohesión, progresión y sentido dramático. Inspirada en el universo creado por Shigeru Miyamoto y particularmente en Super Mario Galaxy, la película apuesta por la escala, pero descuida aquello que debería sostenerla: una historia con peso.
El punto de partida es simple: el secuestro de Rosalina por parte de Bowser Jr. impulsa a Mario, Luigi y Peach a embarcarse en una travesía intergaláctica. Sin embargo, esa premisa nunca termina de organizar el relato. La narrativa se diluye en una sucesión de mundos, persecuciones y set pieces que funcionan más como niveles desbloqueables que como partes de un arco dramático. Hay una intención evidente de estructurar mejor la historia en comparación con la primera entrega, pero esa rigidez termina exponiendo el vacío: cuanto más intenta parecer una película “con guion”, más evidente se vuelve que no lo tiene.
El mayor problema radica en su concepción: la película no avanza, salta. Cada secuencia parece diseñada para impresionar en lo inmediato —colores saturados, gravedad alterada, criaturas adorables— pero sin construir una progresión emocional o narrativa. El resultado es una experiencia fragmentada, cercana a un montaje continuo donde todo ocurre, pero nada realmente importa. La lógica interna del universo, siempre flexible en los videojuegos, aquí juega en contra: sin reglas claras, tampoco hay consecuencias.

En ese contexto, los personajes quedan reducidos a funciones. Mario y Luigi siguen siendo carismáticos, pero carecen de evolución; Peach mantiene su rol activo, aunque sin desarrollo; y Bowser, que en la entrega anterior tenía cierta presencia, aquí pierde fuerza entre subtramas dispersas y decisiones inconsistentes. Incluso la inclusión de Rosalina, un personaje con potencial simbólico dentro del imaginario de la saga, se queda en lo superficial. La película parece más interesada en mostrarla que en comprenderla.
Visualmente, el film apuesta por la espectacularidad constante. Los escenarios espaciales, las variaciones de gravedad y el diseño de criaturas construyen un universo llamativo, aunque paradójicamente monótono. La saturación estética termina anulando el asombro: cuando todo es extraordinario, nada lo es realmente. A diferencia del juego, donde la exploración genera descubrimiento, aquí los espacios son simplemente transitados, no vividos.
Hay, sin duda, una estrategia clara detrás: maximizar el reconocimiento. La película funciona como un catálogo de referencias, un desfile de guiños que apelan directamente al fan que no va cuestionar nada, por que su lógica es que la película cumple su objetivo comercial: es accesible, rápida y constantemente estimulante. Pero también evidencia una tendencia preocupante en este tipo de adaptaciones: sustituir el relato por la referencia, la emoción por el reconocimiento inmediato.