El último gigante construye un drama sobre el reencuentro entre un padre ausente y su hijo marcado por el abandono, apoyándose en un conflicto emocional potente que, sin embargo, se diluye en diálogos excesivamente explicativos.
El último gigante (2026)
Puntuación:★★½
Dirección: Marcos Carnevale
Reparto: Oscar Martínez, Matías Mayer, Inés Estévez y Silvia Kutika
Disponible en Netflix
El cine de Marcos Carnevale nunca ha sido particularmente sutil, y El último gigante no es la excepción. Su propuesta parte de un conflicto profundamente humano —el regreso de un padre ausente y la herida que deja el abandono—, pero lo aborda desde una lógica más explicativa que emocional. La película parece confiar más en lo que sus personajes dicen que en lo que verdaderamente sienten, generando una distancia que, paradójicamente, debilita su intención de conmover.
Desde su potente apertura en las Cataratas del Iguazú —un escenario que funciona tanto como espectáculo visual como metáfora emocional— se establece el tono del relato: grandilocuente, intenso, pero también algo impostado. Boris, interpretado por Matías Mayer, es un personaje construido desde el exceso verbal. Sus emociones están constantemente subrayadas, explicadas, casi didactizadas, lo que convierte muchos de sus diálogos en discursos más que en experiencias vividas. En lugar de permitir que el espectador descubra el dolor, la película lo enuncia una y otra vez, restándole fuerza.
Sin embargo, donde el guion falla, las interpretaciones logran rescatar momentos de autenticidad. Oscar Martínez, como Julián, aporta una contención que contrasta con el tono general del film. Su personaje, un hombre que carga con la culpa de haber abandonado a su familia, evita caer en el melodrama fácil y encuentra matices incluso en los momentos más evidentes del libreto. Martínez construye una figura contradictoria: digna en su intento de redención, pero inevitablemente marcada por su pasado. Es en esos silencios, en esas miradas contenidas, donde la película encuentra algo cercano a la verdad.

La estructura narrativa se mueve dentro de terrenos previsibles. Carnevale organiza el relato como una sucesión de encuentros, discusiones y reconciliaciones parciales, intercaladas con subtramas que van desde el drama familiar hasta elementos casi anecdóticos —hospitales, episodios policiales, incluso pequeños desvíos hacia la comedia— que terminan diluyendo el foco central. Esta acumulación de tonos y géneros genera una sensación de dispersión: la película quiere abarcar demasiado y, en el proceso, pierde profundidad.
Uno de los problemas más evidentes es su tendencia a moralizar. Los temas que aborda —el perdón, la culpa, las segundas oportunidades— están cargados de potencial dramático, pero son tratados con una insistencia que los acerca peligrosamente al terreno de la autoayuda. Las conclusiones no emergen de la experiencia narrativa, sino que parecen impuestas, como si el film desconfiara de la capacidad del espectador para interpretarlas por sí mismo.
A nivel cinematográfico, la película es correcta pero poco arriesgada. La puesta en escena privilegia lo funcional sobre lo expresivo, apoyándose en la belleza natural del entorno —especialmente las Cataratas— como recurso visual principal. Esto refuerza la sensación de estar ante un producto prolijo, incluso atractivo en lo superficial, pero sin una identidad estética verdaderamente definida. Hay momentos en los que el film parece debatirse entre ser un drama íntimo y un escaparate turístico, sin decidirse completamente por ninguno.
En términos de balance, El último gigante es una película que se sostiene más por sus intérpretes que por su escritura. Tiene buenas intenciones y un núcleo emocional reconocible, pero su necesidad constante de explicarse termina jugando en su contra. Es un film que quiere emocionar a toda costa, pero que olvida que la emoción más potente suele surgir en los espacios no dichos.
Carnevale construye así una obra convencional, de formas clásicas y espíritu conciliador, que apela a un tipo de cine cada vez más escaso pero también más predecible. No es un desastre ni mucho menos, pero sí una oportunidad parcialmente desaprovechada: un relato que podría haber explorado con mayor profundidad las complejidades del vínculo padre-hijo y que, en cambio, opta por un camino más seguro, más cómodo… y, en última instancia, menos memorable.