Atropia – El Simulacro Perdido entre la Sátira y el Romance

Atropia parte de una premisa fascinante sobre los simulacros de guerra en EE. UU., pero se diluye en una mezcla confusa de sátira y romance que nunca termina de cuajar pese al carisma de  Alia Shawkat y Callum Turner.
Atropia (2025)
Puntuación:★★
Dirección: Hailey Gates
Reparto: Alia Shawkat, Callum Turner, Zahra Alzubaidi, Tony Shawkat y Chloë Sevigny
Disponible en Mubi

La guerra, como construcción cultural, ha sido históricamente filtrada por la lente de Hollywood antes de ser ejecutada en el campo de batalla. En su ópera prima, Atropia, la directora y guionista Hailey Gates intenta diseccionar esta perturbadora retroalimentación entre realidad y ficción. Producida por Luca Guadagnino, la película nos sumerge en “La Caja”: un complejo de entrenamiento militar de 600 acres en California que recrea con inquietante detalle un pueblo iraquí. Sin embargo, lo que inicia como una premisa potente sobre la maquinaria de propaganda y el absurdo bélico, termina convirtiéndose en una obra que, al igual que sus protagonistas, parece extraviada en su propio decorado.

Gates, con su bagaje como periodista de Vice, conoce bien el terreno que pisa. La riqueza del filme reside en los detalles que revelan el desinterés militar por la autenticidad específica: el uso de actores mexicanos para interpretar iraquíes o la elección técnica entre el aroma a chai y el olor a carne quemada para “ambientar” el trauma. En este escenario, Alia Shawkat entrega una interpretación ingeniosa como Fayruz, una actriz que se toma el simulacro con una seriedad casi patológica, actuando como una suerte de entrenadora de método para el resto de los “insurgentes” contratados.

El conflicto surge cuando la representación se rompe por el factor humano. El romance entre Fayruz y Abu Dice (Callum Turner), un soldado que interpreta a un líder insurgente, introduce una capa de “emociones no simuladas” que amenaza con descarrilar la coreografía militar. Aquí, la película encuentra sus momentos de mayor encanto, apoyada por la calidez visual del director de fotografía Eric K. Yue, quien logra dotar al desierto de una belleza romántica que contrasta con la brutalidad de la premisa.

El problema fundamental de Atropia es su incapacidad para decidir qué quiere ser. Gates oscila entre la farsa inexpresiva, la sátira política y el drama romántico convencional sin lograr que los géneros cuajen en una propuesta sólida. La película hereda el ADN de su cortometraje previo, Shako Mako, pero al expandirse a largometraje, la tensión se disipa. Lo que comienza con el ritmo de una crítica incisiva a lo Show de Truman o Westworld, termina desinflándose en una segunda mitad caótica que recurre a chistes predecibles dignos de una sitcom de mediana calidad.

El guion apunta a objetivos demasiado fáciles. Las caricaturas de los altos mandos (interpretados por Chloë Sevigny y Tim Heidecker) y el cameo fallido de Channing Tatum como una estrella de acción tonta, son ataques superficiales que ya hemos visto “comentados hasta la saciedad”. Ambientar en 2025 una crítica sobre la política exterior de 2006 se siente, por momentos, como un comentario anticuado que llega tarde a un debate que el cine ya agotó hace una década.

Como dato interesante, es saber que Gates consideró originalmente filmar esto como un documental, y tras ver el resultado final, la duda persiste: ¿no habría sido más potente la realidad cruda de estos 200 pueblos simulados que existen en EE. UU. que esta ficción exagerada? La película se siente como una historia fascinante contada en una fiesta que se alarga demasiado (97 minutos). Al final, el intento de dotar a la historia de una “seriedad dramática” mediante el uso de imágenes de archivo de la era Bush se siente forzado; la película no se ha ganado el peso emocional que intenta imponer en su clímax.

Al final, Atropia es un ejercicio extraño y ambicioso que confirma a Hailey Gates como una voz con intereses visuales claros, pero con una brújula narrativa aún incierta. Aunque logra capturar la inquietante relación entre la guerra real y la filmada, se queda a medio camino de ser la sátira definitiva sobre el imperialismo cultural estadounidense. Es una película llena de “breves observaciones interesantes” que no terminan de formar un todo cohesivo, dejando al espectador con la misma sensación que sus personajes: la de haber participado en un simulacro lujoso que, al caer el telón, no conduce a ninguna parte.

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