‘Language Universal’ – El Winnipeg Persa de Matthew Rankin

Universal Language es una brillante sátira que reimagina Winnipeg como un enclave de habla persa para exaltar el multiculturalismo. Rankin fusiona la simetría de Wes Anderson con el humor de Aki Kaurismäki en una narrativa onírica y absurda sobre la identidad.
Lenguaje Universal (2024)
Puntuación:★★★½
Dirección: Matthew Rankin
Reparto: Matthew Rankin, Danielle Fichaud, Sami Soleymanlou y Pirouz Nemati 
Semana del cine canadiense 

En el cine contemporáneo, la identidad suele abordarse desde el conflicto o la asimilación traumática. Sin embargo, Matthew Rankin propone en Language Universal un ejercicio de imaginación radical: un Winnipeg donde el farsi es la lengua vehicular, el brutalismo canadiense se funde con la estética del cine iraní y las instituciones nacionales, como el Tim Hortons, se transforman en salones de té persas. Esta película no es solo una comedia deadpan; es un manifiesto sobre el hecho consumado del multiculturalismo canadiense, procesado a través de una lógica onírica y una puesta en escena que desafía tanto la geografía como la cronología.

Rankin no se limita a filmar una historia en Winnipeg; la reinventa. La ciudad se convierte en un “Teherán bajo cero” donde todo es familiar pero nada encaja del todo. Al rodar íntegramente en farsi y francés, el director lanza un dardo al corazón del debate sobre la inmigración en Occidente. Mientras otros países discuten la integración como una amenaza a la soberanía, Rankin presenta una Canadá donde la mimesis es total. Aquí, la identidad nacional no es algo que se defiende, sino algo que se habita y se transforma.

El uso de la arquitectura brutalista de Winnipeg no es accidental. Las estructuras geométricas e imponentes sirven como lienzos para encuadres simétricos que recuerdan la meticulosidad de Wes Anderson o la rigidez cómica de Roy Andersson. Sin embargo, Rankin eleva esta estética al integrarla con elementos del realismo poético iraní, creando una atmósfera mutante e inasible que sitúa al espectador en un estado de desorientación constante pero acogedora.

La película opera bajo una “lógica de repeticiones” y un humor seco que remite a Jacques Tati. Desde los niños que intentan desenterrar un billete congelado en el hielo —una metáfora perfecta del deseo frustrado en la precariedad— hasta la invención de oficios absurdos como la “lacrimóloga”, el guion construye un universo donde el humor surge de impulsos nacionales sutiles, como la indiferencia histórica de Quebec hacia el resto del país.

Lo más fascinante es la unidad de tiempo y espacio. Al concentrar a este elenco excéntrico de personajes (profesores agobiados, guías turísticos desconcertados y pavos omnipresentes) en un solo barrio durante 36 horas, Rankin logra una cohesión interna que parece una revelación. Las identidades personales se entrelazan no por necesidad narrativa, sino por la inevitable proximidad de una comunidad que comparte un mismo lenguaje, aunque este sea “universal” solo en el título.

Rodada en fímico y desprovista de tecnología moderna hasta su escena final, la película juega a ser una obra de época que ocurre en el presente. Esta decisión artística refuerza la idea de que los valores de diversidad y convivencia que exalta la película son atemporales y esenciales. Cuando finalmente vemos coches modernos en una autopista, la ilusión no se rompe, sino que se confirma: esta es la Canadá de hoy, una nación que ha asumido su destino como un crisol global donde el “otro” ya no existe, porque todos somos, en algún nivel, extranjeros en nuestra propia tierra.

Language Universal es una obra curiosa de la deformidad orgullosa. Matthew Rankin ha logrado que lo extraño se sienta cercano sin volverse cómodo, ofreciendo un homenaje conmovedor a la inquebrantable adhesión de Canadá a la diversidad. Es una película que no pide lógica, sino empatía; no ofrece explicaciones, sino un “mood” de asombro ante la belleza de lo cotidiano mimetizado. En un mundo que busca levantar muros, Rankin congela el dinero en el hielo y nos invita a todos a intentar sacarlo juntos, hablando un idioma que, al final del día, todos entendemos: el de la soledad compartida y la alegría del encuentro.

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