AnyMart – El terror cotidiano del consumismo

AnyMart transforma una tienda de conveniencia en el escenario de una inquietante reflexión sobre la alienación laboral y el consumismo. Con una narración paciente y una atmósfera opresiva, Yusuke Iwasaki demuestra que el mejor terror japonés nace de lo cotidiano. Su explosivo tramo final convierte esta sólida ópera prima en una de las propuestas más originales del año.
CRFIC 2026 | AnyMart (2026)
Puntuación: ★★★★
Dirección: Yusuke Iwasaki
Reparto: Shôta Sometani, Erika Karata, Masahiko Nishimura

Las tiendas de conveniencia forman parte del paisaje cotidiano de nuestras vidas. Están abiertas las veinticuatro horas, funcionan con una precisión casi perfecta y parecen existir fuera del tiempo. En AnyMart, Yusuke Iwasaki toma ese espacio tan familiar para convertirlo en algo profundamente inquietante. No necesita fantasmas tradicionales ni sustos repentinos; le basta observar cómo la rutina, las reglas y la obsesión por la eficiencia terminan desdibujando la identidad de quienes trabajan allí. Esa mirada conecta con una de las mayores virtudes del cine de terror japonés moderno: encontrar el horror en aquello que todos consideran normal.

Aunque la película se presenta como una sátira sobre el trabajo y el capitalismo, nunca pierde de vista que su verdadero interés está en las personas atrapadas dentro de ese engranaje. Sakai, el subgerente de una tienda AnyMart, vive una existencia marcada por protocolos, clientes difíciles y jornadas idénticas unas a otras. La llegada de Ogawa, una nueva empleada que todavía conserva sueños fuera del minimercado, introduce una pequeña grieta en ese mundo aparentemente perfecto. A partir de ahí, la película comienza a transformarse lentamente. Lo cotidiano deja de ser simplemente rutinario para convertirse en algo cada vez más extraño, hasta que la frontera entre la realidad y la pesadilla prácticamente desaparece.

Ese cambio de tono es uno de los mayores aciertos de Iwasaki. El cine japonés lleva décadas demostrando que el miedo puede construirse desde la paciencia. No hace falta que algo aparezca de golpe para generar tensión; basta con que el espectador sienta que algo no termina de encajar. AnyMart trabaja exactamente bajo esa lógica. Durante buena parte del metraje casi no sucede nada extraordinario, pero la incomodidad nunca desaparece. Cada silencio pesa, cada conversación parece ligeramente artificial y cada nueva jornada laboral transmite la sensación de que el lugar está consumiendo poco a poco a quienes trabajan en él.

La puesta en escena potencia esa sensación de encierro. Las luces blancas eliminan cualquier referencia al paso del tiempo; los estantes perfectamente organizados convierten la tienda en un espacio casi clínico y las frases que los empleados repiten una y otra vez terminan sonando como un ritual aprendido de memoria. Todo funciona con una precisión casi enfermiza. El cliente encuentra exactamente lo que busca, pero los trabajadores parecen perder algo de sí mismos cada vez que comienza un nuevo turno.

Iwasaki demuestra una enorme confianza en el poder de la observación. En lugar de explicar cómo funciona ese sistema, simplemente deja que el espectador lo descubra. Un empleado despedido por llevarse comida vencida mientras los pequeños robos se toleran porque resultan más rentables. Un supervisor incapaz de aceptar cualquier desviación del protocolo. Un vendedor telefónico que repite discursos motivacionales como si fuera incapaz de hablar por sí mismo. Son pequeños detalles que revelan un mundo donde la lógica empresarial ha terminado reemplazando cualquier sentido común.

Shôta Sometani entiende perfectamente esa propuesta. Su interpretación de Sakai está construida desde la contención absoluta. Más que expresar emociones, parece haber aprendido a ocultarlas. Su vida fuera del trabajo tampoco ofrece una salida: una madre atrapada por la ludopatía, conversaciones mecánicas en aplicaciones de citas y una incapacidad casi total para establecer vínculos reales. El trabajo no es el origen de su vacío, pero sí el lugar donde ese vacío termina normalizándose.

La aparición de Ogawa introduce una energía distinta. Erika Karata interpreta a una mujer que todavía imagina un futuro diferente, alguien que sueña con abrir su propia peluquería y que aún no ha sido absorbida por la maquinaria del minimercado. Su presencia recuerda constantemente que todavía existe la posibilidad de elegir otro camino, aunque la película nunca cae en la ingenuidad de convertir esa ilusión en una solución sencilla.

Lo interesante es que AnyMart nunca abandona del todo su sentido del humor. Durante gran parte de la película funciona como una comedia seca sobre los absurdos del trabajo minorista. Cualquiera que haya trabajado en atención al cliente reconocerá la incomodidad de muchas situaciones, desde los protocolos ridículos hasta la obediencia automática frente a órdenes completamente ilógicas. Iwasaki entiende que el humor y el horror nacen del mismo lugar: de aceptar como normales comportamientos que, vistos desde fuera, resultan completamente absurdos.

Cuando finalmente llega el caos, la película no cambia de rumbo, sino que lleva hasta el extremo todo lo que venía construyendo. La violencia aparece como una consecuencia lógica de un sistema que ha reducido a las personas a simples piezas reemplazables. Las muertes apenas alteran el funcionamiento del negocio y los empleados son sustituidos con la misma facilidad con la que se cambia un producto de la estantería. Ahí es donde la película deja de ser únicamente una sátira laboral para convertirse en una de las propuestas de terror más estimulantes del cine japonés reciente.

Iwasaki también demuestra entender muy bien cómo dialogar con la tradición del cine japonés sin limitarse a imitarla. Su película comparte con el mejor J-Horror esa capacidad para convertir espacios cotidianos en lugares inquietantes, pero evita reproducir sus fórmulas más reconocibles. Aquí no hay maldiciones ni fantasmas de cabello largo. El verdadero monstruo es mucho más difícil de combatir porque forma parte de la vida diaria. Está en la repetición, en la productividad convertida en dogma y en la sensación de que cada persona puede ser reemplazada sin que nadie lo note.

Como ópera prima, AnyMart sorprende por la seguridad con la que maneja sus cambios de tono y por la claridad de su propuesta. Yusuke Iwasaki no solo firma una crítica feroz al capitalismo contemporáneo, sino también una película que entiende perfectamente cómo funciona el miedo en el cine japonés moderno. En lugar de buscar el impacto inmediato, deja que la inquietud crezca lentamente hasta desembocar en un final tan violento como inevitable.

Lo mejor de AnyMart es que nunca necesita exagerar su punto de partida. Todos hemos entrado alguna vez en una tienda donde todo parece funcionar como un reloj. Iwasaki simplemente se pregunta qué ocurre cuando las personas empiezan a comportarse igual que ese mecanismo. La respuesta mezcla humor negro, terror psicológico y una explosión de violencia que no busca ofrecer una salida, sino confirmar que el verdadero horror nunca estuvo escondido entre las sombras, sino bajo las luces perfectamente iluminadas de un minimercado.

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