Rosebush Pruning – Mucho estilo, poca provocación

Rosebush Pruning de Karim Aïnouz convierte la decadencia de una familia millonaria en una sátira negra, estilizada y deliberadamente excesiva. Su mayor fortaleza está en la fotografía de Hélène Louvart, la banda sonora de Matthew Herbert y un reparto encabezado por un sensual Callum Turner completamente entregado al absurdo.
Rosebush Pruning (2026)
Puntuación:★★½
Dirección: Karim Aïnouz
Reparto: Callum Turner, Riley Keough, Jamie Bell, Lukas Gage, Elena Anaya, Tracy Letts, Elle Fanning y Pamela Anderson
Disponible en MUBI

Incomodar al espectador es un arte. Presumir que se sabe incomodar, otro muy distinto —y es en este segundo donde cae Rosebush Pruning, la nueva película de Karim Aïnouz, que se une al siempre peculiar Efthymis Filippou, que reúne todos los ingredientes de una comedia negra provocadora: una familia millonaria y disfuncional, una mansión aislada, sexualidad reprimida, incesto, perversión, enfermedades, traumas, personajes emocionalmente deformados y una estética deliberadamente excesiva. Sin embargo, el problema de la película no está en su falta de ideas, sino en que muchas de ellas parecen más concebidas para producir una reacción que para construir una verdadera incomodidad.

La película parte de una premisa que remite directamente a Fists in the Pocket (I pugni in tasca, 1965), de Marco Bellocchio: una familia encerrada sobre sí misma, atravesada por enfermedades, frustraciones, violencia y una profunda incapacidad para relacionarse con el mundo exterior. Pero donde Bellocchio construía una película rabiosa, casi enfermiza, contra el conformismo burgués, la religión y las estructuras familiares, Aïnouz opta por una mirada mucho más irónica y estilizada. El resultado es menos un grito de desesperación que una sonrisa torcida frente a un grupo de ricos incapaces de hacer algo útil con sus vidas.

Y ahí aparece una de las principales contradicciones de Rosebush Pruning. La película quiere ser grotesca, sensual, transgresora y satírica al mismo tiempo, pero rara vez consigue que esas dimensiones choquen entre sí de manera verdaderamente perturbadora. Hay demasiadas señales indicándonos que estamos ante algo extraño. La película subraya constantemente su rareza, hasta el punto de que lo extraño deja de ser extraño.

La familia es el centro de ese universo enfermo. Jack, Ed, Anna y Robert viven prácticamente desconectados del mundo, refugiados en una opulenta villa española que funciona como una extensión física de su deterioro emocional. Jack, interpretado por Jamie Bell, es quien parece estar más cerca de escapar de ese ecosistema. Su relación con Martha, interpretada por Elle Fanning, introduce la posibilidad de una vida exterior, aunque pronto queda claro que ella tampoco es exactamente la figura de inocencia que aparenta ser.

Callum Turner, como Edward, probablemente sea quien mejor representa el espíritu de la película. Su personaje funciona como narrador y como una especie de conciencia deformada de la familia. Su manera de expresarse, sus refranes inventados y su relación deteriorada con el lenguaje convierten la narración en otro síntoma de la enfermedad familiar. Turner consigue darle cierta vulnerabilidad a un personaje que podría haberse convertido fácilmente en una caricatura. En cambio, Riley Keough como Anna queda mucho más limitada por un personaje que parece construido alrededor de sus comportamientos y deseos, pero que nunca alcanza la misma profundidad que Edward o Robert.

Lukas Gage, por su parte, abraza completamente el exceso de Robert. Su personaje, que se viste de mujer y vive obsesionado con obtener el afecto de Jack, encarna buena parte de la dimensión más grotesca y sexual de la película. El problema es que la película parece confiar demasiado en la apariencia de esas situaciones. Que algo sea perverso no significa automáticamente que sea transgresor. La provocación necesita una consecuencia emocional, política o moral para permanecer en la cabeza del espectador después de que desaparezca la imagen.

Esto es especialmente evidente en la representación de la sexualidad. Rosebush Pruning está llena de cuerpos atractivos, desnudez, fetichismo, insinuaciones y comportamientos sexuales perturbadores. Pero, paradójicamente, mientras más intenta erotizar y escandalizar, menos erótica o escandalosa se vuelve. La sensualidad termina convertida en un elemento decorativo más. La película parece decirnos constantemente: “mira qué atrevida soy”, cuando lo verdaderamente provocador habría sido permitir que esas situaciones revelaran algo más incómodo sobre sus personajes, su clase social o nuestra propia fascinación por ellos.

En ese sentido, el filme resulta mucho más interesante cuando abandona momentáneamente la provocación y se concentra en su sátira de la riqueza. Estos personajes tienen dinero, propiedades y privilegios, pero viven como prisioneros de una estructura familiar que ellos mismos perpetúan. Su tragedia no es la falta de recursos, sino el exceso de ellos. No necesitan sobrevivir; necesitan encontrar una razón para hacerlo. La herencia, en lugar de representar libertad, se convierte en una especie de condena.

Aïnouz entiende muy bien esa dimensión visual. La fotografía de Hélène Louvart convierte la villa en un espacio simultáneamente lujoso y claustrofóbico. Los colores, los encuadres amplios y la composición cuidadosamente controlada crean un mundo artificial, casi de cuento perverso. La cámara observa a estos personajes como si fueran especímenes dentro de una vitrina. Hay una distancia estética que funciona particularmente bien porque contrasta con la degradación moral de lo que estamos viendo.

La música de Matthew Herbert contribuye a esa sensación de extrañeza. La banda sonora no intenta simplemente acompañar las escenas, sino deformarlas, como si existiera una realidad ligeramente desplazada respecto de las imágenes. Es uno de los elementos que mejor conecta la película con la tradición de la comedia negra y con el cine de Efthymis Filippou, guionista habitual de Yorgos Lanthimos. De hecho, es difícil no pensar en Dogtooth y en aquella etapa de la llamada Weird Wave griega, donde la familia funcionaba como una estructura absurda y violenta capaz de crear su propio lenguaje y sus propias reglas.

Sin embargo, Rosebush Pruning llega cuando ese tipo de provocación ya no resulta novedosa. Lo que en Dogtooth podía sentirse desconcertante y radical hoy corre el riesgo de convertirse en una fórmula reconocible. La película parece querer recuperar aquella sensación de extrañeza, pero lo hace desde una producción mucho más sofisticada, con actores reconocibles, una fotografía lujosa y una estética diseñada para resultar atractiva. Hay algo casi contradictorio en ello: una película sobre gente privilegiada que utiliza el exceso como forma de crítica termina siendo, en algunos momentos, demasiado enamorada de su propio exceso.

Y quizá esa sea la razón por la que el filme termina siendo menos incómodo de lo que pretende. La película de Bellocchio tenía rabia. Rosebush Pruning tiene ironía. Bellocchio parecía querer destruir la familia desde dentro; Aïnouz parece querer observarla desde una distancia segura. Esa diferencia hace que el remake espiritual pierda parte de la violencia de su antecedente.

Lo más interesante, entonces, no es preguntarse si Rosebush Pruning es suficientemente provocadora, sino por qué una película con semejante acumulación de perversión puede resultar, por momentos, tan sosa. Hay incesto, fetichismo, enfermedad, traición, secretos familiares y personajes completamente desquiciados. Y, aun así, algunas escenas pasan sin dejar demasiada huella.

Y esa es, quizás, su mayor ironía: entre tanta perversión, tanto lujo, tanta desnudez y tanta gente hermosa comportándose de manera repulsiva, lo verdaderamente escandaloso termina siendo lo poco que la película consigue perturbar.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *