Kokuho es una suntuosa y absorbente historia sobre el talento, la tradición y el sacrificio detrás del kabuki. Lee Sang-il encuentra en sus representaciones los momentos más poderosos del filme, mientras Ryo Yoshizawa sostiene una saga marcada por la rivalidad y el precio de alcanzar la grandeza.
Kokuho (2025)
Puntuación:★★★★
Dirección: Lee Sang-il
Reparto: Ryo Yoshizawa, Ryusei Yokohama, Ken Watanabe, Shinobu Terajima y Mitsuki Takahata
Disponible en Filmin
El kabuki no es simplemente el escenario de Kokuho. Es la forma que encuentra Lee Sang-il para contar una historia sobre la identidad, la herencia y el sacrificio. Durante casi tres horas, la película sigue a Kikuo desde su adolescencia hasta convertirse en una figura consagrada del teatro tradicional japonés, pero su verdadero conflicto no está únicamente en alcanzar la grandeza: está en descubrir cuánto de sí mismo tiene que sacrificar para conseguirla.
Basada en la novela de Shûichi Yoshida y con guion de Satoko Okudera, Kokuho comienza en 1964 con una tragedia que cambiará para siempre la vida de Kikuo. Hijo de un jefe yakuza, queda huérfano después de que su padre sea asesinado y termina bajo la protección de Hanjiro Hanai, una de las grandes figuras del kabuki, interpretado por Ken Watanabe. Allí comienza una relación que será al mismo tiempo familiar, artística y competitiva. Hanjiro no solo se convierte en su maestro: también lo introduce en un mundo gobernado por reglas, jerarquías y tradiciones que preceden a todos los personajes.
El problema es que Kikuo llega a una familia que ya tiene heredero. Shunsuke, el hijo de Hanjiro, nació dentro de ese mundo y tiene asegurado aquello que Kikuo tendrá que conquistar. Ambos son amigos, compañeros de escenario y, eventualmente, rivales. La película encuentra en esa relación su verdadero corazón.
Lo interesante es que Kokuho no plantea una rivalidad sencilla entre talento y privilegio. Kikuo tiene algo que Shunsuke no puede adquirir simplemente por herencia: una obsesión absoluta por el escenario. Shunsuke, en cambio, posee el apellido, la tradición y el lugar que le corresponde dentro de la dinastía. Esa diferencia genera una tensión que se extiende durante décadas y que convierte su amistad en una relación profundamente contradictoria.

Ryo Yoshizawa es fundamental para que esa evolución funcione. Su interpretación de Kikuo evita convertirlo en el típico protagonista destinado a triunfar contra todas las adversidades. Hay algo mucho más complejo en su transformación. Kikuo no solamente aprende a interpretar; aprende a desaparecer dentro de los personajes que interpreta. Su cuerpo, su voz y sus gestos terminan perteneciendo al kabuki tanto como le pertenecen a él.
La elección del onnagata, los papeles femeninos interpretados por hombres, resulta especialmente significativa. Kikuo debe construir una feminidad completamente artificial a través de movimientos, gestos, maquillaje y una disciplina física extraordinaria. El filme entiende que ahí existe una de las grandes paradojas del kabuki: para convertirse en alguien más, el actor tiene que someterse por completo a una identidad escénica que termina modificando su propia identidad.
Las escenas de representación son, de hecho, donde Kokuho alcanza su verdadera dimensión cinematográfica. Lee Sang-il no utiliza el kabuki como simple elemento decorativo ni como una excusa exótica para contar una historia japonesa. Las obras representadas dialogan directamente con lo que ocurre fuera del escenario. Una tragedia representada puede reflejar una pérdida; una actuación puede anticipar un conflicto; un personaje teatral puede funcionar como espejo de la vida de Kikuo y Shunsuke.
Esa conexión entre teatro y vida es uno de los grandes aciertos de la película. El escenario deja de ser un lugar separado de la narrativa y se convierte en otra manera de contarla. Lo que los personajes no pueden decir en su vida cotidiana aparece expresado mediante el cuerpo y los rituales del kabuki. Y cuando la película consigue que ambas dimensiones coincidan, el resultado es extraordinario.

La cámara de Sofian El Fani comprende muy bien esa diferencia entre el mundo privado y el escenario. Los primeros planos capturan el maquillaje, el sudor y la concentración de los intérpretes, mientras que los planos abiertos permiten apreciar la magnitud de las representaciones. Hay algo físico en esas secuencias: se puede sentir el peso de los trajes, la tensión de los movimientos y la precisión necesaria para ejecutar cada gesto.
La producción y el vestuario completan esa construcción visual. Kokuho es una película de una enorme belleza, pero no una belleza superficial. El lujo del escenario está acompañado por la dureza del backstage, los ensayos y la disciplina. El espectáculo existe porque detrás de él hay cuerpos sometidos durante años a una exigencia casi inhumana. Ese sacrificio es precisamente lo que la película quiere observar.
Convertirse en ningen kokuho, un “tesoro nacional viviente”, significa alcanzar una forma de reconocimiento absoluto, pero también aceptar las reglas de un sistema que exige obediencia y renuncia. Kikuo no solo tiene que demostrar que es mejor que los demás; tiene que demostrar que merece ocupar un lugar dentro de una tradición que, en principio, no le pertenecía.
La película resulta particularmente interesante cuando observa esa tensión entre talento y herencia. Shunsuke nació dentro del linaje correcto. Kikuo tuvo que ganarse cada escalón. Sin embargo, cuando Kikuo finalmente se convierte en el elegido, la victoria tampoco es completamente liberadora. El reconocimiento llega acompañado de una nueva carga: mantener viva una tradición que exige sacrificar buena parte de la vida personal. Aquí aparece una de las contradicciones más fuertes de Kokuho. La película celebra el kabuki mientras también muestra el precio humano de su perpetuación.
Las relaciones personales quedan subordinadas al arte. Las esposas y los hijos tienen una importancia secundaria frente a la amistad, la rivalidad y la carrera de estos hombres. Las mujeres prácticamente desaparecen de una historia construida alrededor de dos hombres y de la institución que los une. Es una limitación evidente del relato, pero también revela algo incómodo sobre el mundo que la película retrata: el legado artístico se sostiene sobre una estructura profundamente masculina donde el sacrificio no se distribuye de manera equitativa.

La película no siempre profundiza en esa dimensión. Su mirada hacia el kabuki es, en buena medida, reverencial. La tradición puede ser cruel, pero también aparece como algo sublime. La disciplina puede destruir vidas, pero produce una belleza que parece justificarla. Kokuho se mueve constantemente entre esas dos posiciones sin terminar de decidir si quiere cuestionar ese sistema o simplemente contemplarlo.
En su segunda mitad, además, el melodrama empieza a ganar demasiado terreno. Enfermedades, accidentes, traiciones, separaciones y tragedias se acumulan con una generosidad que pertenece al melodrama japonés más clásico. No es necesariamente un defecto: la película abraza ese tono con absoluta convicción. Pero algunos giros hacen que la historia se sienta más episódica y convencional de lo que su primera mitad prometía.
La comparación con Farewell My Concubine resulta inevitable, especialmente por la relación entre arte, identidad, amistad y sacrificio. Pero Kokuho no tiene la misma dimensión política ni la misma violencia histórica. Su interés está más concentrado en la tradición artística y en la manera en que una institución puede moldear completamente la existencia de quienes deciden entregarse a ella. Lo más poderoso de la película llega cuando deja de explicar el kabuki y simplemente lo muestra.
En resumen, Kokuho encuentra su verdadera fuerza cuando coloca a Kikuo sobre el escenario y convierte el kabuki en una reflexión sobre el sacrificio de dedicar una vida entera a un arte. Su grandeza nace precisamente de todo lo que tuvo que perder para alcanzarla, revelando la contradicción entre la belleza de la tradición y la violencia de la disciplina necesaria para preservarla. El kabuki exige que el actor desaparezca detrás del personaje, pero Kokuho hace lo contrario: utiliza ese personaje para revelar al hombre que tuvo que convertirse en leyenda.