Irene Dionisio construye un drama íntimo sobre la memoria y las heridas que quedan entre dos amigas de la infancia. La fuerza visual del volcán y el trabajo de Tecla Insolia y Romana Maggiora Vergano sostienen una historia que tarda en encontrar su rumbo, pero que termina por imponerse con fuerza emocional.
Idda (2026)
Puntuación:★★★½
Dirección: Irene Dionisio
Reparto: Tecla Insolia, Romana Maggiora Vergano, Giuseppe De Domenico
***screening de prensa***
Hay algo revelador en el título de Idda. Así llaman los sicilianos al Etna, “ella” en dialecto local, y esa manera de nombrar al volcán como una presencia femenina, viva e impredecible, resume buena parte de lo que Irene Dionisio intenta construir. Adele y Sofía, dos amigas de la infancia que llevan años distanciadas, regresan a Catania para cumplir una vieja promesa: escalar juntas el Etna. Pero, como ocurre con el volcán que domina el paisaje, debajo de esa aparente calma también permanece algo a punto de estallar.
Dionisio filma Catania durante las fiestas de Santa Águeda y convierte la ciudad en mucho más que un escenario. Las procesiones, las plazas abarrotadas y la piedra volcánica de sus edificios crean una energía que contrasta con el silencio incómodo entre sus protagonistas. El folclore local también adquiere una dimensión simbólica, especialmente en el diálogo entre la celebración religiosa de la santa y el altar dedicado a la ninfa Etna en la cima del volcán. Entre lo sagrado y lo pagano, la película construye la imagen de una naturaleza femenina que observa, guarda secretos y parece contener sus propias heridas.
Adele (Tecla Insolia) se quedó en Catania y trabaja como fotógrafa, mientras Sofía (Romana Maggiora Vergano) se marchó al extranjero para convertirse en profesora de danza. Cuando se reencuentran, la distancia entre ambas se hace evidente incluso cuando intentan recuperar la complicidad del pasado. Florian (Mati Galey), un documentalista que aparece en medio de ese reencuentro, introduce además una nueva dinámica de atracción y curiosidad. Pero Dionisio está menos interesada en explicar inmediatamente qué ocurrió entre las dos amigas que en dejar que el resentimiento aparezca poco a poco, en pequeños gestos y silencios.
Y ahí está buena parte del encanto de Idda. Insolia y Maggiora Vergano consiguen que la relación entre Adele y Sofía se sienta auténtica, con una química que combina cariño, incomodidad y una familiaridad que no desaparece aunque hayan pasado los años. Hay algo espontáneo en sus encuentros, como si todavía existiera entre ellas la amistad de antes, incluso cuando resulta evidente que ya no son las mismas personas.
La película, sin embargo, exige paciencia. Su primera mitad avanza a un ritmo deliberadamente pausado y juega constantemente con distintas líneas temporales, recuerdos fragmentados e imágenes que parecen pertenecer a una memoria incompleta. Dionisio no presenta el pasado como algo ordenado y confiable, sino como una experiencia que se reconstruye a través de sensaciones. El metraje de archivo de las erupciones del Etna refuerza esa idea: imágenes de lava, humo y ceniza irrumpen entre los recuerdos como si el pasado siguiera encontrando la manera de salir a la superficie.

Es una decisión visual poderosa, aunque no siempre funciona narrativamente. En algunos momentos, la ambigüedad termina generando más confusión que misterio. Sin embargo, la fotografía de Gergely Pohárnok y, especialmente, el diseño de sonido consiguen que Idda tenga una atmósfera envolvente. La película se siente, se escucha y casi puede respirarse. Catania y el Etna terminan convirtiéndose en extensiones emocionales de sus protagonistas.
La película encuentra su mayor fuerza durante la segunda mitad, cuando Adele y Sofía llegan a la cabaña de Salvatore (Giuseppe De Domenico). Lejos del ruido de la ciudad y cada vez más cerca del volcán, la tensión que Dionisio había ido acumulando finalmente encuentra una salida. La discusión entre ambas rompe la fantasía de llegar juntas a la cima y obliga a Adele a enfrentarse con una decisión que no puede seguir postergando. Es entonces cuando Idda deja de ser únicamente una película sobre dos amigas que intentan recuperar una relación y se convierte en una historia sobre aquello que hacemos con los recuerdos de quienes ya no están.
Escrita por Dionisio junto a Marco Borromei, la película nace además de una experiencia profundamente personal para la directora: la muerte de su mejor amigo. Esa raíz autobiográfica explica buena parte de la forma en que Idda entiende el duelo. Aquí la pérdida no aparece como un proceso lineal, sino como algo que regresa de manera inesperada, a través de imágenes, lugares, sonidos y recuerdos que se niegan a permanecer en el pasado.
Porque, en última instancia, Idda habla menos de escalar el Etna que de aprender a convivir con aquello que permanece después de una pérdida. Dionisio encuentra una hermosa correspondencia entre el volcán y la memoria: ambos parecen tranquilos hasta que, de pronto, algo emerge desde las profundidades. La película puede tropezar cuando su ambigüedad narrativa se prolonga demasiado y su revelación final no alcanza todo el peso que promete la puesta en escena, pero su sensibilidad permanece.
Al final, lo que queda de Idda no es tanto la cima que Adele y Sofía intentan alcanzar, sino todo aquello que llevan consigo durante el camino. Algunos recuerdos duelen precisamente porque todavía significan algo. Y quizás conservarlos, incluso cuando pesan, sea también una manera de permanecer cerca de quienes ya no pueden acompañarnos.