Matt Johnson evita en crear un biopic de manual y retrata a un joven Anthony Bourdain como un mentiroso arrogante y vulnerable, no como el mito que llegaría a ser, todo sostenido con un Dominic Sessa que brilla en un papel exigente.
Tony (2026)
Puntuación:★★★½
Dirección: Matt Johnson
Reparto: Dominic Sessa, Emilia Jones, Leo Woodall y Antonio Banderas
***screening de prensa***
Hay algo arriesgado en hacer una película sobre alguien tan mitificado como Anthony Bourdain, y es precisamente evitar el mito. Tony lo consigue casi todo el metraje: en vez de perseguir al chef global de Parts Unknown, se queda con el chico de Nueva Jersey que en el verano de 1975 aún no sabe quién quiere ser, y que resulta bastante insoportable en el proceso de averiguarlo.
La premisa —un joven que finge tener una beca de escritura para poder seguir a la chica que le gusta hasta Cape Cod, y que termina fregando platos en una cocina cualquiera— podría haber caído en el biopic de manual: el genio precoz que solo necesita que alguien crea en él. Matt Johnson, que ya había demostrado con BlackBerry que sabe reírse de sus propios personajes sin dejar de quererlos, hace justo lo contrario aquí. Su Tony es un mentiroso compulsivo, egocéntrico y bastante desagradable con la gente que lo rodea, y la película no pide disculpas por eso ni se apura en redimirlo.
Todo, mientras Dominic Sessa vuelve a demostrar, después de The Holdovers, que tiene un talento particular para interpretar a jóvenes brillantes y exasperantes a partes iguales. Su Tony convence tanto cuando engaña a todo el mundo con su labia como cuando se queda callado, con cara de resaca, sin saber qué hacer con lo que siente. Es un trabajo de matices: la arrogancia nunca tapa del todo la inseguridad, y viceversa.

Antonio Banderas, como el chef que lo acoge casi sin explicación, aporta la calidez que el protagonista no tiene. Su relación con Tony —hecha de gestos más que de grandes discursos— es lo más parecido a un ancla emocional que ofrece la película, y Banderas la interpreta con una ternura discreta que se agradece en medio de tanto caos adolescente. Leo Woodall, como el cocinero cocainómano y mujeriego que ejerce de mentor tóxico, cumple bien ese papel de advertencia con patas que suelen tener este tipo de historias: el que le enseña al protagonista las mañas del oficio y, de paso, todo lo que no debería imitar. Emilia Jones, por su parte, le da a Nancy la inteligencia suficiente para que sus dudas sobre Tony resulten creíbles y no un simple capricho narrativo.
Lo mejor de Tony está en su negativa a idealizar el ambiente de cocina que retrata: la película no esconde el machismo, los comentarios homófobos ni la vulgaridad cotidiana de ese mundo, y tampoco los convierte en espectáculo moral. Simplemente los deja ahí, como parte del aire que respira el personaje, lo cual funciona mejor que si Johnson se hubiera puesto a juzgar desde fuera.
Donde la película pierde algo de fuelle es en su tercio final, cuando empieza a ceder a cierto sentimentalismo que no termina de encajar con la crudeza del resto. Después de haber construido con tanto cuidado a un antihéroe difícil de querer, los golpes de emoción de manual se sienten un poco impostados, como si de pronto el filme necesitara reconciliarse con su protagonista antes de despedirse de él.
Aun con ese tropiezo, Tony logra lo que pocas películas sobre figuras célebres se atreven a intentar: mostrar al futuro ícono cuando todavía era, por usar sus propias palabras, un desastre narcisista y autodestructivo. Y ahí, en esa falta de piedad, está su mayor virtud.