Mike Flanagan lleva Carrie a la era de las redes sociales con una adaptación que actualiza con inteligencia los temas de Stephen King, especialmente el acoso y el aislamiento adolescente. Summer H. Howell y Samantha Sloyan sostienen la serie con interpretaciones sobresalientes.
Volver a contar Carrie siempre implica enfrentarse a una comparación inevitable. La novela de Stephen King ya tuvo una adaptación que se convirtió en un clásico del cine de terror gracias a Brian De Palma, y desde entonces la historia de Carrie White ha sido revisitada varias veces. Mike Flanagan, sin embargo, parece entender que intentar superar aquella versión sería un ejercicio inútil. Su nueva serie para televisión toma otro camino: preguntarse qué significa ser Carrie White en un mundo donde la crueldad adolescente ya no termina cuando suena el timbre del instituto.
La actualización funciona especialmente bien cuando la serie introduce las redes sociales y los teléfonos como una extensión del acoso. La Carrie de Summer H. Howell ha crecido completamente aislada de ese universo y, tras la muerte repentina de su padre, se encuentra intentando entender al mismo tiempo la adolescencia, las relaciones sociales y una tecnología que para los demás resulta cotidiana. El ciberacoso permite que la humillación deje de ser un acontecimiento puntual y se convierta en algo permanente, público y potencialmente imposible de escapar.
Ahí es donde Flanagan demuestra que Carrie todavía tiene mucho que decir. El problema no es solamente la crueldad de unos adolescentes, sino la manera en que una comunidad puede alimentar esa crueldad, normalizarla o simplemente mirar hacia otro lado. La serie amplía considerablemente el universo de Chamberlain y dedica tiempo a explorar las familias, profesores y otros personajes que rodean a Carrie. Esa decisión permite entender mejor el ecosistema que termina produciendo la tragedia, aunque también provoca uno de los principales problemas de la temporada: en varios momentos, la serie parece más interesada en Chamberlain que en su protagonista.

Con ocho episodios, Flanagan tiene espacio para desarrollar elementos que las adaptaciones cinematográficas anteriores apenas podían tocar. El resultado es una Carrie más lenta, más enfocada en los personajes y mucho más interesada en las causas que en el acontecimiento que todos conocemos. Sin embargo, ese ritmo también hace que la historia se estanque durante algunos capítulos. Algunas tramas secundarias se sienten repetitivas y ciertos personajes no reciben el desarrollo suficiente para justificar el tiempo que la serie les dedica.
El tratamiento del bullying tampoco siempre encuentra el tono adecuado. Hay momentos en los que la representación de la crueldad adolescente se acerca demasiado a códigos de series como Gossip Girl o Pretty Little Liars, haciendo que una historia que debería resultar incómoda se sienta ocasionalmente demasiado familiar. Es una contradicción interesante: la serie acierta cuando utiliza la tecnología para actualizar los temas de King, pero pierde fuerza cuando convierte algunos de esos conflictos en un drama adolescente más convencional.
Donde Carrie realmente encuentra su identidad es en sus protagonistas. Summer H. Howell está magnífica como Carrie. Su interpretación evita convertirla simplemente en una víctima inocente y permite observar cómo una adolescente tímida, confundida y profundamente aislada empieza a descubrir tanto su propia identidad como el alcance de aquello que es capaz de hacer. Hay ternura, rabia, miedo y una creciente sensación de poder en su interpretación.
Pero Samantha Sloyan prácticamente se roba la serie. Su Margaret White es una de las decisiones más interesantes de esta adaptación. El personaje sigue siendo profundamente perturbador y sus acciones resultan difíciles de justificar, pero Flanagan intenta comprender de dónde nace su fanatismo. Sloyan consigue transmitir simultáneamente amor, miedo, manipulación y desesperación, convirtiendo a Margaret en algo más complejo que una simple villana religiosa. Es una mujer aterrorizada por un mundo que no comprende y que, precisamente por ese miedo, termina convirtiéndose en una de las principales fuentes de sufrimiento para su propia hija.

Ese interés por comprender a los personajes antes que juzgarlos es probablemente la mayor conexión entre esta serie y las mejores adaptaciones de Flanagan. Como ocurrió en The Haunting of Hill House o Midnight Mass, el horror funciona mejor cuando nace de personas que pueden ser entendidas incluso cuando sus decisiones resultan indefendibles. En ese sentido, Carrie no utiliza el terror únicamente para provocar miedo: lo utiliza para hablar de aislamiento, fanatismo, culpa, violencia y de la necesidad humana de encontrar a alguien a quien responsabilizar.
No todo funciona con la misma precisión. Algunos jumpscares parecen colocados más para cumplir con las expectativas del género que porque la historia realmente los necesite, y una de las principales tramas sobrenaturales adicionales se siente más como una promesa de lo que podría venir que como una parte completamente integrada de esta temporada. La serie deja además algunas puertas abiertas que parecen apuntar hacia una posible continuación, algo que puede restarle fuerza al cierre de una historia que, por sí misma, debería sentirse definitiva.
Aun así, cuando llega al tramo final, Flanagan demuestra por qué decidió contar Carrie en ocho episodios. La secuencia del baile es una demostración de su capacidad para convertir el horror en espectáculo sin perder de vista el componente emocional. Después de tantos capítulos construyendo personajes, relaciones y conflictos, la violencia adquiere un peso diferente. Ya no se trata solamente de ver qué ocurrirá, sino de comprender cómo cada decisión, humillación y silencio ha contribuido a llegar hasta ese momento.
Esta nueva Carrie no necesita competir con la película de Brian De Palma porque está intentando hacer algo distinto. Flanagan toma la esencia de Stephen King y la traslada a una época en la que la crueldad puede hacerse viral en segundos y donde la intimidad de una persona puede desaparecer con una fotografía o un mensaje. El resultado es irregular, demasiado disperso en algunos momentos y menos terrorífico de lo que podría esperarse, pero también es una adaptación que entiende por qué esta historia sigue funcionando casi cincuenta años después.
Porque el verdadero horror de Carrie nunca fueron solamente sus poderes. Siempre estuvo en lo que las personas son capaces de hacer cuando convierten a alguien diferente en un objetivo. En 2026, Mike Flanagan encuentra nuevas formas de contar esa misma historia. Y aunque esta temporada no siempre logra estar a la altura de sus mejores trabajos, todavía consigue mantener viva la maldición de Carrie.