Digger convierte la crisis climática en una sátira sobre el ego, el poder y la necesidad de controlar el relato incluso frente al desastre. Tom Cruise ofrece una interpretación arriesgada y sorprendente como un magnate incapaz de aceptar que ya no es el protagonista.
Digger (2026)
Puntuación:★★★★½
Dirección: Alejandro González Iñárritu
Reparto: Tom Cruise, Riz Ahmed, John Goodman, Sandra Hüller, Jesse Plemons, Sophie Wilde, Emma D’Arcy y Michael Stuhlbarg
Disponible en cines
Digger Rockwell ha construido su fortuna explotando el planeta y ahora pretende salvarlo. Esa contradicción es demasiado absurda para no ser deliberadamente política. En Digger, Alejandro González Iñárritu coloca a un multimillonario petrolero frente a una catástrofe ambiental que él mismo ayudó a provocar y lo hace reaccionar como alguien acostumbrado a resolverlo todo con dinero, influencia y espectáculo: intentando convertirse en el héroe de su propia destrucción.
Lo interesante es que Iñárritu no utiliza esta premisa para construir una sátira cómoda. Digger no tiene la precisión quirúrgica de una película que sabe exactamente hacia dónde quiere apuntar. Dispara prácticamente contra todo: las élites económicas, los políticos, los medios, los científicos, la obsesión por la imagen pública, el capitalismo y nuestra necesidad de convertir cualquier tragedia en una historia con protagonistas, culpables y salvadores. El resultado puede ser agotador, incluso superficial en algunos momentos, pero también tiene algo que escasea cada vez más: una personalidad imposible de confundir con la de cualquier otra película.
La clave está en Digger. Tom Cruise interpreta a un hombre que no parece capaz de imaginar un mundo en el que él no sea indispensable. Su problema no es únicamente que haya provocado una catástrofe; es que necesita desesperadamente demostrar que puede solucionarla. Cruise entiende que el personaje funciona mejor si nunca lo interpreta como un simple monstruo corporativo. Digger es ridículo, arrogante y profundamente egoísta, pero también tiene una vulnerabilidad casi infantil frente a la posibilidad de perder aquello que considera suyo: el poder, la relevancia y la capacidad de decidir cómo será recordado.
Por eso el famoso monólogo de diez minutos no funciona únicamente como una demostración de las capacidades actorales de Cruise. Es también una síntesis de lo que Iñárritu está haciendo con el personaje. Digger habla porque necesita reconstruirse a través de las palabras. Mientras el mundo exterior se desmorona, intenta convencer a los demás —y probablemente a sí mismo— de que todavía tiene una respuesta. La escena puede resultar excesiva, incluso teatral hasta el límite, pero esa incomodidad es parte de su sentido. Estamos viendo a un hombre intentando convertir su propia desesperación en una actuación heroica.

Ahí aparece una de las ideas más interesantes de Digger: la película no parece preguntarse únicamente quién destruyó el mundo, sino quién tendrá el privilegio de contar su historia cuando llegue el desastre. Todos quieren imponer una versión de los acontecimientos. Todos quieren decidir quién tiene la culpa y quién merece ser reconocido como salvador. La catástrofe climática termina funcionando como una enorme disputa por la narrativa.
Es una aproximación distinta a la sátira ambiental más directa. Donde otras películas prefieren señalar al responsable, Iñárritu convierte el problema en una guerra de egos. Digger no es el único personaje incapaz de aceptar que ha perdido su lugar en el centro de la conversación. A su alrededor aparecen políticos, científicos, empresarios y funcionarios que también intentan imponer su versión de los acontecimientos. El desastre deja de ser únicamente una emergencia ambiental y se convierte en una lucha por administrar el miedo y conservar la autoridad.
El problema es que esa misma ambición puede jugar en contra de la película. Digger quiere abarcar tantas ideas que algunas terminan reducidas a apuntes. Hay críticas evidentes que no siempre encuentran una segunda capa y diálogos que se prolongan más de lo necesario. La película puede sentirse como si estuviera constantemente buscando una nueva forma de superar su propia exageración. En determinados momentos, el espectador no está seguro de si Iñárritu está construyendo deliberadamente ese exceso o simplemente se ha dejado arrastrar por él.
Y, sin embargo, esa imposibilidad de mantenerse dentro de una sola tonalidad es también parte de su atractivo. Digger pasa del absurdo al drama, de la sátira al espectáculo, del humor al vacío existencial sin preocuparse demasiado por las transiciones. Hay algo de Terry Gilliam, Charlie Kaufman e incluso Michel Gondry en esta manera de deformar la realidad hasta hacerla grotesca sin abandonar completamente el mundo reconocible en el que vivimos.

El reparto entiende esa lógica. Riz Ahmed tiene una energía particularmente efectiva cada vez que aparece, mientras Jesse Plemons, Sandra Hüller y Michael Stuhlbarg consiguen encontrar humanidad dentro de personajes que podrían haberse convertido fácilmente en caricaturas. John Goodman destaca especialmente porque aporta algo que la película necesita desesperadamente: gravedad. Su presencia permite que el caos tenga un punto de apoyo y evita que todo termine convertido en una sucesión de ocurrencias.
Pero el verdadero espectáculo pertenece a Cruise. Hay algo refrescante en verlo interpretar a una figura tan diferente del héroe cinematográfico que ha construido durante décadas. Digger conserva parte de la energía física asociada a Cruise, pero aquí esa energía está puesta al servicio de un hombre que no sabe qué hacer cuando descubre que el dinero y el prestigio no bastan. El resultado es una interpretación deliberadamente incómoda, porque la película necesita que nos riamos de él y, al mismo tiempo, entendamos el miedo que existe detrás de esa necesidad constante de protagonismo.
Visualmente, la película encuentra su mayor aliado en Emmanuel Lubezki. La fotografía no busca simplemente hacer que la catástrofe sea espectacular; convierte el artificio en parte de la propuesta. Hay una sensación de espectáculo construido, casi teatral, que funciona porque Digger nunca pretende hacernos olvidar que estamos viendo una representación. En lugar de esconder la maquinaria detrás del desastre, Iñárritu parece querer mostrarnos sus costuras.
Eso resulta particularmente pertinente para una película obsesionada con las apariencias. Digger quiere transformar la catástrofe en una historia sobre sí mismo, mientras la propia película convierte esa catástrofe en un espectáculo cinematográfico. Hay un juego meta que no siempre está perfectamente desarrollado, pero que le da a Digger una capa mucho más interesante que la de una simple sátira sobre el cambio climático.

Porque, en última instancia, el clima es solamente una parte del problema. La película habla de una sociedad que necesita convertirlo todo en contenido, discurso, propaganda o entretenimiento. Incluso frente al colapso, seguimos buscando quién tiene la cámara, quién tiene el micrófono y quién puede presentarse frente al mundo para decir que tiene la solución.
Por eso Digger resulta más fascinante cuando deja de intentar ser una sátira perfecta. Sus excesos, sus cambios de tono y sus largas conversaciones son también síntomas de una película que está intentando procesar un mundo igualmente excesivo, contradictorio y difícil de ordenar. No siempre lo consigue. Pero reducir la película a sus excesos sería perder de vista aquello que la hace interesante. Iñárritu no está intentando ofrecer una solución al desastre que plantea. Está mostrando una sociedad tan obsesionada con el poder y el reconocimiento que incluso el fin del mundo se convierte en una oportunidad para competir por atención, influencia y protagonismo.
Y entonces queda una pregunta mucho más incómoda que la de quién salvará al planeta: ¿qué ocurre cuando ya no queda nada que salvar, pero seguimos necesitando sentir que nuestra historia importa?
Digger no siempre encuentra una respuesta satisfactoria. A veces se pierde en su propia grandilocuencia y en ocasiones parece estar tan enamorada de su extravagancia como Digger lo está de su propio poder. Pero también es una película que se arriesga a ser demasiado, y esa decisión la vuelve difícil de olvidar. En medio de tanto cine preocupado por funcionar correctamente, Iñárritu entrega una obra que prefiere discutir, provocar y equivocarse antes que pasar inadvertida.
Quizá por eso su final deja una sensación tan extraña. Después de todo el ruido, el ego, la destrucción y la necesidad de imponer un relato, lo que queda es el vacío. Y frente a ese vacío, la película parece defender algo mucho más pequeño y humano: la necesidad de contar historias. No porque puedan salvarnos, sino porque quizá sea una de las pocas cosas que seguimos haciendo cuando ya no podemos salvar nada más.