Seis meses en el edificio rosa con azul — Lo que Bruno no entendía de niño

Bruno Santamaría Razo, reconstruye una infancia marcada por el primer amor, el diagnóstico de VIH de su padre y los silencios de una familia que intenta sobrellevar el dolor. Al combinar documental y ficción, el director revisita su pasado desde una mirada más madura.
FICM 2026 | Seis meses en el edificio rosa con azul (2026)
Puntuación: ★★★½
Dirección: Bruno Santamaría Razo
Reparto:  Jade Reyes Vazquez, Sofía Espinosa, Lazaro Gabino, Eduardo Ayala y Teresita Sánchez

Hay recuerdos de la infancia que solo adquieren su verdadero significado cuando tenemos la edad suficiente para mirarlos de nuevo. Para Bruno Santamaría Razo, volver a los primeros años de su vida implica reencontrarse con un amor que apenas comenzaba a comprender, una familia que intentaba mantenerse unida y una enfermedad que, en aquel momento, estaba rodeada de miedo, prejuicios y desinformación. En Seis meses en el edificio rosa con azul, el cineasta transforma esa experiencia personal en una película que encuentra su mayor fuerza en aquello que durante años permaneció sin respuesta.

Ambientada en la Ciudad de México de principios de los años noventa, la historia sigue a Bruno, un niño de once años que empieza a descubrir que lo que siente por su amigo Vladimir va más allá de la amistad. Justo entonces, la noticia de que su padre, Mundo, ha sido diagnosticado con VIH cambia la dinámica familiar y altera la manera en que el protagonista comienza a entender el mundo. Mientras los adultos intentan procesar una realidad difícil, Bruno crece entre preguntas, temores y mensajes sociales que presentan la homosexualidad y el VIH desde la ignorancia y el estigma.

Lo interesante es que Santamaría Razo no aborda estos acontecimientos únicamente desde el drama. La vida familiar está llena de música, reuniones, celebraciones y momentos cotidianos que contrastan con la incertidumbre que atraviesa el hogar. La salsa y las canciones populares funcionan como una forma de expresión, pero también como un intento de mantener a raya el dolor. La película entiende que la vida no se detiene ante las malas noticias y que, incluso en medio de una crisis, las familias siguen riendo, discutiendo, bailando y buscando maneras de continuar.

Uno de los mayores aciertos de la propuesta está en la manera en que el director reconstruye esa infancia sin presentar los recuerdos como una verdad definitiva. La película parte de entrevistas familiares realizadas décadas después y las transforma en una evocación ficcional de aquellos años. El resultado es una combinación de documental y ficción que no busca establecer una separación rígida entre lo que sucedió y lo que permanece en la memoria. Más bien, utiliza ambas formas para acercarse a una experiencia que el niño que fue Bruno no tenía las herramientas para comprender por completo.

Esa decisión también le permite explorar la memoria como un espacio en constante transformación. Al regresar sobre su historia, el director no solo recupera imágenes de su infancia: también confronta los silencios de su familia y las preguntas que quedaron pendientes. Lo que antes parecía incomprensible empieza a adquirir nuevos matices, aunque no necesariamente respuestas sencillas. La película encuentra ahí una de sus dimensiones más conmovedoras: comprender el pasado no significa modificarlo, pero sí puede cambiar la relación que tenemos con él.

En paralelo, el despertar afectivo de Bruno está retratado con una sensibilidad que evita convertirlo en una explicación didáctica sobre la identidad sexual. Sus sentimientos por Vladimir aparecen en miradas, gestos de cercanía y pequeños momentos compartidos que adquieren importancia precisamente porque el protagonista todavía no sabe cómo nombrarlos. La relación se construye desde la espontaneidad de la infancia, cuando el deseo y el afecto pueden sentirse con claridad incluso si todavía no existe un lenguaje para entenderlos.

Sin embargo, esa intimidad contrasta con el contexto social que rodea a los personajes. La desinformación sobre el VIH y los prejuicios contra la comunidad gay forman parte del ambiente en el que Bruno comienza a descubrir quién es. El temor no surge únicamente de la enfermedad de su padre, sino también de los mensajes que recibe sobre la homosexualidad y de la dificultad de hablar abiertamente sobre estos asuntos. Así, la experiencia de Mundo y el despertar emocional de su hijo quedan unidos por una sociedad que convierte aquello que no comprende en motivo de vergüenza y miedo.

En el apartado visual, el diseño de producción contribuye a que la reconstrucción de época tenga una presencia viva. Los colores, los muebles, los estampados y los cambios en los espacios domésticos transmiten la sensación de un hogar habitado, lleno de actividad y de recuerdos acumulados. La puesta en escena no depende de grandes artificios para evocar los años noventa; encuentra su personalidad en los detalles cotidianos y en la forma en que los lugares conservan huellas de quienes pasaron por ellos. Las secuencias animadas, además, amplían las posibilidades de representar una memoria que no siempre puede reconstruirse mediante imágenes realistas.

Las interpretaciones sostienen buena parte de esa cercanía emocional. Jack Reyes Vázquez transmite la curiosidad, la energía y la vulnerabilidad de Bruno sin forzar la expresividad del personaje. Sus miradas y reacciones permiten percibir a un niño que intenta entender lo que ocurre a su alrededor, aunque los adultos no siempre sepan cómo explicárselo. Sofía Espinosa aporta determinación y complejidad a Diana, mientras que Lázaro Gabino interpreta a Mundo desde una melancolía que evita convertirlo en una figura definida únicamente por su diagnóstico.

Seis meses en el edificio rosa con azul es una obra íntima que encuentra su fuerza en la honestidad con la que aborda el primer amor, la identidad, la enfermedad y los silencios familiares. Bruno Santamaría Razo convierte una historia profundamente personal en una reflexión que trasciende su propia biografía, no porque intente representar todas las experiencias de una generación, sino porque reconoce la complejidad de mirar hacia atrás y descubrir cuánto quedó fuera de nuestra comprensión. Es una película sensible sobre crecer, recordar y aprender a hacer las preguntas que durante la infancia no sabíamos cómo formular.

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