Neto Villalobos combina el thriller y el drama familiar en una historia sobre una abuela que, ante la posibilidad de perder a su nieta, lleva su necesidad de protegerla hasta límites extremos. Paulina García destaca con una interpretación intensa y vulnerable, mientras la fotografía de Nicolas Wong y la música de Pablo Rojas Carballo construyen una atmósfera distópica inquietante.
FICM 2026 | Amor es el monstruo (2026)
Puntuación: ★★★½
Dirección: Neto Villalobos
Reparto: Paulina García, Natalia Regidor, Gloriana Vargas, Ericka Reikendorf
¿Qué sucede cuando el deseo de proteger a alguien se convierte en una necesidad capaz de justificar cualquier decisión? En Amor es el monstruo, Neto Villalobos parte de una relación familiar fracturada para construir un relato donde el afecto convive con el miedo, la culpa y una desesperación que va creciendo hasta empujar a sus personajes hacia terrenos cada vez más oscuros. La historia sigue a una abuela de 70 años que, consciente de que le queda poco tiempo de vida, intenta recuperar la cercanía con su nieta. Pero cuando la niña desaparece mientras está bajo su cuidado, la necesidad de encontrarla termina enfrentándola con sus propios límites.
Uno de los aspectos más interesantes de la película es que Villalobos no se apresura a explicar el mundo en el que transcurre la historia. La sociedad que presenta está marcada por problemas de calidad del aire, restricciones, propiedades vigiladas y una constante sensación de peligro. Sin embargo, no hay grandes explicaciones sobre cómo se llegó a esa realidad ni sobre las estructuras que la sostienen. El espectador descubre sus reglas a través de las acciones cotidianas y de la manera en que estas condicionan las relaciones entre los personajes. Esta decisión puede dejar algunas preguntas sin respuesta, pero también permite que la atención permanezca en lo verdaderamente importante: las consecuencias humanas de vivir bajo una amenaza permanente.
La tensión comienza mucho antes de que el secuestro se convierta en el eje central de la historia. La relación entre la abuela y su hija está atravesada por diferencias que van más allá de una brecha generacional. Mientras la madre de la niña considera que el entorno representa un peligro y cuestiona la capacidad de su propia madre para cuidarla, la abuela se resiste a aceptar que otros decidan cuánto espacio puede ocupar en la vida de su nieta. En medio de esa disputa hay reproches, heridas antiguas y una necesidad de recuperar el tiempo perdido. La película no explica cada detalle de esa historia familiar, pero deja entrever que el conflicto actual es también consecuencia de una relación que lleva años acumulando distancias.
Es precisamente en esos momentos cotidianos donde la dirección de Villalobos encuentra buena parte de su fuerza. Una conversación, un viaje en automóvil o una salida aparentemente inocente adquieren una tensión particular. El peligro no necesita manifestarse constantemente para sentirse presente: basta con observar cómo los personajes miden sus palabras, desconfían de los demás y toman decisiones condicionadas por el miedo. La película se mueve entre el drama familiar y el thriller sin depender exclusivamente de los giros argumentales. Su suspenso surge, sobre todo, de la incertidumbre sobre hasta dónde está dispuesta a llegar su protagonista.

Cuando la historia se oscurece, también cambia la naturaleza del conflicto. La abuela deja de ser únicamente una mujer que intenta recuperar el vínculo con su nieta y se convierte en alguien capaz de cruzar límites que antes parecían impensables. Sus decisiones nacen de una mezcla de amor, frustración y culpa, pero la película no las presenta como actos heroicos que deban justificarse automáticamente. Ahí está una de sus preguntas más incómodas: ¿hasta qué punto proteger a alguien sigue siendo un acto de amor cuando la desesperación empieza a determinar todas nuestras acciones? Villalobos no ofrece una respuesta sencilla ni convierte a su protagonista en una figura moralmente intachable. Por el contrario, permite que el afecto y la violencia coexistan en una misma persona.
Paulina García es el centro emocional de la película. Su interpretación transmite el desgaste de una mujer que siente cómo el tiempo se le agota y que encuentra en su nieta una conexión fundamental con la vida. Hay determinación en sus acciones, pero también una vulnerabilidad que aparece en los silencios, las miradas y las pequeñas reacciones. García comprende que el personaje no necesita explicar constantemente lo que siente: buena parte de su dolor está en la distancia entre lo que desea hacer y aquello que sus circunstancias le permiten. A medida que la situación se vuelve más extrema, su interpretación adquiere una intensidad que sostiene el relato incluso cuando algunas de sus decisiones resultan difíciles de aceptar.
Visualmente, Amor es el monstruo representa un salto importante en la propuesta de Villalobos. La fotografía de Nicolas Wong construye un entorno inquietante sin convertirlo en una distopía recargada de explicaciones o imágenes grandilocuentes. Los espacios y las situaciones transmiten una sensación de encierro que acompaña el deterioro emocional de la protagonista. A esto se suma la música de Pablo Rojas, cuya energía eléctrica refuerza el malestar y la tensión sin limitarse a subrayar cada momento dramático. Ambos elementos contribuyen a que el universo de la película se sienta amenazante incluso cuando la acción parece haberse detenido.
No obstante, la decisión de mantener el contexto social en segundo plano también tiene sus límites. Aunque la falta de explicaciones favorece el misterio, conocer un poco más sobre el deterioro de esa sociedad habría permitido dimensionar mejor algunos de los peligros que enfrentan los personajes. Del mismo modo, la historia familiar deja zonas poco desarrolladas que podrían haber enriquecido el conflicto entre madre e hija. Son aspectos que se echan en falta, aunque no terminan por desarticular una película cuyo interés principal está en las decisiones de su protagonista y en la forma en que estas transforman su relación con el mundo.

El desenlace concentra buena parte del impacto emocional de la propuesta y obliga a reconsiderar lo que hemos visto. Sin necesidad de resolver cada interrogante, la película lleva el conflicto hacia un terreno en el que el amor ya no puede entenderse únicamente como una fuerza protectora. Hay decisiones que nacen de la necesidad de reparar el pasado, pero que no pueden borrar sus consecuencias. En ese sentido, el título adquiere una dimensión particular: el monstruo no es necesariamente una presencia externa, sino aquello en lo que puede convertirse una emoción cuando el miedo y la desesperación la llevan al extremo.
Ver Amor es el monstruo en un festival como el de Morelia también añade una dimensión especial a la experiencia. Que una producción costarricense encuentre espacio en circuitos internacionales y dialogue con públicos más allá de sus fronteras es una oportunidad para reconocer la diversidad y la ambición del cine que se hace en la región. Su presencia en espacios como Morelia y Toronto habla de la posibilidad de que historias concebidas desde contextos específicos encuentren resonancia en otros lugares. Ese recorrido no sustituye el análisis de sus virtudes y limitaciones, pero sí permite apreciar el valor de una cinematografía que se atreve a explorar otros géneros, asumir riesgos narrativos y construir una identidad propia.
Con esta película, Neto Villalobos propone un relato que se aparta de las formas más convencionales del drama familiar para adentrarse en un territorio incómodo, donde la necesidad de amar y proteger puede convertirse en una fuerza destructiva. La combinación de una protagonista extraordinaria, una atmósfera inquietante y una puesta en escena más ambiciosa confirma una evolución interesante en su trabajo. Aunque quedan preguntas sobre el mundo que rodea a los personajes, la película encuentra su mayor logro en la contradicción que plantea: a veces, aquello que hacemos por amor revela tanto nuestra capacidad de cuidar como nuestra incapacidad para aceptar los límites de ese cuidado.