Lo nuevo de Lucía Puenzo es la reconstrucción de una etapa de la vida de Margarita Di Tullio, una mujer que intenta independizarse en el violento mundo criminal de la Mar del Plata de los años ochenta, que se sostiene por una interpretación destacada de Luisana Lopilato y una atmósfera oscura.
FICM 2026 | Pepita, la pistolera (2026)
Puntuación: ★★★½
Dirección: Lucía Puenzo
Reparto: Luisana Lopilato, Claudio Tolcachir, Alberto Ajaka, Charo López y Marcelo Subiotto
En la Mar del Plata de 1985, abrirse camino en el mundo criminal no significa necesariamente conquistar el poder; para algunas mujeres, es la única manera de dejar de estar a merced de quienes ya lo tienen. En Pepita, la pistolera, Lucía Puenzo reconstruye una etapa de la vida de Margarita Di Tullio, una mujer vinculada al mundo de la prostitución y la noche marplatense que intenta dejar atrás la dependencia de un hombre acostumbrado a controlarlo todo. Antes de que un triple crimen la convierta en una figura conocida, Margarita ya ha aprendido a moverse entre engaños, negocios clandestinos y relaciones marcadas por la desigualdad. La película se interesa precisamente por ese recorrido: el de una mujer que busca construir su propio espacio en un entorno donde la independencia tiene un precio muy alto.
Interpretada por Luisana Lopilato, Margarita trabaja bajo el dominio de El Cuervo, un proxeneta violento que administra su negocio con intimidación y amenazas. Embarazada y cansada de vivir bajo sus condiciones, comienza a buscar la manera de establecerse por su cuenta, apoyada por algunas de las mujeres con las que trabaja y por Germán, un capitán de barco que parece ofrecerle una salida. Pero la Mar del Plata que retrata Puenzo está lejos de ser un lugar donde las oportunidades se reparten de manera justa. Los asesinatos de trabajadoras sexuales, la corrupción de las autoridades y las redes de poder que conectan la noche con figuras respetables convierten cada intento de independencia en una apuesta peligrosa.
Uno de los aciertos de la película está en su decisión de no presentar a Margarita como una heroína tradicional. Es astuta, ambiciosa y capaz de tomar decisiones cuestionables, pero también es una mujer vulnerable que ha aprendido a desconfiar de quienes prometen ayudarla. Su lucha no responde a una búsqueda idealizada de justicia, sino a la necesidad de dejar de depender de otros para sobrevivir. Puenzo encuentra en esa contradicción un personaje más interesante que el mito de la pistolera que terminará construyéndose alrededor de ella.
La relación con El Cuervo concentra buena parte del conflicto. Alberto Ajaka interpreta a un hombre cuya violencia no se limita a las amenazas físicas: su dominio también se sostiene en el miedo, la manipulación y la convicción de que Margarita le pertenece. Frente a él, la protagonista intenta negociar, encontrar alternativas y construir una red propia. Sin embargo, cada paso hacia la autonomía amenaza con desestabilizar el orden que él ha impuesto. La película muestra así cómo la violencia de género puede funcionar como un mecanismo de control que atraviesa tanto las relaciones personales como las estructuras económicas de un mundo clandestino.

La historia también encuentra una dimensión colectiva en las mujeres que rodean a Margarita. Nemeca, Vicky y Polaca no son únicamente acompañantes de la protagonista, sino parte de un entorno en el que la solidaridad y los desacuerdos conviven constantemente. Puenzo presta atención a esas alianzas, a las formas en que las mujeres se ayudan y a los riesgos que comparten en un espacio que las vuelve especialmente vulnerables. Aunque algunas de estas figuras podrían tener un desarrollo mayor, su presencia evita que la historia se reduzca por completo al enfrentamiento entre Margarita y El Cuervo.
Luisana Lopilato sostiene la película con una interpretación que destaca por su transformación física y por la dureza con la que construye al personaje. Su manera de hablar, caminar y mirar contribuye a dibujar a una mujer acostumbrada a medir sus movimientos y a esconder sus temores detrás de una actitud desafiante. Hay una aspereza que aleja a Margarita de la figura glamorosa que podría sugerir su apodo y la acerca a alguien que ha tenido que aprender a sobrevivir en circunstancias hostiles. Es una interpretación de gran presencia, capaz de transmitir tanto la determinación de la protagonista como el desgaste que le produce la lucha constante por su independencia.
En lo visual, la fotografía de Iván Gierasinchuk refuerza la atmósfera sombría de una ciudad portuaria atravesada por el peligro. La película evita el brillo habitual de los relatos criminales que convierten el mundo del hampa en una fantasía de poder y privilegio. Aquí, los espacios nocturnos transmiten encierro, desgaste y amenaza. La música de Andrés Goldstein y Daniel Tarrab acompaña ese tono, mientras que algunos montajes más dinámicos aportan energía al ascenso de Margarita y a la consolidación de su propio universo. Puenzo demuestra especial interés por las relaciones de poder que se desarrollan en esos espacios, aunque en ocasiones la película insiste demasiado en presentar el recorrido de la protagonista como una epopeya de liberación femenina, restándole espontaneidad a algunos de sus planteamientos.

También resulta interesante la manera en que la directora se distancia del policial convencional. Aunque el triple crimen y la notoriedad posterior de Margarita forman parte del horizonte de la historia, el interés no está puesto exclusivamente en reconstruir un caso criminal. Pepita, la pistolera funciona mejor como un melodrama criminal sobre la supervivencia, donde la violencia no aparece como un espectáculo aislado, sino como parte de un sistema que condiciona las decisiones de sus personajes. El contexto de la Argentina de los años ochenta, con una democracia todavía reciente y estructuras de corrupción profundamente arraigadas, amplía el alcance de ese retrato.
La película, sin embargo, no está libre de limitaciones. Algunos personajes secundarios quedan definidos de manera demasiado esquemática y ciertas relaciones podrían haber ganado profundidad. La insistencia en el componente feminista de la historia también puede sentirse demasiado evidente por momentos, como si la película necesitara reafirmar una idea que sus propias situaciones ya permiten comprender. Aun así, estos desequilibrios no borran el interés de una propuesta que encuentra en Margarita una figura compleja, difícil de encasillar y alejada de la idealización.
Con Pepita, la pistolera, Lucía Puenzo construye un retrato áspero de una mujer que intenta escapar de un destino impuesto en un mundo donde la violencia determina quién puede ejercer el poder y quién debe someterse a él. Luisana Lopilato ofrece una de sus interpretaciones más contundentes, mientras la atmósfera y el enfoque de melodrama criminal distinguen a la película dentro del auge de las historias basadas en hechos reales. Más que explicar el nacimiento de una leyenda del crimen argentino, la película se interesa por la mujer que existía antes del mito: alguien que buscó dejar de ser controlada y descubrió que conquistar su libertad podía exigirle convertirse en parte de aquello de lo que intentaba escapar.