Eif Rivera, desperdicia un episodio histórico interesante con una película desarticulada, incapaz de encontrar el tono adecuado o construir tensión. La interpretación de Diego Boneta como Fidel Castro resulta exagerada y poco convincente.
FICM 2026 | Killing Castro (2026)
Puntuación: ★½
Dirección: Eif Rivera
Reparto: Diego Boneta, Kendrick Sampson, Al Pacino, Xolo Maridueña, KiKi Layne y Alexander Ludwig
Killing Castro tenía a su disposición un episodio histórico interesante, un reparto con nombres reconocidos y un escenario que podía funcionar perfectamente para un thriller político. Nada de eso termina jugando a su favor. Eif Rivera construye una película desarticulada, incapaz de generar tensión o de desarrollar con claridad las historias que pone en pantalla. Su mayor problema es que nunca encuentra el tono adecuado: no funciona como thriller, no ofrece una lectura política especialmente interesante y, con Diego Boneta interpretando a Fidel Castro, termina provocando más vergüenza ajena que interés.
La historia sigue a Castro durante su viaje a Estados Unidos para participar en la Asamblea General de las Naciones Unidas. Tras instalarse en el Hotel Theresa, en Harlem, recibe la invitación de Malcolm X, mientras distintas fuerzas políticas y criminales comienzan a moverse a su alrededor. El FBI, la CIA y la mafia aparecen vinculados a una serie de maniobras para frenar la influencia del líder cubano. Sobre el papel, el escenario ofrece suficientes posibilidades para construir una historia de espionaje en la que la vigilancia, las alianzas y las amenazas mantengan al espectador en alerta. El problema es que la película no consigue convertir ninguno de esos elementos en una fuente real de tensión.
Debido, a que nunca parece tener claro qué quiere ser. Por momentos intenta funcionar como un thriller de conspiraciones; en otros, parece buscar una mirada política sobre las relaciones entre Estados Unidos y Cuba, y en otros tantos se acerca involuntariamente a la parodia. Pero no desarrolla ninguna de esas vías con suficiente convicción. Las ideas aparecen, se insinúan y desaparecen sin llegar a convertirse en un discurso reconocible. El resultado es una narración que acumula personajes y situaciones históricas, pero que rara vez construye una progresión dramática capaz de sostener el interés.
La interpretación de Diego Boneta como Fidel Castro es, sin duda, uno de los problemas más evidentes. Las prótesis resultan poco convincentes, el acento se siente impostado y los ademanes están tan exagerados que el personaje termina rozando lo grotesco. En lugar de construir una figura que transmita la presencia política y la complejidad de Castro, Boneta parece atrapado en una imitación superficial, más pendiente de reproducir rasgos reconocibles que de dar vida a una persona. La escena del discurso ante la ONU concentra buena parte de esos problemas: lo que debería ser un momento central de la película provoca desconcierto y hasta puede despertar la risa, aunque todo indica que esa no era la intención.

La dificultad no se limita al protagonista. El reparto coral reúne nombres que podrían despertar interés, pero las interpretaciones carecen de una dirección consistente y, en varios casos, se inclinan hacia la caricatura. La presencia de Al Pacino funciona como un reclamo inicial, pero su participación no logra compensar las deficiencias del conjunto ni darle al relato el peso que necesita. Incluso cuando aparecen figuras históricas de enorme relevancia, la película parece confiar demasiado en el reconocimiento del público y demasiado poco en el desarrollo de sus personajes.
Es ahí, donde la incorporación de Malcolm X, abre otra posibilidad que la historia tampoco sabe aprovechar. El encuentro entre Castro y Malcolm X en el Hotel Theresa podría haber servido como centro de un relato más íntimo sobre dos figuras que, desde posiciones y experiencias distintas, compartían una relación conflictiva con el poder establecido. También habría permitido explorar el significado político de aquel encuentro sin necesidad de multiplicar las conspiraciones. Sin embargo, la película introduce a Malcolm X como una pieza más dentro de su entramado, sin concederle el espacio suficiente para que su presencia transforme realmente la narración.
Algo parecido sucede con las subtramas. Los personajes secundarios entran y salen de la historia sin que sus motivaciones, relaciones o decisiones alcancen suficiente desarrollo. En lugar de enriquecer la conspiración, sus recorridos terminan reducidos a episodios aislados que no contribuyen demasiado al conjunto. Esta fragmentación también afecta al ritmo: las distintas líneas narrativas no generan una sensación de avance, sino que dispersan la atención y debilitan el conflicto central.
El thriller, además, tiene un problema fundamental: carece de tensión. La película presenta una operación que involucra a organismos de inteligencia, intereses políticos y sectores criminales, pero no consigue que esas amenazas se sientan verdaderamente peligrosas. El contexto histórico es conocido y el destino de Castro no constituye un misterio, pero eso no debería impedir que el relato construyera incertidumbre alrededor de los obstáculos, las decisiones y las consecuencias de la visita. El suspense no depende únicamente de desconocer el desenlace, sino de entender qué está en juego para los personajes. Aquí, esa dimensión dramática resulta demasiado débil.

La pregunta sobre qué aporta Killing Castro a una selección de festival surge casi inevitablemente. No se trata de cuestionar la presencia del cine comercial ni de exigir que toda película histórica proponga una lectura revolucionaria de los acontecimientos. El problema es que esta producción parece apoyarse en el atractivo de sus figuras conocidas y en la relevancia del episodio que recrea, sin ofrecer una mirada cinematográfica que justifique por sí misma esa elección. El contexto histórico funciona como punto de partida, pero no se transforma en una exploración política, dramática o humana que permanezca en la memoria.
También resulta difícil ignorar que este es el debut cinematográfico de Eif Rivera, cuya trayectoria está ligada principalmente a la realización de videoclips. La película muestra cierta atención a la composición de los espacios, pero esa sensibilidad visual no basta para sostener un largometraje que necesita controlar un reparto amplio, articular varias líneas narrativas y construir una tensión progresiva. La falta de cohesión termina pesando más que cualquier acierto aislado.
Al final, Killing Castro es una película profundamente fallida: las actuaciones caricaturescas, el guion disperso y la ausencia de tensión convierten un episodio histórico fascinante en una experiencia tediosa. Ni Diego Boneta logra sostener la figura central ni los nombres reconocidos del reparto consiguen darle consistencia al conjunto. El encuentro entre Castro y Malcolm X, las conspiraciones políticas y el Hotel Theresa ofrecían material suficiente para una historia mucho más interesante. Lo frustrante es que la película no parece saber qué hacer con ninguna de esas posibilidades. Más que una aproximación reveladora a un episodio de la Guerra Fría, termina siendo un ejemplo de cómo un contexto histórico atractivo y un reparto llamativo no pueden sustituir una historia bien contada.