Andrey Zvyagintsev, crea una de las mejores películas del año: un thriller extraordinario que transforma el drama matrimonial de Claude Chabrol en una demoledora alegoría sobre la corrupción y la violencia de la Rusia contemporánea.
Minotauro (2026)
Puntuación:★★★★½
Dirección: Andrey Zvyagintsev
Reparto: Dmitriy Mazurov, Iris Lebedeva, Varvara Shmykova y Juris Zagars
***screening de prensa***
Andrey Zvyagintsev regresa con una de las películas más contundentes de su filmografía y una de las grandes obras cinematográficas del año. En Minotauro, el director ruso parte de una historia de infidelidad, celos y asesinato para construir algo mucho más ambicioso: un retrato de la degradación moral de una sociedad que ha normalizado la violencia, la corrupción y la deshumanización. Lo que inicialmente parece un drama doméstico termina revelándose como una poderosa alegoría política sobre la Rusia contemporánea, donde las relaciones personales reproducen las mismas estructuras de dominación que gobiernan el país. Una película de una precisión formal extraordinaria, oscura, incómoda y profundamente inquietante.
Ambientada en Rusia durante 2022, la historia sigue a Gleb (Dmitriy Mazurov), un empresario exitoso que vive rodeado de comodidades, poder y privilegios. Su aparente estabilidad comienza a resquebrajarse cuando recibe una exigencia de las autoridades: proporcionar los nombres de catorce empleados que serán enviados a combatir en la guerra de Ucrania. La decisión lo coloca frente a un dilema que, más allá de sus implicaciones empresariales, revela hasta qué punto ha aprendido a relacionarse con los demás desde una lógica puramente instrumental. Mientras tanto, también comienza a sospechar que su esposa Galina (Iris Lebedeva) mantiene una relación extramarital, una situación que termina desencadenando una espiral de violencia y consecuencias irreversibles.
La grandeza de la propuesta está en la manera en que Zvyagintsev conecta estos dos conflictos. La crisis matrimonial de Gleb y la responsabilidad que tiene frente a sus empleados no son historias independientes, sino expresiones de una misma forma de entender el poder. Para él, las personas son piezas que pueden utilizarse, sustituirse o sacrificarse cuando dejan de resultar convenientes. Su decisión de reclutar a catorce trabajadores mediante una oferta laboral engañosa, sabiendo que serán enviados a la guerra, constituye una de las manifestaciones más aterradoras de esa mentalidad. No necesita enfrentarse directamente a sus responsabilidades porque ha aprendido que siempre puede trasladar las consecuencias de sus decisiones a alguien más.
Es aquí donde el relato adquiere una dimensión política extraordinaria. Zvyagintsev convierte la historia de un hombre poderoso en una representación de un país atrapado en sus propias contradicciones, donde las estructuras económicas y políticas funcionan mediante la obediencia, el miedo y la disposición de sacrificar vidas humanas para preservar determinados intereses. La guerra de Ucrania permanece como una presencia constante, incluso cuando no ocupa directamente el centro de la acción. Está en las conversaciones, en los símbolos que aparecen en el paisaje y, sobre todo, en la indiferencia con la que los personajes aceptan una realidad que debería resultar moralmente insoportable.

El título tampoco es casual. La referencia al Minotauro de la mitología griega introduce una dimensión simbólica que atraviesa toda la película. La criatura encerrada en el laberinto, alimentada mediante sacrificios humanos, encuentra un inquietante paralelismo en el sistema que Zvyagintsev retrata. Los catorce hombres que Gleb debe entregar funcionan como una actualización de esos sacrificios, personas convertidas en ofrendas para satisfacer las necesidades de un poder que permanece protegido de las consecuencias de sus propios actos. El empresario, a su vez, parece habitar su propio laberinto moral, convencido de que puede controlar todas las salidas mientras se hunde progresivamente en una lógica de violencia y encubrimiento.
La reinterpretación de La mujer infiel (La Femme infidèle, 1969), de Claude Chabrol, es otro de los grandes aciertos de la película. Zvyagintsev recupera el conflicto central del clásico francés, pero transforma radicalmente su significado al trasladarlo a un contexto político y social completamente distinto. En Chabrol, la infidelidad y los celos permiten explorar las apariencias de la burguesía, las tensiones matrimoniales y la violencia que se esconde detrás de una vida aparentemente ordenada. En Minotauro, esos mismos elementos adquieren una dimensión mucho más amplia: el matrimonio se convierte en un espacio donde se reproducen las relaciones de poder, el control y la desconfianza que dominan el resto de la sociedad.
La transformación es especialmente inteligente porque no se limita a actualizar una historia conocida. Zvyagintsev utiliza el material de Chabrol como punto de partida para desarrollar una reflexión propia sobre la Rusia de 2022. El conflicto doméstico deja de ser únicamente una cuestión de posesión sentimental para convertirse en una extensión de un sistema donde el poder masculino se ejerce mediante la intimidación y la violencia. La infidelidad de Galina amenaza la autoridad de Gleb porque pone en evidencia que ni siquiera dentro de su propia casa puede controlar completamente a quienes lo rodean. Su reacción revela la verdadera naturaleza de un personaje acostumbrado a confundir autoridad con derecho de propiedad.
Dmitriy Mazurov ofrece una interpretación extraordinaria, construida desde una aparente inexpresividad que resulta fundamental para comprender al personaje. Gleb es un hombre emocionalmente encapsulado, mecánico en sus comportamientos y acostumbrado a resolver cualquier inconveniente desde una posición de superioridad. El actor consigue transmitir una personalidad profundamente perturbadora sin recurrir a grandes demostraciones dramáticas. Su frialdad no es ausencia de carácter, sino el resultado de una vida en la que las emociones han sido reemplazadas por el cálculo y la conveniencia.
Iris Lebedeva está igualmente magnífica como Galina. Su interpretación encuentra una sutileza especialmente interesante al mostrar las transformaciones de una mujer atrapada en un matrimonio emocionalmente agotado. Hay una diferencia significativa entre la manera en que se comporta dentro de su hogar y la libertad que parece recuperar cuando se encuentra en compañía de su amante. Zvyagintsev refuerza esta dualidad mediante el diseño de producción: la residencia de Gleb y Galina es un espacio amplio, ordenado y dominado por tonalidades frías, donde todo parece responder a una idea artificial de perfección. En contraste, el apartamento del amante es pequeño, desordenado y cálido, un lugar donde los objetos transmiten una sensación de vida y espontaneidad. La diferencia entre ambos espacios termina expresando aquello que los personajes no siempre consiguen comunicar mediante las palabras.

Uno de los aspectos más fascinantes de Minotauro es su aproximación a la violencia. Zvyagintsev dedica buena parte de la película a establecer una cotidianidad asfixiante, construyendo lentamente las tensiones que terminarán desembocando en el crimen. Cuando finalmente ocurre, la narración se transforma y nos obliga a permanecer junto a Gleb mientras intenta ocultar lo sucedido. La extensa secuencia de limpieza y eliminación de pruebas es particularmente brillante. El director introduce un humor negro que roza por momentos la comedia física, mostrando la torpeza de un hombre que, acostumbrado a controlar los acontecimientos desde la distancia, se enfrenta por primera vez a las consecuencias materiales de sus propios actos. Sin embargo, nunca convierte el asesinato en un espectáculo divertido: la incomodidad y el absurdo de la situación terminan haciendo todavía más perturbadora la experiencia.
En el apartado visual, el trabajo de Andrey Zvyagintsev junto a su habitual director de fotografía, Mikhail Krichman, es sencillamente extraordinario. La composición de los encuadres, la precisión de los movimientos y el uso de los espacios construyen una atmósfera de permanente inquietud. Los interiores parecen diseñados para transmitir aislamiento, mientras que los exteriores, las calles y los edificios de la ciudad refuerzan la sensación de una sociedad emocionalmente paralizada. Hay una frialdad visual que nunca resulta gratuita: cada imagen parece prolongar el estado moral de los personajes y el mundo que habitan. La película demuestra una vez más la capacidad de Krichman para convertir la fotografía en una herramienta narrativa fundamental.
Zvyagintsev también demuestra un dominio admirable del ritmo. Su película exige paciencia, pero esa decisión responde a una construcción dramática cuidadosamente calculada. El director no busca mantenernos constantemente sorprendidos, sino sumergirnos en una realidad donde la incomodidad se acumula progresivamente. La tensión nace de los silencios, de los gestos y de las pequeñas decisiones que van revelando la verdadera naturaleza de los personajes. Incluso su humor más oscuro está integrado en una mirada que nunca pierde de vista la dimensión trágica de lo que está contando.
Con Minotauro, Andrey Zvyagintsev reafirma su lugar entre los grandes cineastas contemporáneos. Su regreso no es solamente una nueva demostración de su extraordinario dominio del lenguaje cinematográfico, sino también una obra de enorme relevancia política y moral. Partiendo de una historia de infidelidad inspirada en Chabrol, construye una radiografía devastadora de una sociedad donde la corrupción ha contaminado incluso los vínculos más íntimos. Es una película sobre hombres que confunden poder con dominio, sobre vidas convertidas en sacrificios y sobre la imposibilidad de escapar de un sistema que termina reproduciendo su propia violencia. Una obra magistral, de una oscuridad y precisión extraordinarias, que se instala entre lo mejor que nos ha dejado el cine de este año.