Dracula de Radu Jude es una sátira excesiva y furiosa que desmonta el mito del vampiro desde sus raíces rumanas hasta su explotación global contemporánea, a través de fragmentos históricos, folclóricos, pornográficos y tecnológicos.
Dracula (2025)
Puntuación: ★★★★
Dirección: Radu Jude
Reparto: Adonis Tanta, Gabriel Spahiu, Oana Maria Zaharia y Andrada Balea
Disponible en VOD
La figura de Drácula ha sobrevivido no por su estabilidad, sino por su capacidad infinita de mutar, deformarse y ser apropiada. En la versión de Radu Jude, ese proceso de mutación deja de ser subterráneo y se vuelve explícito, ruidoso y obsceno. Dracula no propone una relectura del mito, sino su disección brutal: un desmontaje que revela cómo historia, folclore, cine, política y cultura digital han ido cosiendo un monstruo que ya no pertenece a nadie y, al mismo tiempo, es reclamado por todos.
La estructura misma del film funciona como una metáfora central: este Dracula podría haberse llamado Frankenstein porque está cosido con restos culturales de distintas épocas, ideologías y soportes. Jude parte de la idea de que el mito de Drácula nunca fue estable, y que su potencia simbólica reside precisamente en su capacidad de mutar. Al exagerar esa mutación hasta el absurdo —con episodios que pasan del terror histórico al kitsch generado por inteligencia artificial—, el director expone cómo la cultura contemporánea vampiriza sus propios relatos fundacionales.
En el corazón de la película está Vlad Țepeș, el Empalador, figura histórica del siglo XV cuya brutalidad inspiró a Bram Stoker, pero cuya imagen ha sido sistemáticamente desplazada, suavizada y exportada por la cultura pop occidental. Jude confronta esta operación desde el primer momento, yuxtaponiendo imágenes generadas por IA del Vlad histórico con el Drácula aristocrático de capa y acento británico. La blasfemia visual no es gratuita: señala el proceso mediante el cual un personaje profundamente enraizado en la historia rumana fue convertido en un icono global despojado de contexto, listo para el consumo turístico, cinematográfico y ahora digital.

El recorrido por Transilvania, especialmente por Sighișoara —ciudad natal de Vlad y epicentro del kitsch vampírico—, funciona como un espejo incómodo. Allí, el mito ya no pertenece a la memoria histórica ni al folclore, sino a una economía del espectáculo donde turistas juegan a cazar vampiros mientras consumen una versión esterilizada de la violencia y el pasado. Jude observa este fenómeno con ironía cruel: Drácula no solo es un monstruo, es una marca, una fantasía exportable que ha sido arrancada de su suelo simbólico.
La película despliega múltiples relatos que dialogan con el folclore rumano desde ángulos inesperados. La adaptación de una novela de vampiros de los años treinta recupera la figura del vampiro no como seductor romántico, sino como mecanismo de control social: un ser grotesco, casi infantil, que encarna el miedo colectivo y la obediencia. Aquí, el vampiro se aproxima más a los strigoi del folclore local —criaturas inquietantes, ligadas a la muerte y a la superstición— que al Drácula glamurizado del cine clásico. Jude devuelve al mito su dimensión incómoda, popular y política.
Esa dimensión política se vuelve explícita cuando Vlad Țepeș reaparece como símbolo contemporáneo. Jude no esquiva el hecho de que el Empalador ha sido reapropiado por sectores de la extrema derecha rumana como emblema de pureza, orden y violencia justificada. Al convertirlo en dueño de una fábrica clandestina que vampiriza literalmente el trabajo juvenil —jugadores explotados para generar valor digital—, el film reactualiza la famosa metáfora de Marx sobre el capital como vampiro. La sangre ya no es solo corporal: es tiempo, energía, datos. Drácula se convierte así en una alegoría del capitalismo tardío y de sus nuevas formas de extracción.
El uso de inteligencia artificial no es un simple gesto provocador, sino otra capa del discurso. Las imágenes alucinadas, grotescas y sexualizadas generadas por IA representan una nueva fase de la apropiación cultural: una tecnología que recicla iconografía sin memoria, mezclando Nosferatu, Coppola y pornografía digital en una fantasmagoría sin raíces. Frente a esto, la decisión de Jude de filmar gran parte de la película con iPhone introduce un contraste radical: lo precario y lo artesanal contra la falsa opulencia algorítmica. El mito, parece decir Jude, está siendo devorado por máquinas que no entienden su historia.

El exceso, el mal gusto y la obscenidad funcionan aquí como armas críticas. Al igual que en Bad Luck Banging or Loony Porn o Do Not Expect Too Much From the End of the World, Jude utiliza la saturación para impedir cualquier consumo cómodo de la imagen. El sexo explícito, la parodia anticlerical, los chistes que no terminan de funcionar y las escenas que se estiran más de la cuenta no buscan agradar, sino incomodar. Drácula, figura asociada al deseo y la seducción, es devuelto a un terreno incómodo, vulgar y político.
En última instancia, Dracula es una película sobre la imposibilidad de poseer un mito sin deformarlo. Para Radu Jude, Drácula no es solo un personaje literario o cinematográfico, sino un campo de batalla simbólico donde se cruzan historia nacional, apropiación cultural, industria turística, ideología política y tecnologías contemporáneas. Al llevar esa colisión al límite del caos, Jude no ofrece una reinterpretación definitiva del vampiro, sino una advertencia: todo mito que sobrevive demasiado tiempo corre el riesgo de convertirse en un cadáver animado, condenado a repetir gestos vacíos mientras otros deciden qué hacer con su sangre.