El cautivo | Review

El Cautivo aborda los años de cautiverio de Miguel de Cervantes en Argel como el origen de su imaginación literaria. Amenábar ofrece un relato histórico sólido y elegante, más eficaz que emocional.
El Cautivo (2025)
Puntuación: ★★★
Dirección: Alejandro Amenábar
Reparto:  Julio Pena Fernandez, Alessandro Borghi, Miguel Rellan, Fernando Tejero, Luis Callejo y Roberto Alamo
Disponible en Netflix

La nueva incursión de Alejandro Amenábar en el cine histórico vuelve a colocar al individuo frente al peso aplastante de su tiempo, pero esta vez el protagonista no es solo un hombre sitiado por la historia, sino una de las figuras más mitificadas de la literatura occidental. El Cautivo se propone nada menos que dramatizar los años menos documentados de Miguel de Cervantes, aquellos cinco de encierro en Argel (1575–1580) que, paradójicamente, alimentaron la imaginación del autor de Don Quijote. El resultado es una película ambiciosa, elegante y formalmente cuidada, aunque atrapada en su propio respeto por el mito que intenta humanizar.

Amenábar, que firma guion e historia junto a Alejandro Hernández, construye el relato desde una fidelidad histórica casi reverencial. El joven Cervantes (Julio Peña Fernández), soldado herido en Lepanto y escritor aún en gestación, es capturado por corsarios otomanos y confinado en una prisión donde la violencia es cotidiana y la libertad solo se concibe a través de tres salidas: el rescate, la conversión al islam o la fuga. Este marco, áspero y brutal, está narrado con claridad y oficio, y encuentra en la puesta en escena una eficacia incuestionable. Sin embargo, a diferencia de Ágora o Mientras dure la guerra, aquí el director parece menos interesado en la disección psicológica profunda que en el recorrido ilustrado de un episodio histórico.

La película avanza con la estructura clásica del drama de cautiverio, apoyándose en una galería de personajes secundarios funcionales más que memorables: el sacerdote y cronista Antonio de Sosa (Miguel Rellán), figura tutelar y testigo; el fanático y represor Blanco de Paz (Fernando Tejero); y otros cautivos apenas esbozados. Todos ellos orbitan alrededor de Cervantes, pero rara vez lo desafían de verdad. Esa falta de fricción dramática contribuye a que el protagonista permanezca, en muchos momentos, como una figura noble y carismática, aunque algo genérica, más símbolo que contradicción viva.

Donde El Cautivo encuentra su idea más estimulante es en la imaginación como mecanismo de supervivencia. Cervantes no escapa físicamente de su encierro, pero sí lo hace narrativamente: cuenta historias, inventa fugas, fabula mundos posibles. En ese gesto, la película conecta de manera directa con el germen del Quijote, sugiriendo que la literatura nace aquí como una respuesta desesperada a la violencia del mundo real. Los recuerdos de La Mancha, los molinos de viento de la infancia, están filmados con una delicadeza casi lírica, subrayando que la verdadera pasión del personaje no son los otros, sino el acto mismo de narrar.

Este poder de la palabra es lo que atrae la atención de Hasán, el Bajá de Argel (Alessandro Borghi), un personaje fascinante en su ambigüedad: migrante convertido al islam, gobernante cruel, hedonista, seductor y profundamente contradictorio. La relación entre Cervantes y Hasán es, sin duda, el gesto más audaz de Amenábar. Construida como un juego de seducción intelectual y emocional al estilo de Las mil y una noches, esta dinámica introduce una lectura queer sugerente, nunca declarada del todo, pero tampoco negada. La película no convierte a Cervantes en un icono explícito, sino que plantea esta posibilidad como una realidad alternativa plausible, un espacio de ambigüedad que resulta discretamente subversivo.

Sin embargo, esa relación central —el único giro verdaderamente radical que la película propone sobre la figura del escritor— nunca termina de materializarse con la intensidad que promete. Amenábar se queda a medio camino entre la provocación y la prudencia, y la tensión entre ambos personajes, aunque visualmente potente (especialmente en las escenas fuera de la prisión, en los mercados, el hammam o la barbería clandestina), carece del desarrollo emocional necesario para convertirse en el verdadero motor del relato.

A nivel formal, El Cautivo es impecable. La fotografía de Álex Catalán recrea una Argel exótica, sensual y peligrosa, más estilizada que sucia, más onírica que documental. Esta elección estética refuerza la idea de la película como una ensoñación histórica, aunque también diluye parte de su crudeza. El montaje, por momentos apresurado, y la acumulación de subtramas —como la de Zoraida (Luna Berroa), único personaje femenino con algo de peso— terminan dispersando el foco narrativo y restando sutileza al desarrollo de los personajes.

En última instancia, El Cautivo parece debatirse entre dos impulsos: celebrar la imaginación como un espacio donde las diferencias religiosas, sociales y de género se disuelven, y respetar la figura de Cervantes como un emblema universal, casi intocable. Esa tensión impide que la película se entregue del todo al riesgo que su planteamiento sugiere. Amenábar construye así un retrato correcto, inteligente y visualmente atractivo, pero que nunca alcanza la locura creativa que su protagonista, y su legado literario, parecían exigir.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *