Anders Thomas Jensen utiliza el humor negro para explorar temas como la masculinidad tóxica, la fragilidad emocional masculina y las heridas familiares. A través de personajes excéntricos y situaciones grotescas, la película cuestiona el mito del “vikingo” como símbolo de fuerza masculina.
El último Vikingo (2025)
Puntuación: ★★★★
Dirección: Anders Thomas Jensen
Reparto: Nikolaj Lie Kaas, Mads Mikkelsen, Sofie Gråbøl, Søren Malling, Bodil Jørgensen y Lars Brygmann
Disponible en VOD
El cine del danés Anders Thomas Jensen se ha caracterizado por una mezcla muy particular de humor negro, violencia absurda y personajes profundamente dañados. En Den Sidste Viking —conocida en español como El último vikingo— el director retoma ese universo narrativo que ya había explorado en películas como Adam’s Apples o Riders of Justice, pero lo hace desde una historia que combina la comedia criminal con una reflexión sorprendentemente íntima sobre la familia, la masculinidad y las heridas del pasado.
La trama parte de una premisa aparentemente simple: Anker, interpretado por Nikolaj Lie Kaas, sale de prisión tras cumplir quince años por un robo. El dinero del atraco fue enterrado por su hermano Manfred, pero el problema es que este último —encarnado por Mads Mikkelsen— ha desarrollado un trastorno mental que le ha hecho olvidar por completo dónde está el botín. Lo que comienza como una búsqueda criminal pronto se convierte en un viaje caótico hacia la memoria familiar, en el que ambos hermanos deben enfrentarse a los traumas que han marcado sus vidas.
Uno de los elementos más interesantes del film es su exploración de las relaciones familiares. Jensen construye una dinámica entre hermanos que se mueve constantemente entre la violencia y la dependencia emocional. Anker es impulsivo, agresivo y obsesivo con el dinero que cree merecer; Manfred, en cambio, es una figura frágil que ha desarrollado identidades ficticias como mecanismo de defensa frente a una infancia marcada por la humillación y el abandono. A través de flashbacks, la película revela que ambos crecieron bajo la sombra de un padre autoritario y emocionalmente destructivo, un hombre cuya concepción de la masculinidad estaba basada en la fuerza, la dureza y la negación de la vulnerabilidad.

En este sentido, El último vikingo funciona como una sátira de la masculinidad tóxica. La figura del “vikingo” —que el título evoca— aparece como un ideal masculino arcaico basado en la violencia, la dominación y el orgullo. De niño, Manfred intentó encarnar ese modelo adoptando una identidad vikinga que lo hacía sentir fuerte frente al acoso de los demás. Sin embargo, la película muestra cómo esa fantasía termina convirtiéndose en una prisión psicológica. El imaginario vikingo, que en la cultura popular simboliza heroísmo y poder, aquí aparece como una construcción absurda que oculta profundas inseguridades.
Jensen utiliza esa idea para reflexionar sobre la persistencia de los mitos de la masculinidad en la modernidad. Los personajes masculinos de la película —criminales, mecánicos, exconvictos o matones— intentan mantener una imagen de dureza permanente, pero en realidad son hombres emocionalmente desorientados. La violencia que ejercen no es tanto una demostración de poder como una forma torpe de expresar frustración y miedo.
La violencia, de hecho, ocupa un lugar central en el film. Sin embargo, no se presenta de manera solemne o trágica, sino como parte de un universo grotesco donde lo brutal y lo ridículo conviven constantemente. Jensen construye escenas en las que los estallidos de violencia aparecen acompañados de situaciones absurdas, generando una tensión entre el horror y la risa. Esta estrategia es típica de su cine: el espectador se ve obligado a reír incluso cuando lo que está viendo es profundamente perturbador.
Ese equilibrio entre brutalidad y comedia se sostiene en gran medida gracias al uso del humor negro. Jensen maneja este registro con una precisión notable, convirtiendo situaciones potencialmente dramáticas en momentos cómicos que, paradójicamente, revelan una verdad emocional más profunda. Un ejemplo claro es la manera en que el trastorno mental de Manfred se integra en la narrativa. Aunque su condición se utiliza con fines humorísticos —llegando incluso a creerse John Lennon—, la película nunca pierde de vista que se trata de un personaje profundamente herido que ha encontrado en la fantasía una forma de sobrevivir.

La interpretación de Mads Mikkelsen es fundamental para lograr ese equilibrio. Con un peinado ridículo, gafas torcidas y un lenguaje corporal encogido, el actor compone a un hombre que parece atrapado en una adolescencia perpetua. Mikkelsen logra que el espectador ría de su personaje y, al mismo tiempo, sienta una enorme compasión por él. Es una actuación que demuestra una vez más la extraordinaria versatilidad del actor, capaz de pasar del patetismo a la ternura en cuestión de segundos.
El universo visual de la película también contribuye a esa mezcla de tonos. Gran parte de la acción se desarrolla en la vieja casa familiar de los hermanos, una enorme mansión de madera perdida en el bosque que parece salida de un cuento gótico. Este espacio funciona como un símbolo del pasado: un lugar donde los recuerdos traumáticos permanecen enterrados, literalmente, junto con el dinero del robo. La casa se convierte así en un escenario donde confluyen criminales, músicos improvisados, vecinos excéntricos y fantasmas emocionales.
Desde el punto de vista cinematográfico, Jensen combina momentos de ritmo frenético con escenas más introspectivas que exploran la psicología de los personajes. La fotografía panorámica de Sebastian Blenkov aporta una estética exuberante que contrasta con la sordidez de muchas situaciones, mientras que el diseño sonoro enfatiza el impacto físico de cada golpe y cada explosión de violencia.
Sin embargo, lo que distingue realmente a El último vikingo es su capacidad para transformar una historia absurda en una reflexión sorprendentemente emotiva sobre la identidad. La búsqueda del dinero enterrado termina funcionando como una metáfora de la memoria familiar: lo que los hermanos intentan recuperar no es solo un botín criminal, sino también una comprensión de quiénes son realmente y de cómo su pasado los ha moldeado.
En última instancia, El último vikingo es una obra profundamente coherente dentro del universo creativo de Anders Thomas Jensen. Con su combinación de violencia exagerada, personajes marginales y humor negro, la película construye un retrato tragicómico de hombres incapaces de escapar de los modelos de masculinidad que heredaron. Al hacerlo, demuestra que incluso dentro de la comedia más absurda puede existir una mirada crítica sobre las estructuras culturales que moldean nuestras vidas.