Dramedia romántica musical que sigue a una chef parisina que regresa a su pueblo natal tras la enfermedad de su padre y se reencuentra con su amor adolescente un Bastien Bouillon carismático que eleva el material.
Elegir mi vida (2025)
Puntuación: ★★★
Dirección: Amélie Bonnin
Reparto: Juliette Armanet, Bastien Bouillon, François Rollin, Tewfik Jallab y Dominique Blanc
Disponible en VOD
El cine francés ha demostrado en numerosas ocasiones su habilidad para combinar la comedia romántica con la nostalgia cultural. En ese terreno se sitúa Partir un jour —estrenada internacionalmente como Elegir mi vida—, el primer largometraje de Amélie Bonnin, que adapta su propio cortometraje homónimo premiado con el César en 2021. La película propone una dramedia romántica con elementos musicales que se apoya más en el encanto y la familiaridad de su fórmula que en una verdadera innovación narrativa.
La historia sigue a Cécile, interpretada por Juliette Armanet, una chef que está a punto de abrir su propio restaurante en París tras ganar un popular concurso televisivo de cocina. Su vida parece encaminada hacia el éxito profesional hasta que un imprevisto —el infarto de su padre— la obliga a regresar al pequeño pueblo donde creció. Ese retorno, inevitablemente, abre la puerta a los recuerdos del pasado y al reencuentro con Raphaël, su antiguo amor adolescente, interpretado por Bastien Bouillon. A partir de ese encuentro, la película despliega una narrativa clásica sobre las segundas oportunidades, el peso de la memoria y la eterna duda entre lo que fuimos y lo que decidimos ser.
Uno de los elementos más distintivos del film es su estructura musical. A lo largo de la historia, los personajes interpretan versiones de clásicos del pop francés, desde canciones asociadas a figuras como Dalida o Claude Nougaro hasta el tema que da título a la película, popularizado por el grupo 2Be3 a finales de los noventa. Estos números musicales funcionan como cápsulas de nostalgia que conectan directamente con la memoria cultural francesa. Sin embargo, también representan una de las apuestas más arriesgadas del film: para el público francófono pueden resultar emotivos y reconocibles, pero fuera de ese contexto la carga nostálgica pierde parte de su efecto.

En términos interpretativos, la película encuentra uno de sus principales apoyos en la química entre sus protagonistas. Bastien Bouillon se convierte, probablemente, en el elemento más sólido del relato. Su Raphaël —un mecánico que nunca abandonó del todo la adolescencia— combina encanto, torpeza emocional y una melancolía discreta que sostiene incluso los momentos más débiles del guion. Juliette Armanet, en su primer gran papel protagonista, ofrece una interpretación convincente, marcada por una mezcla de inseguridad y frustración que refleja bien la crisis personal de su personaje.
La película también construye un interesante contraste entre dos mundos: la sofisticación culinaria de la gran ciudad y la cocina casera del entorno rural donde creció Cécile. La relación con su padre —interpretado por François Rollin— introduce un conflicto generacional y emocional que apunta a una reflexión sobre la identidad cultural y el valor de las tradiciones. En teoría, el film sugiere que la protagonista deberá reconciliar su formación gastronómica moderna con los sabores sencillos de su infancia. Sin embargo, esta línea temática nunca termina de desarrollarse con claridad, quedando en una especie de idea a medio camino entre la metáfora sentimental y el simple recurso narrativo.
Ese es, en realidad, uno de los problemas centrales de Partir un jour: su guion parece acumular varios temas —la nostalgia, la maternidad inesperada, el conflicto familiar, la identidad profesional, el amor perdido— sin decidir del todo cuál de ellos debe ser el eje del relato. El resultado es una narrativa algo dispersa, en la que ciertas situaciones dramáticas aparecen y desaparecen sin una resolución satisfactoria.
Algo similar ocurre con la dimensión romántica de la historia. El reencuentro entre Cécile y Raphaël se presenta como el núcleo emocional del film, pero su desarrollo deja preguntas importantes sin explorar. Raphaël está casado y tiene un hijo, un elemento que introduce un conflicto moral interesante pero que la película apenas aborda. En lugar de profundizar en esa complejidad, el relato prefiere mantener un tono ligero que evita enfrentarse a las consecuencias emocionales de la situación.

Los números musicales tampoco logran siempre integrarse con naturalidad en la narrativa. Aunque algunos momentos resultan simpáticos y evocadores, otros se sienten más cercanos a un karaoke millennial que a un verdadero recurso cinematográfico. La energía que debería aportar el formato musical a veces se diluye, y las canciones aparecen como interrupciones más que como extensiones dramáticas de los personajes.
Aun así, la película conserva cierta ligereza que la hace agradable de seguir. Bonnin demuestra sensibilidad para retratar el ambiente rural de clase trabajadora en el que creció su protagonista: estaciones de servicio, bares de carretera, talleres mecánicos y estacionamientos nocturnos forman parte de un paisaje social que transmite una sensación de autenticidad. En esos momentos, el film se acerca más al retrato humano que a la comedia romántica convencional.
En definitiva, Elegir mi vida es una película que privilegia el encanto sobre la originalidad. Su fórmula narrativa resulta previsible, y su guion no siempre logra articular con claridad los conflictos que plantea. Sin embargo, la química entre Juliette Armanet y Bastien Bouillon, junto con el tono nostálgico que atraviesa toda la historia, permiten que la película mantenga un carácter amable y ligero. No es una obra particularmente memorable, pero sí una que encuentra cierta gracia en su mirada melancólica sobre el pasado y las decisiones que definen una vida.