El regreso de James L. Brooks ofrece una comedia clásica y adulta, con un reparto de lujo, pero el filme cae en la narración dispersa con subtramas excesivas que diluyen su fuerza.
Ella McCay (2025)
Puntuación: ★★½
Dirección: James L. Brooks
Reparto: Emma Mackey, Jamie Lee Curtis, Jack Lowden, Albert Brooks, Woody Harrelson, Kumail Nanjiani y Ayo Edebiri
Disponible en Disney Plus
El regreso a la dirección de James L. Brooks después de quince años tenía algo de acontecimiento generacional. Responsable de clásicos como Terms of Endearment, Broadcast News y As Good as It Gets, además de su impronta televisiva en The Mary Tyler Moore Show, Taxi y The Simpsons, Brooks fue durante décadas sinónimo de comedia dramática adulta, sentimental pero punzante. Ella McCay aspira a inscribirse en esa tradición: una historia sobre ética pública y fragilidad privada, sobre una joven vicegobernadora que debe asumir el poder mientras su vida emocional se tambalea.
La premisa es atractiva: Ella (Emma Mackey), brillante, idealista y algo excéntrica, se prepara para ocupar la gobernación de un estado del Medio Oeste en 2008, una época pre-Twitter que la película mira con cierta nostalgia. A su alrededor orbitan su mentor político (Albert Brooks), su tía (Jamie Lee Curtis), un padre mujeriego en busca de redención (Woody Harrelson) y un marido cuya relación entra en crisis (Jack Lowden). El reparto —que suma nombres como Rebecca Hall, Kumail Nanjiani y Ayo Edebiri— es, sin duda, un lujo.
A ratos, la película recupera el mejor Brooks: diálogos ágiles, observaciones humanas cargadas de ironía y momentos de genuina ternura. Hay destellos de una comedia política a la manera de Mr. Smith Goes to Washington, filtrada por el desencanto contemporáneo. También se percibe el deseo de retratar adultos imperfectos que intentan hacer lo correcto en un sistema que los empuja al cálculo y la cobardía.

El problema es que ese potencial se diluye en una estructura dispersa. La narración —a cargo del personaje de Julie Kavner— promete la historia de una figura política extraordinaria, pero pronto se deshilacha en subtramas que entran y salen sin una progresión clara. Flashbacks adolescentes, conflictos con el padre, crisis matrimonial, el romance del hermano, dilemas éticos en el Capitolio estatal: cada elemento parece pedir su propia película. Brooks quiere abarcarlo todo, atar cada escena con un lazo sentimental, y en ese afán termina sacrificando cohesión.
Emma Mackey sostiene el centro con carisma y energía, incluso cuando el guion le exige oscilar entre la joven prodigio de 16 años y la gobernadora de 34 con una excentricidad algo impostada. Hay un momento hacia el final —cuando Ella enfrenta la tensión entre su moral y su matrimonio— en el que asoma una película más áspera, más contradictoria y emocionalmente compleja. Ese destello confirma que había materia prima valiosa bajo la superficie pulida.
Formalmente clásica, incluso algo anticuada, Ella McCay se siente como una reliquia de ese cine de presupuesto medio para adultos que dominó los años noventa y dos mil. En un ecosistema dominado por franquicias y algoritmos, su mera existencia resulta entrañable. Pero la nostalgia no basta: la película nunca encuentra del todo su eje, y su tono —entre anárquico y didáctico— conspira contra la fuerza de su protagonista.
No es el desastre que algunos señalaron ni tampoco el regreso triunfal que muchos esperaban. Es, más bien, una obra irregular y simpática, frustrante porque deja entrever la brillantez que pudo haber sido. En esa imperfección —quizás involuntaria— hay algo coherente con su título: una película imperfecta sobre una mujer que intenta ser mejor que el sistema que la rodea.