Exterminio: El templo de huesos redefine la saga al convertir el apocalipsis zombi en un estudio sobre la crueldad humana, enfrentando a dos visiones extremas de la civilización encarnadas por Ralph Fiennes y un perturbador Jack O’Connell.
Exterminio: El templo de huesos (2026)
Puntuación:★★★★
Dirección: Nia DaCosta
Reparto: Ralph Fiennes, Jack O’Connell, Alfie Williams, Erin Kellyman y Chi Lewis-Parry.
Disponible en cines
Exterminio: El templo de huesos no solo expande el universo iniciado por Danny Boyle y Alex Garland hace más de dos décadas: lo desarma, lo reconfigura y lo empuja hacia un territorio mucho más incómodo. Bajo la dirección de Nia DaCosta y con Garland nuevamente al mando del guion, la película confirma algo que la saga había insinuado desde sus orígenes, pero nunca había explorado con tanta lucidez: el verdadero horror no es la infección, sino la humanidad cuando ya no necesita excusas para ser cruel.
Resulta paradójico —y fascinante— que la que ya es, de facto, la cuarta entrega de la franquicia sea también la más radical. El templo de huesos funciona porque reduce a los infectados a un murmullo constante, una amenaza latente pero secundaria, y coloca el foco en los supervivientes, en sus sistemas de creencias, en su lenguaje y en la violencia que ejercen cuando ya no existe un mundo que los juzgue. La decisión de DaCosta de desplazar el centro del terror hacia el conflicto humano no solo revitaliza la saga: la redefine.
En ese contexto, Ralph Fiennes compone a uno de los personajes más extraños y magnéticos de su carrera. El Dr. Ian Kelson, médico, místico y arquitecto de un osario monumental que busca preservar la memoria de los muertos, se mueve entre la locura y la iluminación. Su piel teñida de yodo, su tono casi pastoral y su relación con Sansón, el infectado alfa, convierten al personaje en una figura profundamente ambigua: ¿es un último bastión de humanidad o alguien que ha perdido la cabeza de la forma más funcional posible? Fiennes interpreta a Kelson como una mezcla improbable entre Kurtz y Yoda, capaz de cantar, citar latín y observar el fin del mundo con una serenidad inquietante. Su baile al ritmo de The Number of the Beast no es solo un momento de exceso memorable, sino una declaración de principios: la civilización ha colapsado, pero el espectáculo continúa.

Frente a él emerge Sir Lord Jimmy Crystal, interpretado por un Jack O’Connell en estado de gracia. O’Connell ofrece otra actuación magistralmente escalofriante, elevando cada escena en la que aparece. Su enfrentamiento con Fiennes es visceral, un duelo entre dos fuerzas que se reconocen y se repelen, dos formas opuestas —pero igualmente peligrosas— de reorganizar el mundo tras el apocalipsis. Lord Jimmy no es un villano convencional: es un líder carismático, un predicador del caos que ha construido toda una teología psicópata para justificar la violencia. O’Connell entiende exactamente lo que exige un personaje tan complejo y esencialmente malvado, y nunca lo reduce a una caricatura. Su lógica interna es tan sólida que resulta aterradora.
La invocación explícita de la figura de Jimmy Savile no es un mero gesto provocador. Garland y DaCosta utilizan ese referente para hablar del lenguaje como herramienta de poder y perversión. Lord Jimmy llama “caridad” a la tortura, se proclama hijo de Satanás y convierte el abuso en ritual. La película establece así un inquietante paralelo entre la corrupción moral y la manipulación simbólica, subrayando cómo las palabras pueden despojar de humanidad tanto como un virus. En contraste, Kelson sufre ante la incapacidad de los infectados para comunicarse o consentir, planteando preguntas incómodas sobre dónde empieza y termina lo humano.
El joven Alfie Williams, como Spike, actúa como el punto de anclaje emocional de la película. Atrapado entre dos monstruos —uno que predica la gentileza extrema y otro que glorifica la crueldad—, su interpretación se mueve con precisión entre la vulnerabilidad infantil y la dureza que el mundo le exige adoptar. Es a través de sus ojos que El templo de huesos se vuelve verdaderamente trágica.
En lo formal, DaCosta opta por una puesta en escena más contenida que la de Boyle, trabajando con Sean Bobbitt en una cámara menos frenética pero igual de opresiva. El humor, cuando aparece, lo hace desde el silencio, el montaje inesperado o la extraña “comedia romántica” entre Kelson y Sansón al ritmo de Ordinary World de Duran Duran. Es un tono distinto, más sutil, que demuestra que la franquicia no necesita repetir sus gestos fundacionales para seguir siendo relevante.
Exterminio: El templo de huesos es frenética, lúgubre, macabra y, al mismo tiempo, profundamente humanista. Una película que entiende que el zombi, como figura, ya no basta, y que el verdadero terror contemporáneo reside en cómo construimos —o destruimos— nuestra idea de civilización. Que Danny Boyle regrese para la siguiente entrega solo aumenta la curiosidad: no por ver cómo continúa la historia, sino por descubrir cuánto de este espejo incómodo estará dispuesto a sostener.