Extraño río es un delicado drama iniciático que utiliza un viaje familiar como escenario para explorar el despertar del deseo adolescente y la fragilidad de los vínculos. A través de una atmósfera ambigua y sensorial, la película privilegia las emociones sobre las explicaciones.
Extraño Río (2025)
Puntuación: ★★★½
Dirección: Jaume Claret Muxart
Reparto: Jan Monter, Nausicaa Bonnín, Francesco Wenz y Jordi Oriol
Disponible en Filmin
La ópera prima de Jaume Claret Muxart, se inscribe con delicadeza y firmeza dentro del linaje del cine iniciático, pero lo hace desde una conciencia clara de sus propias convenciones. Más que desmontarlas, las observa, las acepta y las desplaza hacia un terreno donde la ambigüedad emocional y sensorial pesa más que cualquier resolución narrativa. El resultado es una película que se niega a explicar del todo lo que muestra, y que encuentra precisamente ahí su mayor fuerza.
El viaje en bicicleta de una familia catalana a lo largo del Danubio funciona como un espacio suspendido, casi abstracto, donde el tiempo parece diluirse. No es casual que el film tarde en precisar su localización: el paisaje se convierte en un estado mental, un territorio de tránsito entre la infancia y una adolescencia marcada por el deseo, la incomodidad y la distancia creciente con el núcleo familiar. Dídac, con dieciséis años, vive ese desplazamiento no solo físico sino íntimo, reaccionando con irritación o retraimiento frente a unos hermanos que aún habitan una etapa que él siente estar dejando atrás. La película capta con gran sensibilidad esa conciencia dolorosa de que ciertas vacaciones —y ciertas formas de estar juntos— están llegando a su fin.
Claret Muxart demuestra una comprensión astuta de los códigos del relato veraniego de descubrimiento: los campings nocturnos, los cuerpos expuestos al calor, los encuentros fugaces que abren preguntas más que certezas. Sin embargo, lo interesante es cómo el film se resiste a reducir estas experiencias a una mera anécdota sexual o identitaria. El deseo de Dídac no se formula en términos claros ni confesables; se filtra, en cambio, a través de la figura enigmática del joven que emerge del río, una presencia que oscila entre lo mítico y lo mental. Esta figura —¿real, imaginada, desplazada?— encarna la imposibilidad de nombrar plenamente aquello que empieza a sentirse.
La dimensión intelectual del film, lejos de resultar impostada, dialoga orgánicamente con su sensibilidad. Las visitas a la Escuela de Diseño de Ulm o a los espacios modernistas no funcionan solo como hitos culturales, sino como extensiones del mundo interior de los personajes adultos, especialmente del padre arquitecto y de la madre actriz. En ese sentido, la conexión de Monika con La muerte de Empédocles de Hölderlin no es un detalle ornamental: introduce una reflexión soterrada sobre la juventud, el sacrificio y la pulsión de fuga que encuentra eco en el itinerario emocional de su hijo. La posible identificación entre los recuerdos amorosos de Monika y las fantasías de Dídac sugiere una continuidad generacional del deseo y la pérdida, más que un conflicto explícito entre padres e hijos.
Formalmente, Extraño río se apoya en una puesta en escena elegante y precisa, donde el 16 mm aporta una textura casi táctil a la imagen. La cámara se mueve con soltura entre lo cinético y lo contemplativo, registrando tanto la vibración de los cuerpos jóvenes como la geometría fría de la arquitectura modernista. La paleta cromática —azules y púrpuras ahumados frente a verdes intensos— subraya el contraste entre introspección y exuberancia, entre el agua como espacio de fantasía y la tierra como anclaje familiar. El sonido, por su parte, refuerza esa ambivalencia constante, alternando silencios cargados de sentido con irrupciones musicales que rozan deliberadamente lo kitsch, como en la escena de masturbación acompañada por Ravel, donde lo sublime y lo corporal se funden sin pudor.
Extraño río no pretende redefinir el cine de descubrimiento adolescente, pero sí lo observa con una sensibilidad contemporánea y una elegancia poco común en un debut. Al aceptar el misterio como forma y no como problema, Claret Muxart entrega una obra tierna, sugerente y profundamente sensorial, que confía en la inteligencia emocional del espectador y lo invita a recordar ese momento en que el deseo todavía no tenía nombre, pero ya empezaba a alterar el mundo.