Familia en renta explora el fenómeno japonés de las familias de alquiler desde una mirada empática y accesible. Brendan Fraser sostiene con carisma una historia sobre soledad y afecto transaccional.
Familia en renta (2025)
Puntuación:★★★
Dirección: Hikari
Reparto: Brendan Fraser, Shannon Mahina Gorman, Shino Shinozaki y Takehiro Hira.
Disponible en cines
Familia en renta parte de una premisa inquietante y profundamente contemporánea: la posibilidad de alquilar afecto en una sociedad marcada por la soledad estructural. Ambientada en el Tokio actual, la película de Hikari se inscribe en una tradición reciente del cine que observa con curiosidad —y cierta incomodidad— las formas en que el capitalismo termina por colonizar incluso los vínculos más íntimos. Sin embargo, lo que podría haber sido una exploración incisiva de ese vacío emocional opta por un camino más amable, contenido y previsible.
El relato sigue a Phillip Vandarpleog, un actor estadounidense varado en Japón, cuya carrera nunca despegó y cuya condición de gaijin lo mantiene siempre en los márgenes. Brendan Fraser encuentra aquí un papel hecho a su medida: un hombre cansado, vulnerable y esencialmente bueno, cuyo carisma natural sostiene gran parte del film. Su presencia dota de calidez a una historia de escala modesta, y esa humanidad —genuina, casi desarmante— es, sin duda, una de las mayores virtudes de la película.
Hikari se aproxima al fenómeno real de las agencias de familias de alquiler con una mirada empática, subrayando su función como bálsamo emocional en una sociedad atravesada por la incomunicación. El film acierta cuando muestra esos servicios no solo como una manifestación de patetismo moderno, sino también como una respuesta —aunque imperfecta— a necesidades afectivas profundas. En sus mejores momentos, Familia en renta revela la paradoja central de su universo: vínculos nacidos de la mentira que, sin embargo, generan emociones auténticas.

Esa tensión alcanza su punto más interesante en la relación entre Phillip y Mia, una niña birracial que cree haber recuperado al padre ausente que apenas conoció. Aquí la película roza terrenos éticos complejos y perturbadores, planteando preguntas incómodas sobre el daño emocional que puede provocar un afecto transaccional cuando se confunde con lo real. No obstante, Hikari rara vez se permite profundizar en esas grietas. La incomodidad es rápidamente amortiguada por resoluciones complacientes y un sentimentalismo que suaviza cualquier arista peligrosa.
Ese es, finalmente, el mayor problema de Familia en renta: su timidez. A pesar de una premisa rica en contradicciones —ya explorada con mayor audacia por Werner Herzog en Family Romance, LLC—, la película se refugia en recursos narrativos convencionales y en una estructura de episodios que privilegia los momentos “tiernos” por encima del conflicto sostenido. La crítica social es apenas superficial y las implicaciones morales del trabajo de Phillip se reconocen, pero nunca se enfrentan con verdadera contundencia.
La puesta en escena, cuidada y llena de postales del Tokio urbano, refuerza esta sensación de confort. La ciudad es observada con fascinación, pero también con una mirada turística que embellece el entorno sin cuestionarlo demasiado. Incluso personajes secundarios con gran potencial, como la actriz de alquiler interpretada por Mari Yamamoto, quedan subutilizados, funcionando más como apuntes que como verdaderos contrapuntos dramáticos.
En última instancia, Familia en renta es una comedia dramática eficaz y accesible, sostenida por el magnetismo de Brendan Fraser y por una sensibilidad genuinamente amable. Pero esa misma amabilidad se convierte en su límite. Hikari elige no incomodar, no provocar, no tensar del todo las contradicciones de su propio planteamiento. El resultado es una película que reconforta, pero que también confirma —con cierta ironía involuntaria— que incluso el afecto empaquetado para el consumo puede resultar emocionalmente manipulador. No solo para sus personajes, sino también para el espectador.