¡La novia! | Review

¡La Novia! reimagina el mito de Frankenstein desde la perspectiva de la criatura femenina, transformando lo que en el clásico de 1935 era un personaje secundario en el verdadero centro del relato. Jessie Buckley ofrece una interpretación feroz y magnética.
¡La Novia! (2026)
Puntuación:★★★★
Dirección: Maggie Gyllenhaal
Reparto: Jessie Buckley, Christian Bale, Annette Bening, Jake Gyllenhaal, Penelope Cruz y Peter Sarsgaard
Disponible en cines

La segunda película como directora de Maggie Gyllenhaal se siente como un experimento cinematográfico sin red de seguridad. ¡La Novia! no busca replicar la lógica del clásico Bride of Frankenstein de James Whale, sino desarmarlo desde dentro. En lugar de venerar la iconografía del monstruo, Gyllenhaal decide desplazar el centro de gravedad de la historia hacia la figura que en la película original apenas existía: la novia. El resultado es una obra excesiva, estilizada y caóticamente ambiciosa que, paradójicamente, funciona con una coherencia emocional que evita convertirse en el “Frankenstein” narrativo que su premisa podría sugerir.

Ambientada en el Chicago de los años treinta, la película mezcla géneros con una libertad casi insolente: body horror, romance gótico, comedia negra, musical y cine de gánsteres. En ese collage narrativo, el monstruo de Frankenstein —interpretado por Christian Bale— busca una compañera que alivie su soledad, lo que conduce a la resurrección de Ida, una socialité fallecida que termina convertida en la Novia. Sin embargo, esta nueva criatura —interpretada con furia magnética por Jessie Buckley— no está interesada en cumplir el papel de esposa sumisa que el mito tradicional le asignaba. La película, entonces, deja de ser la historia de los hombres que crean un cuerpo para convertirse en la historia de una mujer que se apropia de su identidad después de la muerte.

El gesto más audaz del guion de Gyllenhaal consiste en entrelazar a la Novia con la figura de Mary Shelley, autora de Frankenstein. Buckley interpreta simultáneamente a Shelley, a Ida y a la criatura resucitada, como si los tres personajes coexistieran en una misma conciencia. Esta idea meta-literaria no solo conecta el mito con su creadora, sino que sugiere una pregunta provocadora: ¿qué habría escrito Shelley si no hubiera estado limitada por las convenciones del siglo XIX? La película responde con un relato feminista cargado de rabia y deseo de emancipación, donde la resurrección funciona también como metáfora de una segunda oportunidad histórica para las voces femeninas.

El corazón de la película es la interpretación de Buckley. Su Novia es feroz, caótica y extrañamente carismática, una criatura que parece descubrir el mundo con la misma intensidad con la que lo destruye. Buckley se mueve entre acentos, registros y estados físicos con una libertad interpretativa que convierte al personaje en una fuerza narrativa. Frente a ella, Bale adopta un registro más melancólico: su monstruo evoca la ingenuidad trágica de Boris Karloff, pero también incorpora una violencia impredecible que revela el desgaste de un cuerpo construido a base de restos. La dinámica entre ambos recuerda menos a una pareja romántica convencional que a dos criaturas que aprenden a existir juntas mientras el mundo intenta cazarlas.

Visualmente, ¡La Novia! es una película de exceso controlado. El diseño de producción construye un Chicago steampunk donde el glamour decadente de los años treinta convive con una estética punk casi anacrónica. En ese universo, la fotografía y el diseño de maquillaje convierten a la Novia en una figura icónica: rostro y manos teñidos de negro por el proceso de reanimación, cabello rubio electrificado y un vestuario que contrasta sensualidad con agresividad. El mundo que rodea a los personajes —mafiosos, detectives y clubes clandestinos— parece salido de un sueño delirante que mezcla cine clásico con imaginación contemporánea.

La música de Hildur Guðnadóttir refuerza esa sensación de extrañeza. Su partitura oscila entre lo romántico y lo inquietante, acompañando los bruscos cambios de tono de la película. Esos cambios son precisamente uno de los rasgos más divisivos del filme: Gyllenhaal pasa del horror al humor y del melodrama al musical con una velocidad que puede desorientar a parte del público. Sin embargo, esa inestabilidad también constituye el corazón de la propuesta estética. La película no pretende ser equilibrada; pretende ser viva, impredecible, incluso incómoda.

Las influencias cinematográficas son evidentes. La historia comparte ecos con el imaginario de Poor Things en su exploración de una mujer que descubre su identidad al margen de las normas sociales, mientras que su estilización visual y su tono irreverente recuerdan ocasionalmente a Cruella. A ello se suma otra referencia narrativa muy clara: la dinámica de pareja fugitiva propia de Bonnie and Clyde. La Novia y Frank adoptan, por momentos, esa lógica de amantes fuera de la ley que recorren el país perseguidos por la policía, convirtiendo su huida en una especie de romance criminal que mezcla violencia, humor y complicidad. Sin embargo, Gyllenhaal no se limita a replicar estos modelos; los utiliza como punto de partida para un experimento narrativo que mezcla homenaje y provocación.

No todo funciona con la misma eficacia. El guion a veces subraya en exceso su discurso feminista, reduciendo a varios personajes masculinos a caricaturas de misoginia. Algunas ideas —como la presencia fantasmal de Mary Shelley— se diluyen después del primer acto, dejando la sensación de que ciertas posibilidades narrativas quedaron a medio explorar. Pero incluso en esos momentos de desequilibrio, la película mantiene un magnetismo extraño que impide apartar la mirada.

Al final, ¡La Novia! se impone más como experiencia que como relato perfectamente articulado. Es una obra exuberante, caótica y consciente de su propia rareza. Maggie Gyllenhaal no intenta domesticar el mito de Frankenstein; lo reanima con electricidad contemporánea, permitiendo que la criatura —y especialmente su novia— grite con una voz que nunca había tenido en el cine. Quizás no todos los espectadores acepten esa visión radical, pero es difícil negar que se trata de un gesto creativo audaz. Si el monstruo fue siempre una metáfora de lo incomprendido, esta película demuestra que su compañera puede convertirse en algo aún más inquietante: una fuerza de libertad.

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