Los domingos explora el conflicto que estalla cuando una adolescente brillante de 17 años, anuncia su deseo de ingresar a un convento de clausura. A partir de esa decisión íntima, el filme construye un drama familiar que utiliza la fe no como dogma, sino como detonante de tensiones acumuladas.
Los Domingos (2025)
Puntuación: ★★★★
Dirección: Alauda Ruiz de Azúa
Reparto: Blanca Soroa, Patricia López Arnaiz, Miguel Garcés, Juan Minujín, Mabel Rivera y Nagore Aranburu.
Disponible en VOD
Alauda Ruiz de Azúa vuelve a situar el núcleo del conflicto en el interior de una familia, pero esta vez desplaza el eje hacia un territorio más resbaladizo: la fe. Si en Cinco lobitos la maternidad era el pretexto para hablar de la fragilidad de los vínculos y en Querer el consentimiento tensaba el matrimonio, aquí la religión funciona como detonante para explorar hasta qué punto las decisiones íntimas pueden fracturar lo que parecía inquebrantable.
Ainara (Blanca Soroa), con apenas 17 años, debería estar eligiendo carrera universitaria, proyectando un futuro académico o sentimental. Sin embargo, anuncia su intención de ingresar en un convento de clausura. Lo que podría leerse como una simple “vocación” se convierte en una bomba silenciosa que expone deudas económicas, duelos no resueltos y frustraciones afectivas. La fe no aparece como dogma abstracto, sino como una decisión radical que interpela a todos.
Uno de los mayores desafíos del cine cuando aborda la religión es cómo representar la presencia —o ausencia— de Dios. ¿Se muestra? ¿Se sugiere? ¿Se encarna en un rostro? Ruiz de Azúa opta por la ambigüedad. No hay apariciones ni subrayados místicos; hay, en cambio, un plano en el que Ainara parece experimentar una suerte de éxtasis, una iluminación íntima. Es un momento incómodo y provocador, porque no ironiza ni desacredita la vivencia espiritual: la toma en serio.
Esa seriedad desconcierta tanto a los personajes como al espectador. La pregunta no es si Ainara “tiene razón”, sino cómo se comunica Dios con quien cree haber sido llamada. La película se sitúa en esa zona gris donde la invocación religiosa puede ser leída como consuelo ante la pérdida de la madre, como búsqueda de sentido en medio del caos familiar o como auténtica convicción trascendental. La puesta en escena rehúye las respuestas categóricas.

La tensión central se articula entre quien intenta discernir su fe y quienes ya han decidido que no creen —o que no quieren creer en esa forma de vida. La escena del encuentro entre la tía Maite (Patricia López Arnaiz) y la responsable del convento es reveladora: el plano/contraplano estructura el combate verbal, mientras el padre opta por una pasividad que, paradójicamente, también es una forma de imposición. Él afirma respetar la libertad de su hija, pero su silencio termina condicionando el conflicto.
Maite, en cambio, verbaliza el miedo: que Ainara renuncie a la universidad, al deseo, al amor físico, a la experiencia mundana. Su oposición no es solo ideológica; es existencial. La crisis de fe de la sobrina ilumina la crisis afectiva de la tía. Así, la película sugiere que toda discusión sobre Dios es también una discusión sobre la propia vida.
Y es que, no por nada el título del filme es revelador. “Los domingos” remite tanto al día de misa como al almuerzo familiar. Dos instituciones —la Iglesia y la familia— que comparten rituales, normas, jerarquías y silencios. Ruiz de Azúa parece interesada en el modo en que ambas estructuras modelan la identidad individual. Ainara no decide en el vacío; decide en un entramado donde el recuerdo de la madre ausente pesa tanto como las expectativas del padre o el afecto protector de la abuela.

Formalmente, Ruiz de Azúa confía en el diálogo y el plano/contraplano como herramientas principales. Esa apuesta dota a la película de una cualidad casi teatral, más cercana a un “audiovisual” sobrio que a una estilización puramente cinematográfica. Sin embargo, esa contención también refuerza la sensación de encierro: cada conversación es un pequeño tribunal moral.
Los intercambios permiten incluso rozar la comedia, pero el tono deriva hacia el desgarro. Aunque la directora intenta equilibrar las posturas, el dolor parece concentrarse con mayor intensidad en quienes sienten que pierden a Ainara. La película no reconforta ni a agnósticos ni a creyentes: deja el debate abierto, quizá de forma deliberadamente incómoda.
Blanca Soroa sostiene el relato con una presencia convincente y esquiva. Su interpretación evita el arrebato melodramático; trabaja desde la contención, desde la mirada. Frente a ella, Patricia López Arnaiz construye un contrapunto lleno de matices, donde la rabia y el amor se confunden. La confrontación entre ambas encarna el verdadero conflicto: no es Dios contra la familia, sino dos maneras de entender la libertad.
En última instancia, la película no trata tanto de si Ainara debe o no hacerse monja, sino del precio de cualquier decisión auténtica. Creer implica renunciar; no creer también. “Los domingos” confirma el interés de Ruiz de Azúa por los espacios intermedios, por los silencios que fracturan hogares y por la dificultad de aceptar que los hijos —o las sobrinas— no nos pertenecen.
El plano final, sobrio y abierto, no clausura el sentido. Como la fe misma, exige un acto personal: posicionarse, dudar, aceptar la incertidumbre. Ahí radica su mayor virtud y, quizá, su mayor incomodidad.