Maspalomas | Review

Maspalomas aborda la vejez, la homosexualidad y el deseo desde una mirada íntima y poco habitual, contraponiendo la libertad corporal vivida en la playa con la opresión silenciosa de una residencia de ancianos.
Maspalomas (2025)
Puntuación: ★★★★
Dirección: José Mari Goenaga y Aitor Arregi
Reparto: Jose Ramon Soroiz, Nagore Aranburu y Kandido Uranga. 
Disponible en Filmin

Maspalomas se articula como un gesto poco frecuente dentro del cine español contemporáneo: mirar la vejez, el deseo y la identidad homosexual sin condescendencia ni voluntad de shock. José Mari Goenaga y Aitor Arregi sitúan a Vicente, un hombre de 76 años, en el centro de un relato que entiende el placer no como provocación, sino como una forma de resistencia vital. Desde su arranque, la película establece con claridad su territorio ético y estético: el cuerpo envejecido no es un residuo, sino un espacio aún habitado por el deseo, la curiosidad y la búsqueda de libertad.

La secuencia inicial en las playas de Maspalomas funciona como una declaración de principios. La cámara acompaña a Vicente por un paisaje luminoso y casi salvaje, donde el sexo y la fiesta conviven con naturalidad. Goenaga y Arregi filman estos encuentros con una mezcla de frontalidad y pudor que evita tanto el morbo como la idealización. El hedonismo aparece como algo cotidiano, integrado en un entorno que convierte la playa en una extensión de la discoteca, un espacio donde el cuerpo envejecido se permite seguir siendo cuerpo deseante. En este punto, la película podría dialogar con El desconocido del lago de Guiraudie, pero pronto se revela su verdadero interés: no los espacios de libertad, sino su abrupta desaparición.

El corte que lleva a Vicente desde el sol hasta la penumbra de la residencia es uno de los gestos más elocuentes del film. El tránsito visual —del color a la palidez, del tinte al cabello cano— no solo marca un cambio de espacio, sino una regresión identitaria. La residencia se presenta como una estructura social que, bajo la apariencia del cuidado, impone una forma de encierro emocional. Allí, Vicente vuelve al armario, no por miedo íntimo, sino por la presión de un entorno que normaliza la negación de ciertas identidades en la vejez.

La película encuentra en esta segunda parte un tono más costumbrista, incluso discursivo, que contrasta con la audacia sensorial del inicio. Sin embargo, este cambio no anula su potencia temática. El rechazo de Vicente hacia el auxiliar gay y su posterior apertura a una relación afectiva no sexual con Xanti introducen una idea central: la identidad no es una línea recta ni un proceso cerrado. Maspalomas sugiere que el deseo puede mutar sin desaparecer, y que la necesidad de afecto no siempre pasa por el sexo, aunque tampoco deba negarlo.

José Ramón Soroiz sostiene el film con una interpretación de enorme sensibilidad, construida desde los gestos mínimos y las contradicciones internas. Su Vicente no es un mártir ni un héroe tardío, sino un hombre atravesado por decisiones postergadas y renuncias asumidas demasiado pronto. La película, pese a una banda sonora que insiste en subrayar la emoción, se mantiene contenida y reflexiva, más cercana a una meditación melancólica que a un melodrama enfático.

En última instancia, Maspalomas no habla solo de la homosexualidad en la tercera edad, sino de la honestidad como necesidad vital. El film plantea una pregunta incómoda y profundamente humana: ¿qué ocurre cuando la libertad conquistada no encuentra un lugar donde sostenerse? Sin estridencias ni moralejas, Goenaga y Arregi construyen un melodrama de la libertad que mira el cuerpo y el deseo sin pudor, pero también sin complacencia, y que confirma que nunca es tarde para preguntarse —aunque duela— quiénes somos realmente.

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