Mi amiga Eva sigue a una mujer de cincuenta años que decide romper con su vida estable para volver a experimentar la emoción de enamorarse. Lejos del drama convencional, la película observa con humor y sensibilidad el deseo femenino.
Mi amiga Eva (2025)
Puntuación: ★★★½
Dirección: Cesc Gay
Reparto: Nora Navas, Rodrigo de la Serna, Juan Diego Botto y Àgata Roca
Disponible en VOD
En Mi amiga Eva, Cesc Gay vuelve a demostrar que el diálogo —preciso, ligero y emocionalmente afinado— no es solo una herramienta narrativa, sino una forma de mirar el mundo. La película se construye desde una aparente modestia formal para abordar una cuestión profunda y poco complaciente: el deseo de volver a enamorarse cuando la vida ya parece haber quedado definida. Eva no huye de nada concreto, huye del tedio existencial que se instala cuando la estabilidad se convierte en rutina y la identidad empieza a sentirse ajena.
El detonante es mínimo, casi insignificante: un viaje de trabajo a Roma y una atracción fugaz. Gay filma ese instante no como una epifanía romántica, sino como un recuerdo corporal, una vibración que reactiva algo dormido. A partir de ahí, la decisión de Eva de separarse no responde a una infidelidad clásica ni a un conflicto conyugal explícito, sino a una necesidad íntima difícil de explicar incluso para ella misma. La película entiende que no todas las decisiones vitales pueden justificarse racionalmente, y encuentra ahí uno de sus gestos más honestos.
Nora Navas sostiene el film con una interpretación luminosa y profundamente humana. Su Eva es contradictoria, impulsiva, frágil y valiente a partes iguales. Basta un gesto, una mirada o una pausa incómoda para que el personaje cobre espesor emocional. Gay confía plenamente en su actriz y construye la película alrededor de su presencia, permitiendo que el relato avance más por estados de ánimo que por giros argumentales. En ese sentido, Mi amiga Eva es menos una comedia romántica tradicional que un estudio sensible sobre la identidad femenina y el derecho a desear sin pedir disculpas.

El humor, marca habitual del director, funciona aquí como un mecanismo de defensa frente al juicio social. Los hijos avergonzados, el marido desconcertado, la familia incapaz de comprender la decisión de Eva configuran un retrato preciso de una sociedad que tolera mal el deseo femenino fuera de los márgenes de la juventud. La mentira que Eva elige —una supuesta aventura— no es presentada como una bajeza moral, sino como una estrategia de supervivencia: una forma de simplificar un relato que nadie quiere escuchar.
La sombra de Woody Allen planea de manera evidente sobre la película, especialmente en su ligereza narrativa y su interés por los vínculos sentimentales, pero Gay logra apropiarse de ese legado desde una sensibilidad propia, menos neurótica y más empática. Las citas fallidas, los encuentros vía aplicaciones y los desencuentros familiares se encadenan con ritmo ágil y una mirada comprensiva que evita la caricatura.
Mi amiga Eva no celebra tanto el amor como la experiencia de estar enamorada, ese “pellizco en el corazón” que justifica el riesgo de desordenarlo todo. Es una película sobre la valentía de escucharse cuando nadie más entiende, sobre el derecho a equivocarse y sobre la necesidad —a cualquier edad— de seguir sintiendo que la vida aún puede sorprender.
