Parque Lezama | Review

Campanella adapta la obra de Herb Gardner a un contexto argentino para contar la amistad entre dos hombres mayores, cuya mayor fortaleza son las sólidas interpretaciones de Luis Brandoni y Eduardo Blanco.
Parque Lezama (2026)
Puntuación: ★★★
Dirección: Juan José Campanella
Reparto: Luis Brandoni, Eduardo Blanco, Verónica Pelaccini y Agustín Aristarán
Disponible en Netflix 

El cine de Juan José Campanella siempre ha oscilado entre el drama emotivo y el costumbrismo popular. En Parque Lezama, el director vuelve a ese territorio con una adaptación de la obra teatral I’m Not Rappaport del dramaturgo Herb Gardner, trasladando la acción desde Nueva York hasta Buenos Aires. El resultado es una comedia dramática centrada casi exclusivamente en dos personajes que conversan en un banco del parque, un dispositivo narrativo mínimo que convierte al diálogo y a la química actoral en el verdadero motor de la película.

La historia gira en torno a León Schwartz, interpretado por Luis Brandoni, un viejo militante comunista tan provocador como fabulador, y Antonio Cardozo, encarnado por Eduardo Blanco, un hombre más conservador y discreto que intenta pasar desapercibido mientras trabaja como encargado de una caldera. Ambos se encuentran a diario en el banco de un parque —un espacio aparentemente cotidiano que se convierte en escenario de confesiones, discusiones ideológicas y relatos inventados— y, a partir de ese intercambio constante, surge una amistad improbable marcada por el humor, la nostalgia y la reflexión sobre la vejez.

El principal logro de la película reside precisamente en esa relación central. Brandoni y Blanco sostienen gran parte del metraje con interpretaciones sólidas y muy complementarias. El primero aporta ironía, picardía y una energía narrativa casi teatral; el segundo construye un personaje más contenido y melancólico que funciona como contrapeso emocional. La química entre ambos permite que largas secuencias de diálogo —que podrían resultar pesadas— mantengan cierto dinamismo. En muchos momentos, la película se vuelve un verdadero duelo actoral donde cada gesto o entonación contribuye a revelar las contradicciones y fragilidades de estos dos hombres mayores que intentan encontrar sentido a una etapa de la vida que la sociedad suele relegar.

Campanella, además, intenta evitar que la película se perciba como simple teatro filmado. Aunque la acción ocurre mayormente en un banco del parque, el director introduce movimientos de cámara, pequeños desplazamientos y la aparición ocasional de personajes secundarios para generar variaciones visuales. También imprime un ritmo de montaje que busca suavizar la naturaleza teatral del material original. Este esfuerzo técnico no transforma radicalmente el dispositivo escénico, pero sí logra que la película conserve cierta fluidez cinematográfica.

El tono de la historia oscila entre la comedia y la melancolía. La película reflexiona sobre temas como el paso del tiempo, la soledad en la vejez, la relación con los hijos o la sensación de invisibilidad que experimentan muchos ancianos en una sociedad obsesionada con la productividad. En ese sentido, el film recupera un tipo de humanismo característico del cine de Campanella: personajes vulnerables que encuentran en la amistad una forma de resistencia frente al deterioro físico y social.

Sin embargo, los límites del proyecto también se vuelven evidentes. A pesar de los intentos del director por dinamizar la puesta en escena, Parque Lezama nunca logra desprenderse completamente de su origen teatral. El predominio absoluto de los diálogos y la escasa movilidad narrativa generan momentos de estancamiento visual. Muchas escenas dependen casi exclusivamente de largos parlamentos, lo que puede resultar exigente para el espectador y termina transformando el film en un ejercicio más cercano al teatro filmado que al cine plenamente cinematográfico.

Otro aspecto problemático aparece en el tono de las interpretaciones y en el estilo general del relato. La gestualidad ampulosa, ciertos acentos marcados y un sentimentalismo bastante evidente acercan la película al terreno del costumbrismo más clásico. Si bien este registro forma parte de la identidad del cine de Campanella, aquí en ocasiones deriva en estereotipos o lugares comunes que restan complejidad a los personajes.

Las apariciones de los personajes secundarios tampoco terminan de integrarse con naturalidad al conjunto. Figuras como el joven amenazante, el dealer violento o la hija que intenta reconectar con su padre introducen conflictos externos que rompen el ritmo de la conversación central, pero sin aportar un verdadero desarrollo dramático. En lugar de ampliar el universo del relato, muchas de estas intervenciones parecen más bien recursos narrativos para forzar acción en una estructura que funciona mejor cuando se concentra en el intercambio entre los dos protagonistas.

Comparada con los trabajos más celebrados del director —como El secreto de sus ojos o El mismo amor, la misma lluvia—, Parque Lezama se siente como una obra menor dentro de su filmografía. Carece de la complejidad narrativa, la ambición formal o la intensidad emocional de esos títulos. Sin embargo, también revela una faceta más íntima del cineasta, interesado en explorar las pequeñas historias humanas que se esconden en la vida cotidiana.

En definitiva, Parque Lezama es una comedia dramática sencilla que encuentra su mayor fortaleza en la química entre Luis Brandoni y Eduardo Blanco. Aunque el film arrastra las limitaciones de su origen teatral y recurre con frecuencia a lugares comunes del costumbrismo, logra sostenerse gracias a la calidez de sus personajes y a una mirada nostálgica sobre la amistad y el paso del tiempo. No es una de las obras más brillantes de Campanella, pero sí un relato amable que invita a escuchar a quienes, sentados en un banco del parque, todavía tienen historias que contar. 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *