Pillion | Review

Harry Lighton adapta Box Hill actualizando su contexto y condensando su temporalidad para ofrecer un retrato íntimo del deseo BDSM como vía de autodescubrimiento. Con actuaciones magnéticas de Harry Melling y Alexander Skarsgård.
Pillion (2025)
Puntuación: ★★★★
Dirección: Harry Lighton
Reparto: Harry Melling, Alexander Skarsgard, Douglas Hodge y Lesley Sharp
Disponible en VOD

La ópera prima de Harry Lighton se instala en un territorio incómodo y poco representado: el del deseo queer atravesado por la dinámica dominante/sumiso. Pero lejos de convertir el BDSM en espectáculo o provocación gratuita, Pillion lo utiliza como un lenguaje emocional para hablar de pertenencia, devoción y aprendizaje afectivo. El resultado es una película tan explícita como sorprendentemente tierna, capaz de moverse entre el humor británico más seco y una vulnerabilidad devastadora.

Basada en la novela Box Hill de Adam Mars-Jones, la película reinterpreta y actualiza el relato original, condensando una historia que en el libro se extiende durante seis años —entre finales de los setenta y los ochenta— en apenas un año situado en la actualidad. Este cambio no es menor: mientras la novela estaba atravesada por el contexto cultural de una homosexualidad aún marcada por la represión social, el filme sitúa a Colin en un entorno donde salir del clóset ya no es el conflicto central. Sus padres lo apoyan, le organizan citas, celebran su identidad. Sin embargo, la libertad formal no elimina la inseguridad íntima. Lighton desplaza el conflicto desde lo social hacia lo emocional.

Harry Melling compone a Colin con una fragilidad luminosa. Lejos de cualquier caricatura, su interpretación oscila entre la euforia del descubrimiento y la melancolía de la dependencia afectiva. Vive con sus padres en Bromley, canta en un cuarteto de barbería los domingos y parece suspendido en una adolescencia prolongada. El encuentro con Ray —interpretado con hieratismo magnético por Alexander Skarsgård— irrumpe como una fuerza tectónica. Ray no seduce: ordena. No promete amor: ofrece estructura, reglas, intensidad.

En la novela, Ray es aún más inescrutable; su opacidad forma parte de una reflexión más amplia sobre el poder, el consentimiento y la construcción del deseo masculino en una época menos permisiva. La película, en cambio, permite pequeñas grietas en esa coraza. Skarsgård dota al personaje de una presencia casi mitológica —una mezcla improbable entre la contención de Alan Bennett y la iconografía hipermasculina de Tom of Finland—, pero evita que se convierta en simple fantasía fetichista. La cámara de Nick Morris lo observa con la misma distancia que a Colin, sin erotizarlo más de lo necesario.

Uno de los mayores logros de Lighton es el tono. Las escenas sexuales son gráficas, sí, pero están filmadas con naturalismo, incluso con humor. No buscan escandalizar sino normalizar. En ese sentido, la comparación inevitable con Fifty Shades of Grey resulta reveladora: donde aquella estetizaba el control desde una lógica comercial y edulcorada, Pillion propone una exploración más honesta y menos complaciente del poder y la sumisión. Aquí el sexo no es fantasía aspiracional sino herramienta narrativa.

El contraste más significativo con Box Hill radica en la evolución de Colin. En la novela, el arco es más ambiguo y, por momentos, más cruel. La dependencia emocional se percibe como un ciclo prolongado de autoengaño. Lighton, en cambio, apuesta por una transformación más visible. Su Colin crece, se confronta, aprende a negociar sus límites. Cuando finalmente desafía a Ray —y también a su madre, que ve con claridad el peligro potencial— la película no condena ni glorifica la relación: la entiende como parte de un proceso de autodescubrimiento.

La ambientación suburbana es clave. Bromley, a escasos kilómetros del centro de Londres, no parece el escenario natural para una historia tan audaz. Precisamente por eso funciona. La domesticidad, el pub, el cuarteto de barbería, la enfermedad terminal de la madre: todo remite a una Inglaterra reconocible, casi conservadora. Sobre ese fondo, la relación BDSM no aparece como desviación sino como otra forma de intimidad posible. La normalidad del entorno amplifica la radicalidad del vínculo.

La pregunta que sobrevuela la película —¿cuándo el juego se convierte en control coercitivo?— nunca obtiene una respuesta cerrada. Ray impone reglas estrictas: obediencia doméstica, distancia emocional, jerarquía absoluta. Pero Colin no es una víctima pasiva. Encuentra placer, identidad y comunidad en ese rol. Lighton, apoyado por el coordinador de intimidad Robbie Taylor-Hunt, filma la dinámica con un equilibrio delicado: la dominación es evidente, pero el consentimiento también.

En última instancia, tanto la novela como la película sostienen que el amor verdadero no siempre es tierno. Puede ser incómodo, desequilibrado, incluso doloroso. Pero también puede ser revelador. El último gesto —el cuarteto interpretando “Smile Though Your Heart Is Breaking”— encapsula esa paradoja: aceptar la herida como parte del crecimiento.

Pillion es arriesgada sin ser provocadora por deporte, explícita sin caer en el morbo, romántica sin ingenuidad. Lighton transforma el material literario en una experiencia cinematográfica más compacta y emocionalmente accesible, sacrificando parte de la ambigüedad temporal del libro a cambio de una claridad dramática mayor. Si Box Hill era un estudio prolongado sobre la obsesión y el poder en una Inglaterra pasada, Pillion es una exploración contemporánea sobre identidad, deseo y los límites del amor.

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