Scream 7 intenta regresar a las raíces de la franquicia con Kevin Williamson en la dirección y Neve Campbell nuevamente como Sidney Prescott, pero el resultado es una secuela torpe y narrativamente descuidada que abandona la inteligencia meta que definía a la saga.
Scream7 (2026)
Puntuación:★★
Dirección: Kevin Williamson
Reparto: Neve Campbell, Isabel May, Jasmin Savoy Brown, Mason Gooding, Anna Camp, David Arquette, Michelle Randolph, Mckenna Grace, Matthew Lillard, Joel McHale y Courteney Cox
Disponible en cines
Treinta años después de que Scream redefiniera el cine slasher bajo la dirección de Wes Craven y el guion de Kevin Williamson, la séptima entrega de la franquicia llega como un recordatorio incómodo de cuánto se ha diluido aquella chispa original. Scream 7 pretende presentarse como el regreso definitivo de la saga a sus raíces —con Williamson ahora en la silla de director y con el retorno de Neve Campbell como Sidney Prescott—, pero lo que termina entregando es una secuela torpe, sobrecargada de nostalgia y narrativamente descuidada. La ironía es difícil de ignorar: una franquicia que nació para burlarse de los clichés del cine de terror acaba convertida en una acumulación de ellos.
La premisa intenta construir un cierre emocional para Sidney. Tras décadas huyendo de la violencia de Ghostface, la superviviente ha logrado construir una vida tranquila con su familia. Pero cuando un nuevo asesino aparece y pone en la mira a su hija Tatum, interpretada por Isabel May, el pasado vuelve a reclamar su lugar. Sobre el papel, la idea parece prometedora: confrontar a Sidney no solo con su trauma, sino con la posibilidad de que este se herede. Sin embargo, la película se conforma con utilizar ese concepto como simple combustible dramático, sin explorar realmente las implicaciones psicológicas o temáticas que podría haber tenido.
El problema fundamental de Scream 7 es que su guion parece olvidar aquello que hacía especial a la saga. Cuando la primera película apareció en los años noventa, el ingenio de Williamson consistía en que sus personajes conocían las reglas del género y aun así intentaban sobrevivir. Aquí, en cambio, la narrativa depende constantemente de decisiones absurdas para poner a los personajes en peligro. Desde la escena inicial —tradicionalmente uno de los sellos de la franquicia— la lógica interna se tambalea: los personajes actúan con una imprudencia casi caricaturesca, como si el guion necesitara empujarlos hacia la muerte porque no puede construir tensión de otra manera.

Ese déficit de inteligencia narrativa también se refleja en el tono meta que alguna vez distinguió a la saga. El comentario autorreferencial que definía a Scream aparece aquí reducido a chistes ocasionales, guiños superficiales o referencias nostálgicas. En lugar de utilizar la autoconsciencia para examinar la evolución del terror contemporáneo, la película se limita a repetir fórmulas que ya funcionaron antes. El resultado es un metacomentario sin filo, una sombra de la sátira mordaz que la franquicia solía ofrecer.
La dirección de Williamson tampoco ayuda a sostener el material. Aunque fue el arquitecto narrativo de las primeras películas, su trabajo detrás de cámara carece de la precisión visual que caracterizaba a Craven. Las secuencias de suspense se sienten mecánicas y el ritmo se vuelve errático, alternando entre momentos de violencia efectiva y largos tramos de exposición innecesaria. Incluso cuando aparece una escena bien construida —como una secuencia que involucra una habitación del pánico— la película no logra mantener la tensión suficiente para que esos momentos tengan verdadero impacto.
En medio de ese caos estructural, el reparto intenta sostener lo que puede. Neve Campbell aporta una gravedad emocional creíble a Sidney, interpretándola como una sobreviviente cansada que intenta proteger a su familia. Pero el guion la encierra en un arquetipo que ya hemos visto demasiadas veces en el cine de terror contemporáneo: la heroína veterana que vuelve a enfrentar a su monstruo, una dinámica muy similar a la que Jamie Lee Curtis interpretó en las recientes secuelas de Halloween. En lugar de expandir el personaje, la película lo reduce a un símbolo nostálgico.
El resto del elenco tiene aún menos suerte. Courteney Cox regresa como Gale Weathers con la energía habitual, pero su presencia parece más un gesto contractual que una evolución narrativa real. Los nuevos personajes adolescentes, que deberían aportar una perspectiva generacional fresca, apenas logran dejar huella. Williamson, quien alguna vez definió el lenguaje juvenil de toda una generación en la pantalla, parece completamente desconectado de la voz contemporánea: los diálogos carecen de autenticidad y los personajes jóvenes son tan planos que se vuelven intercambiables.

La película tampoco logra capitalizar su misterio central. Como en toda entrega de la saga, la identidad de Ghostface debería funcionar como motor de tensión, pero el desarrollo del enigma se vuelve cada vez más rebuscado. Las revelaciones finales —que históricamente combinaban sorpresa con lógica interna— aquí se sienten improvisadas, casi como si el guion estuviera tratando de sorprender al público sin haber construido adecuadamente el camino hacia ese desenlace. La resolución termina evocando más un giro forzado de telenovela que el ingenio perverso que alguna vez caracterizó a la franquicia.
Incluso el propio Ghostface parece haber perdido su fuerza icónica. Aquella máscara que en 1996 representaba una amenaza impredecible ahora aparece como un recurso agotado. Las muertes pueden ser gráficas y ocasionalmente efectivas, pero rara vez generan verdadero terror. El asesino ya no resulta inquietante; simplemente cumple con la rutina de acechar, apuñalar y desaparecer, como si la película estuviera más interesada en mantener viva la franquicia que en justificar su existencia.
Al final, Scream 7 termina siendo algo más triste que un desastre absoluto: es una secuela funcional pero vacía, un producto que mantiene los elementos superficiales de la franquicia mientras pierde aquello que la hacía especial. Lo que alguna vez fue una sátira inteligente del cine slasher ahora se limita a repetir las mismas reglas que solía ridiculizar. Y en una saga que siempre presumió de entender el género mejor que nadie, ese fracaso se siente particularmente doloroso.