Solo necesitas matar | Review

Solo necesitas matar reinterpreta el bucle temporal desde una sensibilidad melancólica y post-pandémica, apostando por una animación arriesgada y un imaginario visual impactante que acompaña la soledad de su protagonista.
Solo necesitas matar (2026)
Puntuación:★★
Dirección: Kenichiro Akimoto
Animación 
Disponible en cines

Lejos de plantearse como un simple remake animado, Solo necesitas matar (All You Need Is Kill) propone una relectura introspectiva del bucle temporal concebido por Hiroshi Sakurazaka, desplazando el énfasis del espectáculo hacia una experiencia marcada por la repetición, el aislamiento y la fatiga emocional. Kenichiro Akimoto toma un material ya popularizado por el cine occidental y lo reconduce hacia un terreno más contemplativo, donde morir una y otra vez no es un gag ni un motor de acción, sino una condena existencial.

La adaptación animada que dirige Akimoto, regresa a un territorio ya conocido por el cine reciente, pero lo hace desde un ángulo inesperadamente íntimo. Si Al filo del mañana convertía el bucle temporal en un espectáculo lúdico y adrenalínico, esta nueva versión opta por una mirada melancólica, casi existencial, donde la repetición no es solo un mecanismo narrativo, sino una extensión del estado emocional de su protagonista.

Akimoto construye el bucle como si se tratara de un videojuego roguelike: cada muerte es aprendizaje, cada reinicio una oportunidad mínima de avanzar. Sin embargo, esa lógica lúdica no busca el placer del progreso, sino subrayar el desgaste. Rita, soldado atrapada en el mismo día de una invasión alienígena, revive su muerte una y otra vez como quien despierta cada mañana sin expectativas. La película encuentra aquí su mayor fortaleza: el bucle no es un truco ingenioso, sino una metáfora del estancamiento emocional y de la soledad contemporánea, muy marcada por una sensibilidad claramente post-pandémica.

El apartado visual acompaña con decisión esta lectura. La animación rehúye de los estilos tradicionales del anime comercial y apuesta por una fealdad deliberada, de bordes duros y texturas ásperas, que convierte el mundo en un espacio incómodo. Darol, la planta alienígena que irrumpe en Japón como un árbol gigantesco de raíces óseas, no solo es una amenaza física: su presencia transforma el paisaje en algo hipnótico y siniestro, cercano a la extrañeza de Annihilation. La belleza psicodélica convive con la violencia gráfica, reforzando la idea de un mundo hermoso y hostil a la vez.

No obstante, esa potencia visual no siempre encuentra un equivalente en el desarrollo dramático. El guion de Yuichiro Kido es demasiado frontal en su voluntad empática: las metáforas se exponen con claridad, pero se agotan rápido. Rita está definida casi exclusivamente por su tristeza, y aunque los inquietantes flashbacks sugieren un trauma profundo, la película apenas se detiene en explorarlo. El resultado es una protagonista intensa pero esquemática, cuyo dolor se entiende más como concepto que como experiencia vivida.

El segundo gran quiebre llega con el cambio de tono hacia el romance. La relación entre Rita y Keiji, otro personaje atrapado en su propio bucle emocional, apunta a una interesante conexión entre trauma compartido y repetición temporal, evocando propuestas como Russian Doll. Sin embargo, la película no se concede el tiempo necesario para que ese vínculo respire. Donde Al filo del mañana dejaba que la complicidad surgiera de la convivencia y el entrenamiento, aquí la historia acelera hacia una intimidad que se siente forzada, debilitando su impacto emocional.

Este problema de ritmo se acentúa en el tercer acto, cuando la narración abandona su delicadeza inicial y apuesta por resoluciones rápidas. El giro hacia el suicidio como posible salida del bucle, tratado con una mezcla de desesperación y optimismo, conecta con una realidad incómoda: la crisis de salud mental en la juventud japonesa, intensificada tras la COVID-19 y a menudo abordada de forma indirecta por los medios. La película es valiente al no esquivar el tema, pero su mensaje resulta demasiado entusiasta, casi ingenuo, frente a la gravedad de lo que sugiere.

Así, Solo necesitas matar termina siendo una obra tan fascinante como frustrante. Visualmente deslumbrante y conceptualmente sugerente, se queda corta en su desarrollo narrativo y emocional. No alcanza la precisión ni el entretenimiento de su versión hollywoodense, pero ofrece algo distinto: una experiencia contemplativa, atravesada por la idea de que aprender a morir —y a vivir— es un proceso lento, repetitivo y profundamente solitario. Una película que se disfruta más por lo que evoca que por lo que finalmente resuelve.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *