Tanque de guerra utiliza el encierro de una tripulación alemana dentro de un Panzer VI para explorar el colapso moral y psicológico de quienes participaron en la guerra. Dennis Gansel apuesta por un enfoque existencialista, más cercano al horror y la reflexión ética que al cine bélico tradicional.
Tiger: Tanque de guerra (2025)
Puntuación: ★★★
Dirección: Dennis Gansel
Reparto: David Schütter, Laurence Rupp, Leonard Kunz y Sebastian Urzendowsky.
Disponible en Prime Video
Tanque de guerra se presenta, desde su título y su contexto histórico, como un film bélico tradicional. Sin embargo, la película de Dennis Gansel elude rápidamente cualquier expectativa de espectáculo militar para internarse en un territorio más ambiguo, oscuro y deliberadamente incómodo. Ambientada en el Frente Oriental durante el otoño de 1943, la historia utiliza la guerra no como un fin narrativo, sino como un dispositivo para explorar la culpa, la obediencia y el colapso moral de quienes se refugian —literal y simbólicamente— dentro de una máquina de guerra.
El “tigre” del título no es solo el tanque Panzer VI, sino la entidad que lo habita: una bestia de acero que funciona como contenedor físico y psicológico de la historia. Al igual que Das Boot o Lebanon, la película convierte el espacio cerrado en una prisión emocional donde los personajes se desgastan progresivamente. La mayor amenaza no proviene del enemigo soviético, casi siempre invisible, sino de la implosión interna del grupo: el miedo, la adicción, la paranoia y la obediencia ciega.
Gansel construye un relato que coquetea con el horror existencial y el tedio deliberado. Su apuesta no es el suspenso clásico ni la progresión dramática convencional, sino un viaje cada vez más abstracto y perturbador, con ecos claros de Apocalypse Now. Los escenarios —ciudades arrasadas, bosques espectrales, nieblas densas— están filmados de un modo casi fantástico, alejándose del realismo histórico para sumergirse en una experiencia sensorial y mental. La guerra aparece como un paisaje mental antes que como un conflicto estratégico.

Uno de los mayores aciertos del film es su rigor técnico y su atención al detalle. El interior del tanque no funciona como un simple decorado, sino como una extensión del estado emocional de la tripulación. La cámara se detiene en los diales, las vibraciones del motor, el sudor y el agotamiento físico, estableciendo una relación inquietante entre el cuerpo humano y la maquinaria. La frontera entre hombre y máquina se vuelve difusa, reforzando la idea de que el blindaje que protege también deshumaniza.
Visualmente, la película alcanza momentos de notable potencia simbólica, como la secuencia del puente y el breve cruce de miradas entre el comandante y un animal atrapado en el caos. Es un instante que condensa la tesis del film: en la guerra no hay depredadores heroicos, solo víctimas compartiendo un destino absurdo. Este tipo de imágenes elevan Tanque de Guerra por encima de muchos títulos contemporáneos del género.
Sin embargo, el problema central de la película radica en su incapacidad para transformar sus ideas en un relato verdaderamente vivo. Los temas que aborda —la culpa colectiva, el trauma moral, el “solo obedecíamos órdenes”— son claros y pertinentes, pero permanecen en un plano conceptual. A excepción de algunos momentos sostenidos por la expresión angustiada del teniente Gerkens (David Schütter), el film rara vez logra que esas reflexiones se traduzcan en conflicto dramático sostenido.
El resultado es una experiencia que, a lo largo de sus casi dos horas, oscila entre lo hipnótico y lo repetitivo. Su estructura fragmentada, apoyada en flashbacks y situaciones extremas, refuerza la idea del colapso psicológico, pero también diluye la tensión narrativa. El final, abierto y sugerente, es coherente con la propuesta filosófica del film, aunque terminará por alienar a buena parte del público, confirmando que Tanque de guerra prefiere la provocación intelectual antes que la catarsis emocional.
En definitiva, Tanque de guerra es una obra digna y ambiciosa que se distancia conscientemente del cine bélico convencional. Funciona mejor como reflexión ética que como drama cinematográfico, más como concepto que como experiencia narrativa plena. Una película que invita a pensar la guerra desde el trauma y la responsabilidad moral, pero que no siempre encuentra la forma cinematográfica adecuada para sostener ese peso durante todo su recorrido.