Un fantasma en la batalla | Review

Un fantasma en la batalla reconstruye la infiltración de una guardia civil en el entorno de ETA desde una mirada sobria y contenida, apostando por el thriller clásico y una narración didáctica apoyada en una sólida actuación de Susana Abaitua.
Un fantasma en la batalla (2025)
Puntuación: ★★★
Dirección: Agustín Díaz Yanes
Reparto: Susana Abaitua, Andrés Gertrúdix, Iraia Elias, Raúl Arévalo y Ariadna Gil. 
Disponible en Netflix 

El regreso de Agustín Díaz Yanes al cine político y de género se produce en un contexto particularmente revelador: el conflicto vasco vuelve a ocupar un lugar central en el audiovisual español reciente, no como reconstrucción histórica cerrada, sino como herida aún activa en la memoria colectiva. Un fantasma en la batalla se inscribe en esa tendencia junto a La infiltrada y el documental Infiltrats, pero lo hace desde una ambición mayor, aunque no siempre acompañada por una profundidad equivalente.

La película sigue a Amaia, una joven guardia civil interpretada con solidez y contención por Susana Abaitua, durante más de una década de infiltración en el entorno de ETA. Díaz Yanes opta por narrar la historia estrictamente desde su punto de vista, lo que imprime al film un tono seco, austero y deliberadamente distante. Amaia es una presencia silenciosa, casi opaca, cuya vida queda suspendida entre la obediencia institucional y el riesgo constante de ser descubierta. Esa elección narrativa refuerza el clima de tensión, pero también limita el acceso a una dimensión emocional más compleja del personaje.

Formalmente, Un fantasma en la batalla aspira al thriller clásico de infiltración, con claras referencias al cine de Jean-Pierre Melville, especialmente El ejército de las sombras. Hay una puesta en escena contenida, diálogos mínimos y una voluntad de sobriedad que busca evitar el efectismo. Sin embargo, esa contención deriva con frecuencia en rigidez: las actuaciones resultan pétreas, los personajes secundarios carecen de desarrollo —incluso intérpretes como Raúl Arévalo y Ariadna Gil quedan subutilizados— y muchas situaciones de suspenso se resuelven de manera mecánica o torpe.

El film introduce un componente didáctico desde el inicio, con carteles explicativos y abundante material de archivo que recuerda las consecuencias sangrientas de los atentados de ETA y los operativos policiales. Esa vocación pedagógica, comprensible en una producción de alcance internacional como Netflix, termina por simplificar la mirada política. La lucha antiterrorista aparece idealizada, con apenas una referencia tangencial a sus excesos, y el conflicto se presenta en términos claros y unívocos, evitando las zonas más incómodas o ambiguas.

Díaz Yanes construye cierta tensión en el tramo final, cuando Amaia comienza a percibir que es sospechada tras una serie de fracasos y atentados fallidos. En esos momentos, la mezcla de ficción y material documental aporta una intensidad que la película no había alcanzado antes. Sin embargo, ese impulso llega tarde y no logra compensar la falta de densidad psicológica acumulada. Amaia termina siendo más una función narrativa que un personaje plenamente explorado: al final del recorrido sabemos poco más de ella que al principio.

Un fantasma en la batalla funciona mejor como reconstrucción funcional de un episodio clave —la localización de los zulos en el sur de Francia y el principio del fin de ETA— que como una reflexión profunda sobre el costo humano, moral y político de la infiltración. Correcta, solemne y eficaz por momentos, la película deja la sensación de que Díaz Yanes ya supo ser más incisivo y arriesgado. Su regreso confirma oficio y control, pero también evidencia una mirada demasiado contenida para un material que exigía mayor complejidad.

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