Palestina 36 | Review

Palestine 36 es la obra más ambiciosa de Annemarie Jacir, una epopeya histórica sobre la Revuelta Árabe de 1936. A través de un relato coral, la película explora las raíces del conflicto palestino-israelí desde una perspectiva humana y pedagógica. 
Palestina 36 (2025)
Puntuación: ★★★★
Dirección: Annemarie Jacir
Reparto: Hiam Abbass, Kamel Al Basha, Jalal Altawil, Robert Aramayo, Billy Howle, Dhafer L’Abidine, Liam Cunningham y Jeremy Irons
Disponible en VOD

La historia insiste en repetirse, y Palestine 36 la observa con la lucidez de quien sabe que mirar al pasado no es un ejercicio de nostalgia, sino de responsabilidad. Annemarie Jacir aborda la Revuelta Árabe de 1936 contra el dominio británico en Palestina desde una estructura clásica, casi de epopeya histórica, para formular una pregunta incómoda y vigente: ¿qué ocurre cuando las raíces de un conflicto se ignoran sistemáticamente y se transmiten como una herencia maldita?

Ambientada en el inicio del levantamiento liderado por agricultores palestinos, la película se presenta como el proyecto más ambicioso de Jacir hasta la fecha. Su alcance coral, dividido en capítulos e interrumpido por noticieros de época coloreados, no solo sitúa al espectador en el contexto histórico, sino que subraya el carácter pedagógico del filme. Lejos de ser un defecto, esta vocación didáctica funciona como un gesto político: Palestine 36 recuerda aquello que, como bien señala la película, no suele enseñarse en las escuelas ni en los relatos dominantes sobre la región.

Jacir construye un tapiz narrativo que dialoga, consciente o inconscientemente, con clásicos como Lawrence de Arabia o Éxodo, pero desde una perspectiva palestina largamente ausente del canon. Aquí, el centro no es el héroe colonial ni la épica del imperio, sino una constelación de vidas palestinas atravesadas por la ocupación, la desigualdad de clases, las divisiones internas y la violencia estructural. El resultado es una película emotiva, de ritmo firme, que equilibra la amplitud histórica con la intimidad de los personajes.

En ese entramado destacan con fuerza las figuras coloniales británicas, encarnadas por un trío de administradores que representan distintas caras del poder imperial. Robert Aramayo y Billy Howle se erigen, sin duda, como los grandes robaescenas del filme. Aramayo compone un capitán Orde Wingate brutal y cínico, cuya violencia —disparos a civiles, castigos colectivos— no busca complejidad psicológica, sino encarnar la arrogancia del colonizador convencido de su impunidad moral. Su presencia es perturbadora y eficaz, un recordatorio constante de cómo la violencia se normaliza bajo el disfraz del orden.

En contraste, Billy Howle interpreta a Thomas Hopkins, el “buen británico” del relato: bien intencionado, torpe, incapaz de transformar su simpatía proárabe en acciones reales. Howle dota al personaje de una vulnerabilidad que evita la caricatura y expone, con sutileza, la ineficacia del liberalismo colonial. Ambos actores, desde polos opuestos, terminan revelando una misma verdad: incluso las posturas aparentemente moderadas quedan atrapadas en la lógica del dominio.

Jeremy Irons, como el alto comisionado Arthur Wauchope, completa este triángulo con una interpretación contenida, marcada por el cansancio y la tibieza. Sus intentos de equilibrio político se disuelven como el humo de los cigarrillos que fuma nerviosamente, reforzando la idea de un poder colonial incapaz —o poco dispuesto— a asumir las consecuencias de sus decisiones.

Sin embargo, Palestine 36 no se deja secuestrar por estas figuras coloniales. El corazón emocional del filme late en las aldeas, los campos de algodón y los olivares, allí donde la resistencia se gesta como una respuesta orgánica al despojo. Personajes como Khalid (Saleh Bakri) y Yusuf (Karim Daoud Anaya) encarnan distintos grados de politización frente a la violencia británica, sin que ninguno sea elevado a símbolo absoluto. Jacir evita el heroísmo simplista y opta por retratos humanos, a veces contenidos, pero siempre creíbles.

Ese humanismo alcanza su punto más delicado en la amistad entre Kaleem y Afra, dos niños que, desde su cotidianeidad, condensan la dimensión más íntima del conflicto. La convivencia entre comunidades cristianas y musulmanas, personificada en la figura de la abuela interpretada por una formidable Hiam Abbas, ofrece una visión de Palestina como un espacio plural, anterior a las fracturas impuestas. La pistola otomana que circula como MacGuffin resume la tesis del filme: los imperios cambian, pero los problemas que dejan atrás persisten.

Visualmente, Jacir filma con un afecto palpable por el paisaje palestino, sorprendentemente verde, y por un vestuario lleno de textura que ancla la película en lo material. La música de Ben Frost, inspirada en instrumentos y melodías árabes, aparece con mesura, permitiendo que el silencio —especialmente en los momentos de pérdida y espera— cargue con un peso emocional decisivo.

Abordar el conflicto palestino-israelí desde 1936 implica caminar sobre terreno minado, y Palestine 36 lo hace con una delicadeza poco habitual. La película no niega la complejidad histórica ni las tensiones internas, pero tampoco diluye la responsabilidad colonial británica ni el impacto temprano del sionismo en la región. Su mayor logro quizá sea ese: mirar al pasado sin estridencias, pero con claridad moral, y recordar que la historia, cuando no se aprende, insiste en volver.

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