Aún es de noche en Caracas es un thriller político y emocional que retrata el colapso de la Venezuela contemporánea desde una experiencia íntima y asfixiante. El filme es una denuncia directa del autoritarismo y un llamado de alerta para toda Latinoamérica, incluida Costa Rica, sobre la fragilidad de sus democracias.
Aún es de noche en Caracas (2025)
Puntuación: ★★★★
Dirección: Mariana Rondón y Marité Ugás
Reparto: Natalia Reyes, Moisés Angola, Sheila Monterola, Samantha Castillo y Edgar Ramírez.
Disponible en cines
La noche que recorre Aún es de noche en Caracas no es solo una condición atmosférica, sino un estado moral y político. Mariana Rondón y Marité Ugás construyen una película que avanza a tientas, como su protagonista, en un país donde la violencia, la arbitrariedad y el miedo se han vuelto cotidianos. Más que explicar la crisis venezolana, el film la hace sentir: la encarna en los cuerpos, en los silencios, en el fuera de campo y en la imposibilidad constante de confiar en el otro.
La decisión de adoptar un punto de vista cerrado es clave. La cámara se mantiene pegada a Adelaida, interpretada por Natalia Reyes con una mezcla de fragilidad y resistencia, y convierte la experiencia del espectador en una vivencia claustrofóbica. No hay mapas políticos ni lecciones históricas: hay confusión, sobresalto, desorientación. Esa apuesta le da a la película una potencia emocional innegable, aunque también limita su capacidad de análisis estructural. La violencia estatal y parapolicial aparece como una fuerza omnipresente pero difusa, eficaz como amenaza cinematográfica, menos incisiva como diagnóstico.
Basada en La hija de la española de Karina Sainz Borgo, la película se sitúa en 2017, uno de los momentos más álgidos del colapso venezolano. Las manifestaciones, los saqueos, la represión y la apropiación de viviendas no se presentan como eventos extraordinarios, sino como parte del paisaje diario. El hogar —espacio tradicional de protección— se convierte en el primer territorio ocupado. La casa tomada por militantes que se amparan en el discurso de la revolución bolivariana funciona como metáfora directa de un país expropiado, donde la legalidad es sustituida por la fuerza y la retórica.
En ese contexto, la identidad se vuelve una mercancía más. Adelaida debe recurrir al mercado negro para conseguir medicamentos, documentos y, finalmente, otra vida posible. El cambio de identidad no es un giro de guion, sino la consecuencia lógica de un sistema que ha erosionado cualquier noción de ciudadanía. Sobrevivir implica desaparecer, borrar el nombre propio, aceptar que la vida solo puede continuar en la clandestinidad o el exilio.

El personaje de Santiago introduce una ambigüedad fundamental. Víctima y victimario, posible infiltrado, posible delator, su figura condensa la lógica perversa de los regímenes autoritarios: nadie es completamente inocente, nadie está completamente a salvo. La sospecha se instala como forma de vida, y la vigilancia se interioriza. El miedo no necesita ya uniformes; circula en los gestos, en las miradas, en las dudas.
La presencia de Edgar Ramírez, tanto delante como detrás de cámara, añade una capa simbólica inevitable. Actor venezolano, hoy exiliado por su oposición al chavismo, Ramírez encarna a Francisco con una sobriedad que contrasta con el tono inflamado de otros pasajes del film. Su participación no empuja la película hacia el discurso ideológico explícito, sino que refuerza su carácter testimonial: esta no es una ficción distante, sino una herida abierta que sigue produciendo desplazamientos reales.
Aún es de noche en Caracas opta por un tono más frontal, más cargado, a ratos subrayado. El thriller político y el melodrama se mezclan sin demasiados matices, y algunos diálogos y flashbacks resultan excesivamente explícitos. Sin embargo, esa falta de contención también puede leerse como síntoma: en una sociedad en descomposición, el exceso reemplaza al equilibrio.
Un aspecto a detallar, es que el filme mira al presente de Latinoamérica, debido al avance de los discursos autoritarios, la normalización de la violencia estatal, la erosión de las instituciones y el uso del miedo como herramienta política son fenómenos que atraviesan la región. En ese sentido, Aún es de noche en Caracas funciona como advertencia: no como profecía, sino como espejo incómodo de lo que ocurre cuando la polarización y el autoritarismo se naturalizan.
Para Costa Rica, país que durante décadas se pensó a salvo de estos procesos, la película resuena como un llamado de atención. La fragilidad de la democracia, el deterioro del discurso público y la tentación de soluciones simplistas no son ajenas al contexto costarricense actual. El film recuerda que ningún sistema es inmune y que el colapso no siempre llega de golpe: a veces se filtra lentamente, normalizando el miedo y la pérdida de derechos.
Aún es de noche en Caracas no busca ser una obra definitiva ni sorprendente desde lo formal. Es, ante todo, una película catártica y de denuncia, que privilegia la experiencia emocional por encima de la complejidad analítica. En su insistencia, en su angustia sostenida y en su mirada sin consuelo, encuentra su razón de ser: dejar constancia de una noche que, para muchos, aún no termina.