Cumbres borrascosas | Review

La versión de Emerald Fennell de Cumbres borrascosas no busca fidelidad, sino reinvención. Con una estética estilizada, sensual y provocadora, transforma el clásico de Emily Brontë en un estudio contemporáneo sobre el deseo como fuerza destructiva.
Cumbres borrascosas (2026)
Puntuación:★★★★
Dirección: Emerald Fennell
Reparto: Margot Robbie, Jacob Elordi, Hong Chau, Shazad Latif, Alison Oliver, Martin Clunes y Ewan Mitchell
Disponible en cines

Pocas novelas han sido tan malinterpretadas y, al mismo tiempo, tan mitificadas como Cumbres borrascosas. Publicada en 1847 bajo el seudónimo de Ellis Bell, la obra de Emily Brontë no es un romance convencional, sino un estudio feroz sobre la obsesión, la violencia emocional, la herida de clase y la incapacidad de domesticar el deseo. Cathy y Heathcliff no representan el amor ideal: encarnan el amor como fuerza destructiva, como pulsión que sobrevive incluso a la muerte. La cultura popular, sin embargo, ha suavizado esa radicalidad. Desde las múltiples adaptaciones cinematográficas hasta la canción de Kate Bush, el imaginario colectivo ha convertido los páramos de Yorkshire en un paisaje romántico, cuando en realidad son el espejo de un vínculo corrosivo.

La nueva versión dirigida por Emerald Fennell asume esa contradicción desde el primer plano. Nunca se podría acusar a esta Cumbres borrascosas de ser una adaptación fiel, pero la fidelidad no parece interesarle en lo más mínimo. Lo suyo es la reinvención. Y en ese gesto, profundamente contemporáneo, reside tanto la polémica como su potencia.

El tráiler ya había provocado indignación entre los puristas brontëanos. No sorprende: Fennell, responsable de la incómoda Una joven prometedora y de la exuberante y venenosa Saltburn, no es una directora inclinada al respeto museístico. Su aproximación es sensual, estilizada, excesiva y deliberadamente anacrónica. Introduce vestuarios que parecen salidos de una alfombra roja, una franqueza sexual que Brontë apenas podía insinuar y decisiones visuales tan arriesgadas como una pared color carne basada en un escaneo de la piel de Margot Robbie. Filmada en celuloide, con la fotografía de Linus Sandgren y la música intensa de Anthony Willis —sumada a irrupciones sonoras contemporáneas como Charli XCX—, la película convierte el drama gótico en un festín visual y sensorial.

Pero bajo la superficie barroca hay una intuición correcta: el núcleo del libro no es la represión victoriana, sino el deseo frustrado y sus consecuencias. Fennell entiende que la novela es, ante todo, un estudio sobre cómo el orgullo, los celos y la humillación pueden deformar el amor hasta volverlo irreconocible. Su Cathy (Margot Robbie) es salvaje, egoísta, consciente de su posición social y atrapada entre pragmatismo y pasión. Su Heathcliff (Jacob Elordi) no es solo un galán sudoroso y sin camisa —aunque la cámara no rehúye esa dimensión física—, sino un hombre herido por la desigualdad y por la degradación sufrida en su infancia. El resentimiento en Elordi tiene textura; la vulnerabilidad asoma bajo la pose de chico malo.

Las diferencias con la novela son sustanciales. El guion combina personajes, inventa episodios —incluida una violenta apertura inexistente en el texto original— y elimina casi por completo la segunda generación que ocupa la mitad final del libro. El señor Earnshaw ya no es la figura compasiva de Brontë, sino un padre brutal que rescata a Heathcliff en estado de ebriedad. La estructura enmarcada de narradores desaparece; el relato se vuelve lineal y emocionalmente inmediato. La sexualidad, apenas sugerida en la novela, aquí se explicita con escenas de masturbación, encuentros apasionados en el páramo y un énfasis constante en la atracción física. Fennell no insinúa: provoca.

Al hacerlo, transforma el romanticismo trágico en una experiencia casi narcótica. La frase “Me degradaría casarme con Heathcliff”, que en la novela condensa la tragedia de clase, aquí funciona como detonante melodramático amplificado por miradas hambrientas y silencios cargados. Cuando Heathcliff escucha solo la primera parte y huye antes de oír la confesión de amor que la completa, la película convierte el malentendido en un gesto casi operístico.

A veces, el exceso roza lo kitsch: Heathcliff cabalgando contra un cielo naranja incendiado, su melena ondeando como portada de novela romántica; la luz roja inundando pasillos como si la pasión necesitara subrayado cromático. Sin embargo, la estilización no es gratuita. Fennell usa el color como estado emocional. El rojo no es solo vestuario: es herida abierta, es deseo sin domesticar. Los páramos auténticos de Yorkshire, indómitos y ventosos, dialogan con esa intensidad visual y anclan la película en una fisicidad que evita que todo se convierta en videoclip.

Margot Robbie asume el riesgo de interpretar a una Catherine antipática. No suaviza su egoísmo ni su cálculo social. Puede que en ciertos momentos su complejidad emocional quede reducida por la insistencia en la altivez, pero su presencia magnética sostiene la propuesta. Jacob Elordi, en cambio, encuentra matices más visibles: su Heathcliff es orgulloso y cruel, sí, pero también profundamente enamorado, incluso cuando ese amor se vuelve venganza.

En términos culturales, esta versión dialoga con la época actual tanto como la novela dialogó con la suya. Si el libro escandalizó por su intensidad moral y emocional, la película escandaliza por su explicitud y su falta de reverencia. Fennell no busca revolucionar el texto, sino subrayar lo que siempre estuvo allí: la violencia del deseo y la imposibilidad de armonizar amor y estructura social. En ese sentido, refresca el mito literario al devolverle su filo. No romantiza la toxicidad; la exhibe como adicción.

Para bien o para mal, esta Cumbres borrascosas se rige por emociones desenfrenadas. Puede resultar excesiva, melancólica y melodramática, pero nunca tibia. Si se la juzga como adaptación fiel, fracasa. Si se la entiende como reinvención, funciona con una fuerza absorbente. Fennell toma un clásico que la cultura pop había convertido en símbolo de amor eterno y lo devuelve a su forma original: una historia donde amar es arder, herir y condenarse.

Al final, cuando resuena la promesa de amar más allá de la muerte y la súplica “Bésame y que nos condenen a ambos”, queda claro que esta película no pretende complacer a los guardianes del canon. Prefiere invitar al espectador a sucumbir. Y en esa entrega, en esa decisión de abrazar el exceso, logra algo que pocas adaptaciones consiguen: recordarnos que los clásicos sobreviven no por su intocabilidad, sino por su capacidad de transformarse.

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