El día del fin del mundo: Migración | Review

Una secuela que amplía el universo postapocalíptico con mayor escala y más catástrofes, pero pierde la intimidad y la resonancia emocional de la original.
El día del fin del mundo: Migración (2026)
Puntuación:★★½
Dirección: Ric Roman Waugh
Reparto: Gerard Butler, Morena Baccarin, Roman Griffin Davis, Amber Rose Revah y Sophie Thompson
Disponible en cines

Cinco años después del impacto del cometa que devastó el planeta, la familia Garrity abandona el refugio subterráneo que los mantuvo con vida para emprender una travesía incierta hacia una Europa supuestamente habitable. La premisa prometía una expansión natural del universo planteado en Greenland: ya no se trataba de sobrevivir al evento, sino de habitar sus consecuencias. Sin embargo, la secuela dirigida nuevamente por Ric Roman Waugh opta por ampliar la escala sin profundizar el conflicto, cambiando la intimidad angustiante por un espectáculo más genérico.

La primera entrega encontró, casi accidentalmente, una resonancia particular en pleno contexto pandémico: su relato de incertidumbre, encierro y miedo colectivo dialogaba con una experiencia global muy concreta. Hoy, tras una saturación de ficciones distópicas, la audiencia exige algo más que la repetición de fórmulas. Y es precisamente ahí donde Migración tropieza. Aunque inicia con secuencias de alta tensión —terremotos que desgarran el búnker, tormentas cósmicas, tsunamis que redibujan el mapa—, la película pronto se acomoda en una estructura episódica que enlaza una set piece con la siguiente, sacrificando progresivamente la densidad dramática.

El guion insiste en subrayar cada conflicto. Si John tose, pronto sabremos por qué; si la radiación es una amenaza, un dispositivo la medirá y la explicará. Nada queda librado a la sugerencia. En un género que rara vez apuesta por la sutileza psicológica, esta explicitud termina por empobrecer incluso los estándares habituales. El relato en off y los diálogos no construyen tensión sino que la verbalizan, como si desconfiaran de la imagen.

Gerard Butler cumple dentro de los límites de su arquetipo: padre sacrificado, héroe pragmático, figura protectora que combina rudeza y vulnerabilidad. Pero aquí su presencia parece más automática que comprometida, como una versión descafeinada de ese linaje de estrellas de acción maduras que encarnan Liam Neeson o Jason Statham. La solemnidad excesiva del tono tampoco le favorece; la película oscila entre eliminar personajes secundarios con frialdad y luego reclamar una emoción impostada por esas mismas pérdidas.

Visualmente, el film ofrece panorámicas atractivas de paisajes arrasados —un Canal de la Mancha seco, ciudades reducidas a escombros, cielos contaminados por radiación—, pero esas imágenes amplias contrastan con primeros planos más limitados, donde el presupuesto deja ver sus costuras en escaleras inestables y tiroteos en penumbra. El espectáculo funciona mejor en pantalla grande y con buen sonido, pero no alcanza una dimensión verdaderamente cinematográfica que lo distinga de muchas producciones concebidas para el consumo inmediato en plataformas.

Paradójicamente, al ampliar el mundo, Migración reduce la sensación de urgencia. La cuenta regresiva ya no es inminente sino intermitente; las amenazas aparecen como obstáculos sucesivos más que como una presión constante. La secuela quiere ser más grande, más grave, más trascendente, pero termina siendo más intercambiable. Cumple durante un tramo, mantiene el ritmo y ofrece imágenes impactantes, pero diluye la esperanza ambigua que cerraba la primera película. Lo que pudo ser una exploración más compleja del mundo postapocalíptico se queda en un thriller eficaz a ratos, previsible y demasiado consciente de su propia solemnidad.

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