Thriller estilizado y metódico que homenajea al cine de Michael Mann sin reinventarlo. Con un reparto sólido y atracos bien filmados, combina elegancia y nihilismo contemporáneo, aunque cae en algunos lugares comunes y capas innecesarias.
Caminos del crimen (2026)
Puntuación:★★★½
Dirección: Bart Layton
Reparto: Chris Hemsworth, Halle Berry, Mark Ruffalo, Barry Keoghan, Monica Barbaro, Corey Hawkins, Jennifer Jason Leigh y Nick Nolte.
Disponible en cines
Un ladrón metódico que busca el “último golpe”, un policía obsesivo en decadencia y una ejecutiva de seguros atrapada entre la ambición y el hastío: con esos vértices, Bart Layton construye un thriller que dialoga abiertamente con la tradición del policial angelino. Basada en el relato de Don Winslow incluido en Rotos, la película asume sin complejos su linaje: hay ecos evidentes de Heat y Collateral, citas explícitas a Bullitt y The Thomas Crown Affair, e incluso una estilización nocturna que remite a Drive. Más que ocultar influencias, las exhibe como credenciales.
La historia avanza con frialdad metódica, algo que le sienta bien. Davis (Chris Hemsworth) ejecuta robos de joyas a lo largo de la Ruta 101 con precisión quirúrgica y sin violencia innecesaria. Su profesionalismo casi clínico contrasta con el caos impulsivo de Orman (Barry Keoghan), un rival más joven y desestabilizador, mientras el teniente Lubesnik (Mark Ruffalo) los sigue con la obstinación de un sabueso clásico. Entre ellos se mueve Sharon (Halle Berry), cuya desilusión laboral se convierte en la grieta por donde se filtra el gran golpe.
Layton demuestra pulso para las secuencias de atraco y persecución: los asaltos están filmados con elegancia, los autos negros surcan autopistas nocturnas con una coreografía contenida y Los Ángeles se convierte en un tablero de ajedrez iluminado por neones y faros. La puesta en escena privilegia el control, la economía de gestos, el silencio tenso antes del estallido. Sin embargo, el guion añade capas y giros que, en sus 140 minutos, a veces restan contundencia. Hay diálogos algo torpes y ciertos lugares comunes del “último trabajo” que no terminan de subvertirse.

El reparto —que incluye presencias de nominados al Oscar como Monica Barbaro, Jennifer Jason Leigh y Nick Nolte— eleva el material incluso cuando algunos personajes no están del todo aprovechados. Hemsworth compone a un criminal pulcro y cerebral, lejos del héroe musculoso que lo hizo famoso; Ruffalo aporta humanidad cansada a su detective; Keoghan introduce un desequilibrio inquietante que dinamita la supuesta ética del ladrón “sin sangre”.
Hay también un aire nihilista muy contemporáneo: nadie parece creer del todo en la redención, y el sueño del retiro definitivo suena más a fantasía que a destino posible. Cuando la película intenta subrayar comentario social —la desigualdad, la marginalidad angelina— lo hace de manera superficial, como si no quisiera manchar demasiado su superficie estilizada. No es una obra que reinvente el género ni que profundice en sus implicancias morales, pero sí una que lo dignifica con oficio y convicción.
Ágil, elegante y consciente de su tradición, Caminos del crimen funciona porque entiende el placer del thriller bien ejecutado. No sorprende demasiado, no redefine las reglas, pero deja esa sensación gratificante de haber visto cine de género hecho con seriedad, ritmo y respeto por sus influencias. A veces, eso basta.