Con una cuidada recreación histórica y el sólido trabajo de Mario Casas y Alberto San Juan, ‘La Cena’ equilibra humor y crítica política, aunque sin arriesgar demasiado.
La Cena (2025)
Puntuación: ★★★½
Dirección: Manuel Gómez Pereira
Reparto: Mario Casas, Alberto San Juan, Asier Etxeandia, Nora Hernández, Antonio Resines y Elvira Mínguez
Disponible en Filmin (Alquiler)
Dos semanas después del fin de la Guerra Civil española, el nuevo régimen exige una cena de celebración para Franco en el Hotel Palace de Madrid, convertido en hospital improvisado. A partir de esa premisa —tan absurda como trágica— Manuel Gómez Pereira adapta la obra de José Luis Alonso de Santos y construye una comedia negra que juega a dos bandas: en la superficie, el protocolo y la alta cocina; bajo la mesa, la tensión ideológica, la represión y la posibilidad de conspiración.
Vista desde un país ajeno que, aunque conoce históricamente la figura de Franco, no ha vívido una dictadura ni ha cargado con las heridas directas de una guerra como está— la película se percibe menos como ajuste de cuentas y más como ejercicio de memoria ajena. Esa distancia histórica cambia la experiencia: el contexto aporta gravedad, pero no activa la misma carga emocional que podría tener para un espectador español. En ese sentido, el film funciona más como tragicomedia de enredos políticos que como drama histórico visceral.
La puesta en escena es uno de sus mayores logros. La reconstrucción del Madrid de 1939, con un Hotel Palace reluciente en contraste con la devastación exterior, crea una atmósfera convincente. La fotografía enfatiza la dualidad entre el lujo del salón y la precariedad de la cocina, subrayando la distancia entre el poder y quienes lo sostienen en silencio. Gómez Pereira demuestra oficio en el manejo del espacio cerrado y en la organización coral del reparto.

El eje interpretativo descansa sobre Mario Casas y Alberto San Juan. Casas compone a un teniente contenido, atrapado entre la obediencia militar y una humanidad reprimida que asoma en gestos mínimos. San Juan, como maître meticuloso, equilibra ironía y nervio, convirtiéndose en el motor cómico del relato. Su química sostiene la película incluso cuando el guion incurre en exageraciones o estereotipos, especialmente en algunos personajes del bando nacional que rozan la caricatura.
El mayor desafío del film es el tono. La sátira como herramienta para hablar del franquismo resulta pertinente y, en varios pasajes, efectiva. Hay momentos en los que la risa se vuelve un mecanismo de resistencia, una forma de revelar el absurdo del poder. Sin embargo, la película titubea entre la farsa y la solemnidad. Cuando se inclina demasiado hacia lo festivo, diluye su potencia política; cuando intenta ponerse grave, pierde parte de la chispa que la hacía atractiva.
No pretende reinventar el cine histórico ni convertirse en alegato definitivo. Tampoco busca la ferocidad satírica de un puñetazo político. Prefiere la sonrisa cómplice, el entretenimiento con trasfondo. Desde una mirada externa —como la mía— esa elección la hace accesible y ágil, pero también limita su alcance. Se disfruta, mantiene el ritmo y ofrece buenos ingredientes formales e interpretativos, aunque le falta ese giro final que la convierta en algo verdaderamente memorable.
La cena es, en definitiva, una obra bien servida: con ambientación cuidada, actuaciones sólidas y un equilibrio aceptable entre humor y crítica. No deja una herida abierta ni un impacto duradero, pero sí la sensación de haber asistido a una tragicomedia eficaz que recuerda, con cierta elegancia, que incluso en los banquetes del poder siempre hay algo que se cocina en la sombra.