Líbralos del mal (Keeper) | Review

Osgood Perkins transforma en Keeper la clásica cabaña en el bosque en una metáfora del control emocional y la pérdida de identidad dentro de una relación aparentemente perfecta.
Líbralos del mal (Keeper) (2025)
Puntuación:★★½
Dirección: Osgood Perkins
Reparto: Tatiana Maslany, Rossif Sutherland, Birkett Turton y Eden Weiss
Disponible en cines

Osgood Perkins ha convertido el terror en un espacio de contemplación antes que de impacto. En Keeper —titulada en español Líbralos del mal— regresa a uno de los escenarios más transitados del género, la cabaña en el bosque, para desmontarlo desde dentro. No se trata tanto de una historia de monstruos como de una disección del vínculo íntimo, del modo en que el amor puede transformarse en encierro.

Después de propuestas tan estilizadas como Longlegs y The Monkey, Perkins insiste en su obsesión por el descenso gradual hacia la oscuridad. Aquí lo hace a través de Liz, interpretada con intensidad progresiva por Tatiana Maslany, y Malcolm, un Rossif Sutherland deliberadamente contenido. Lo que comienza como un fin de semana romántico se convierte en un espacio de erosión psicológica. Desde el montaje inicial —mujeres angustiadas en distintos tiempos— la película anuncia que el horror no es un accidente aislado, sino un patrón.

La cabaña no es solo un escenario: es el símbolo principal. Su arquitectura de madera y cristal, abierta pero asfixiante, funciona como metáfora del amor idealizado que promete transparencia mientras oculta fisuras estructurales. Perkins y el director de fotografía Jeremy Cox filman los espacios con ángulos oblicuos y encuadres que parecen observar a los personajes desde rincones invisibles. La casa mira. Y en ese mirar constante se inscribe la sensación de control.

Cuando Malcolm regresa a la ciudad y Liz queda sola, la película se desplaza hacia la ambigüedad. ¿Estamos ante un fenómeno sobrenatural o ante el deterioro mental provocado por la manipulación? Perkins juega al equívoco. Las figuras monstruosas que se deslizan por los márgenes del encuadre no siguen reglas claras; su diseño rehúye la iconografía tradicional, como si lo importante no fuera su forma sino su presencia. Son encarnaciones del miedo, sí, pero también de la sospecha: la intuición de que algo en la relación está profundamente desequilibrado.

Aquí la película plantea su idea central: el control coercitivo como forma contemporánea de horror. Malcolm no grita ni golpea; persuade. Habla con suavidad, insiste con ternura. La amenaza no se impone, se infiltra. El guion de Nick Lepard convierte palabras afectuosas en advertencias veladas. En ese desplazamiento semántico reside la inteligencia del planteamiento.

Sin embargo, la complejidad conceptual no siempre encuentra una estructura narrativa igual de precisa. Keeper funciona mejor como experiencia atmosférica que como relato cerrado. El viaje —la acumulación de tensión, las visiones, la desorientación de Liz— resulta más poderoso que su desenlace. Cuando la película decide explicar o elevar la apuesta, se tambalea en el borde del precipicio. El giro final, aunque ambicioso, llega tarde y no termina de integrar todas las capas simbólicas que había sugerido.

En el centro permanece Maslany. Su interpretación capta con precisión el desgaste progresivo de una mujer segura que comienza a dudar de su propia percepción. La actriz logra que el espectador experimente el vértigo de la desestabilización. No es casual que su carrera incluyera trabajos como Orphan Black, donde la identidad era un campo de batalla. Aquí esa lucha se vuelve íntima y silenciosa.

Perkins, fiel a su estilo, apuesta por la imagen antes que por la explicación. Hay planos que funcionan como cuadros autónomos: figuras desenfocadas entre los árboles, siluetas suspendidas en la penumbra, cuerpos que ocupan el encuadre con una fragilidad inquietante. La banda sonora discordante de Erdö Van Breemen amplifica la sensación de amenaza latente, como si el bosque respirara.

Pero si se despoja a la película de su envoltorio visual, lo que queda es una historia conocida: la mujer atrapada en una relación tóxica. Ese riesgo de repetición es real. El terror como metáfora de la victimización femenina ha sido transitado en múltiples ocasiones, y Keeper no siempre consigue trascenderlo. La promesa de retribución o emancipación llega, pero con menor contundencia de la que su atmósfera parecía anticipar.

Aun así, reducir la película a su desenlace sería injusto. Perkins demuestra, una vez más, que entiende el horror como estado mental más que como espectáculo. Sus monstruos —visibles o invisibles— no buscan sobresaltar, sino inquietar. No todos tienen rostro, y quizá los más perturbadores sean los que sonríen con calma.

Líbralos del mal es una obra irregular, pero estimulante. Una película que se desliza entre lo psicológico y lo sobrenatural para hablar de dependencia, percepción y pérdida de identidad. Puede que no sea la más redonda de su filmografía reciente, pero confirma que Perkins es un autor que prefiere arriesgar y desestabilizar antes que ofrecer certezas cómodas

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