En un abrir y cerrar de ojos | Review

Andrew Stanton intenta construir una reflexión épica sobre la vida humana a través de tres historias conectadas por miles de años, pero su ambición termina diluida en una narrativa fragmentada y poco emocionante. 
En un abrir y cerrar los ojos (2026)
Puntuación: ★★
Dirección: Andrew Stanton
Reparto: Rashida Jones, Kate McKinnon, Daveed Diggs y Jorge Vargas
Disponible en Disney Plus

El salto del cine de animación al cine con actores reales ha sido históricamente una transición complicada para muchos realizadores. El caso de Andrew Stanton es particularmente llamativo: uno de los cineastas responsables de dos de las películas más celebradas de PixarFinding Nemo y WALL‑E— vuelve a demostrar con In the Blink of an Eye que el talento en animación no siempre se traduce con facilidad al terreno del cine de acción real. Tras el accidentado experimento de John Carter, este nuevo intento confirma una sospecha incómoda: Stanton parece mucho más cómodo construyendo mundos animados que dirigiendo historias protagonizadas por actores de carne y hueso.

La película plantea una estructura ambiciosa. Tres historias separadas por miles de años se entrelazan para reflexionar sobre la esperanza, la familia y la continuidad de la vida. Una se sitúa en el final de la era neandertal, otra en el presente y la tercera en un futuro lejano donde una astronauta viaja hacia un nuevo planeta acompañada de embriones humanos y una inteligencia artificial. En teoría, la premisa sugiere una epopeya humanista que conecta la evolución biológica con la supervivencia emocional de la especie. En la práctica, el resultado es una obra fragmentada, irregular y, en demasiados momentos, sorprendentemente aburrida.

El mayor problema de la película es su estructura narrativa. Stanton alterna constantemente entre las tres historias con la intención de construir resonancias temáticas entre ellas, pero el montaje hace que cada línea argumental se sienta incompleta. En lugar de relatos que se complementan, lo que aparece en pantalla son tres fragmentos dramáticos que parecen versiones abreviadas de películas más largas. Cada historia se desarrolla con la sensación de que faltan escenas cruciales, como si el espectador estuviera viendo un montaje reducido de materiales más complejos que nunca terminan de desplegarse.

La trama situada en el Paleolítico —centrada en una familia neandertal que lucha por sobrevivir en un mundo hostil— podría haber sido la más sugestiva. Filmada sin diálogos reconocibles y apoyada en un lenguaje inventado, intenta evocar la experiencia primitiva de una humanidad al borde de la extinción. Sin embargo, la historia carece del tiempo necesario para construir empatía con sus personajes, lo que reduce su impacto emocional a una serie de imágenes que se sienten más como bocetos que como narrativa desarrollada.

La segunda historia, ambientada en el presente, es probablemente la que mejor funciona. En ella, la antropóloga Claire —interpretada por Rashida Jones— investiga restos fósiles que conectan con el pasado remoto mientras enfrenta el deterioro de su madre enferma y comienza una relación con un colega interpretado por Daveed Diggs. Esta línea narrativa posee al menos un anclaje emocional reconocible: el duelo, la fragilidad de la vida y el deseo de dejar algún tipo de legado. Si la película hubiera decidido concentrarse en esta historia y utilizar las otras dos como prólogo y epílogo simbólicos, probablemente habría encontrado una forma narrativa más sólida.

La tercera historia, situada en el siglo XXV, sigue a una astronauta interpretada por Kate McKinnon que viaja hacia un nuevo planeta acompañada de una inteligencia artificial llamada ROSCO. Aquí Stanton intenta recuperar ecos de la sensibilidad tecnológica que definió WALL-E, pero el resultado carece del ingenio visual y del minimalismo emocional que hacían tan poderosa aquella película. Lo que debería sentirse como una reflexión futurista sobre la supervivencia de la humanidad termina convertido en un episodio apresurado que introduce conflictos y resoluciones con una velocidad casi absurda.

Paradójicamente, muchas de las debilidades de la película parecen derivar de la decisión de realizarla con actores reales. El tono del guion de Colby Day —que figuró en la prestigiosa Black List de guiones de Hollywood— tiene una sensibilidad claramente cercana al cine animado: frases simples, moralejas directas y diálogos que buscan transmitir emoción con una claridad casi pedagógica. En el contexto de una película animada, ese estilo podría resultar entrañable; en boca de actores reales, en cambio, suena artificioso y excesivamente sentimental. Las líneas que parecen diseñadas para un personaje animado pierden fuerza cuando deben sostenerse sobre interpretaciones humanas.

A esto se suma una estética visual que, en varios momentos, roza lo publicitario. Algunas secuencias —particularmente aquellas relacionadas con tecnología futurista o con discursos corporativos sobre el progreso— generan una sensación incómoda de propaganda tecnológica. La película intenta presentar una visión optimista de la innovación y del futuro humano, pero esa aparente esperanza termina adquiriendo un matiz inquietante, especialmente en un contexto contemporáneo donde el poder de las grandes corporaciones tecnológicas es cada vez más dominante.

La ironía final es que En un abrir y cerrar los ojos posee ideas interesantes sobre la continuidad de la vida y la transmisión de la memoria a través del tiempo. La noción de que las decisiones humanas —amorosas, familiares, incluso biológicas— pueden resonar durante miles de años es conceptualmente poderosa. Pero Stanton nunca encuentra la forma cinematográfica adecuada para explorar esa idea. Lo que podría haber sido una meditación épica sobre la historia de la humanidad termina reducido a un mosaico narrativo disperso.

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