Mona Fastvold reconstruye la vida de Ann Lee, fundadora del movimiento Shaker, a través de un biopic religioso que mezcla musical, épica y delirio místico, mientras explora la fe radical, el celibato y la construcción de una comunidad utópica liderada por una figura femenina
El testimonio de Anne Lee (2026)
Puntuación:★★★★½
Dirección: Mona Fastvold
Reparto: Amanda Seyfried, Lewis Pullman, Christopher Abbott, Tim Blake Nelson, Thomasin McKenzie, Stacy Martin y Matthew Beard
Disponible en cines
El cine contemporáneo rara vez se atreve a abordar la religión desde un territorio que no sea ni la reverencia solemne ni la crítica frontal. En ese contexto, The Testament of Ann Lee (conocida en algunos territorios como El testimonio de Anne Lee), dirigida por Mona Fastvold y escrita junto a Brady Corbet, aparece como una obra singular dentro del panorama cinematográfico reciente. Inspirada en la figura histórica de Ann Lee, fundadora del movimiento Shaker, la película se erige como un biopic religioso profundamente inusual: un relato que combina misticismo, musical, delirio espiritual y una dimensión épica que desborda las convenciones del género histórico.
Más que reconstruir cronológicamente la vida de Lee, Fastvold propone una experiencia cinematográfica que intenta aproximarse a la intensidad espiritual del movimiento que ella lideró. La película se sumerge en el fervor religioso de los Shakers —la Sociedad Unida de Creyentes en la Segunda Aparición de Cristo— cuyo culto se caracterizaba por cantos, danzas extáticas y una forma de comunión física con lo divino. Esta dimensión performativa del credo se convierte en el motor formal del filme: lo que podría haber sido un drama histórico convencional se transforma en una obra donde el musical, la coreografía colectiva y el trance religioso se funden para expresar una fe vivida como experiencia corporal.
El desarrollo narrativo del filme evita la linealidad clásica del biopic. La historia se articula en capítulos que evocan textos religiosos o libros devocionales, mientras la narración surge desde la perspectiva de Mary —interpretada por Thomasin McKenzie— una devota discípula que considera a Ann Lee la segunda venida de Cristo. Este punto de vista introduce una dimensión subjetiva que envuelve el relato en una atmósfera onírica y fragmentaria. Lo que vemos no es tanto la historia objetiva de Lee, sino la memoria fervorosa de una creyente. Esa mediación narrativa vuelve al filme ambiguo: entre la hagiografía y la observación crítica, entre el testimonio devoto y el mito.

En el centro de esta construcción se encuentra la poderosa interpretación de Amanda Seyfried. Su Ann Lee es una figura atravesada por el sufrimiento, la convicción y una intensidad casi física. Fastvold no la retrata simplemente como líder religiosa, sino como una mujer marcada por experiencias traumáticas que modelan su visión espiritual. La muerte de sus hijos y su rechazo radical a la sexualidad aparecen como elementos fundacionales de su doctrina. El celibato, principio central del movimiento Shaker, surge así tanto como convicción teológica como respuesta emocional a una vida atravesada por el dolor.
El filme plantea de manera constante la relación entre fe y represión. Lee sostiene que la sexualidad constituye una distracción del camino espiritual, lo que convierte su doctrina en una propuesta radical incluso dentro del cristianismo del siglo XVIII. Sin embargo, la película no se limita a presentar esa postura como simple fanatismo. Más bien sugiere que esa renuncia genera una energía colectiva que impulsa la creación de una comunidad utópica. La represión del deseo se transforma en fuerza espiritual, canalizada a través del canto, el movimiento y la vida comunal.
Este enfoque conecta la película con una tradición cinematográfica que explora la religión desde lo físico y lo sensorial. En ciertos momentos, la intensidad de las ceremonias recuerda al fervor inquietante de The Witch de Robert Eggers o a la dimensión ritualista de Midsommar de Ari Aster. En otros, el sufrimiento y la exaltación mística evocan la crueldad emocional del cine de Lars von Trier, particularmente en Dancer in the Dark. Sin embargo, Fastvold no imita estas influencias: las utiliza como punto de partida para construir un lenguaje propio que oscila entre el delirio espiritual y el espectáculo musical.
Uno de los aspectos más radicales del filme es precisamente su uso del musical. A diferencia de otros ejemplos contemporáneos —como Emilia Pérez— las canciones aquí no buscan convertirse en piezas memorables o pegadizas. Su función es distinta: reproducir el carácter colectivo y casi hipnótico del culto Shaker. Los números musicales se integran en el relato como momentos de trance comunitario, donde el cuerpo se convierte en vehículo de la fe. Las coreografías, lejos de la precisión elegante del musical clásico, transmiten una energía caótica, casi salvaje. Brazos que se elevan, cuerpos que se sacuden, cantos que parecen surgir del agotamiento físico: la coreografía se convierte en una expresión directa del éxtasis religioso.

La música de Daniel Blumberg juega un papel fundamental en esta construcción. Su banda sonora combina elementos corales con una instrumentación que oscila entre lo solemne y lo inquietante, reforzando la sensación de que el filme se desarrolla dentro de una experiencia espiritual más que dentro de un relato histórico convencional. La música no acompaña simplemente las imágenes: las empuja hacia una dimensión épica, casi litúrgica.
Igualmente crucial es la fotografía de William Rexer. Filmada en 70 mm, la película posee una textura visual que amplifica la dimensión física de las ceremonias. La cámara se mueve con intensidad entre los cuerpos de los fieles, capturando sudor, cabello en movimiento y gestos de éxtasis colectivo. Esta estrategia visual se opone radicalmente al ideal estético asociado al mundo Shaker —conocido por su austeridad y su minimalismo en la artesanía—. En lugar de una composición sobria y equilibrada, Fastvold opta por una puesta en escena febril, casi desbordada.
Esta decisión estética refleja el corazón del proyecto: el deseo de representar la religión como experiencia visceral. La película no intenta explicar racionalmente el fenómeno Shaker, sino sumergir al espectador en su intensidad emocional. Por momentos, esta estrategia produce una obra fragmentaria, incluso desconcertante. El desarrollo narrativo puede sentirse irregular y algunos personajes secundarios carecen de la profundidad necesaria para sostener el relato. Sin embargo, esa misma irregularidad forma parte del carácter de la película: una obra que prefiere la audacia a la claridad, la experiencia sensorial a la estructura clásica.
Más allá de sus imperfecciones, el filme propone una reflexión fascinante sobre la relación entre religión, poder y género. En una época dominada por estructuras patriarcales, Ann Lee emerge como una figura profundamente subversiva. Su liderazgo espiritual desafía la autoridad masculina tanto dentro de la religión como dentro de la sociedad. Al proclamar una encarnación femenina de Cristo, su doctrina introduce una ruptura radical en la teología cristiana.
En ese sentido, la película no solo narra la historia de una secta religiosa, sino también la de una mujer que intentó redefinir el lugar de lo femenino dentro de la espiritualidad. La persecución que enfrenta —tanto en Inglaterra como en la América prerrevolucionaria— revela hasta qué punto su mensaje amenazaba el orden establecido.
El resultado final es una obra difícil de clasificar: biopic, musical religioso, drama histórico y experiencia sensorial al mismo tiempo. The Testament of Ann Lee es una película que puede dividir al público, pero también una de las propuestas más audaces y singulares del cine reciente. Su ambición estética, la intensidad de su puesta en escena y la interpretación extraordinaria de Amanda Seyfried la convierten en una experiencia cinematográfica tan extraña como hipnótica.
No todas sus decisiones funcionan plenamente, pero incluso en sus momentos más desconcertantes la película mantiene una energía creativa innegable. Fastvold transforma la vida de Ann Lee en una visión febril sobre la fe, el sacrificio y la búsqueda de una comunidad espiritual absoluta. En esa mezcla de misticismo, música y radicalidad formal se encuentra la razón por la que esta obra puede considerarse, sin duda, una de las películas más fascinantes —y también más arriesgadas— del año.
