Lucile Hadzihalilovic reinterpreta el cuento de ‘La Reina de las Nieves’ desde una perspectiva simbólica y contemporánea, centrada en la construcción de la identidad femenina y la obsesión con un trabajo hipnótico de Marion Cotillard.
La torre de hielo (2025)
Puntuación:★★★½
Dirección: Lucile Hadzihalilovic
Reparto: Marion Cotillard, Clara Pacini, August Diehl, Gaspar Noe, Marine Gesbert
Disponible en filmin
La torre de hielo (La Tour de glace), dirigida y coescrita por Lucile Hadzihalilovic junto a Geoff Cox, es una obra que se mueve deliberadamente entre lo tangible y lo onírico, entre el relato clásico y su reinterpretación simbólica. Ambientada en los años setenta, la película toma como punto de partida el cuento de Hans Christian Andersen, La Reina de las Nieves, pero en lugar de adaptarlo, lo disuelve dentro de una narrativa donde el cine, la identidad y el deseo se entrecruzan. Con una estética hipnótica y una narrativa fragmentada, el film no busca contar una historia en el sentido tradicional, sino construir una experiencia sensorial donde la imagen y la emoción sustituyen a la lógica. Las palabras clave que lo atraviesan —obsesión, doble identidad, feminidad, sacrificio— funcionan como capas de lectura más que como ejes narrativos evidentes.
La historia sigue a Jeanne, una adolescente que huye de un entorno opresivo y encuentra refugio en un estudio de cine donde se rueda una adaptación de La Reina de las Nieves. Allí conoce a Cristina, la actriz protagonista, una figura magnética y distante que encarna tanto a la reina del cuento como a una presencia casi mítica dentro del relato.
A partir de este encuentro, la película abandona cualquier estructura convencional y se adentra en un territorio ambiguo donde los límites entre ficción y realidad se difuminan. Jeanne no solo observa: se infiltra, se transforma, adopta identidades y comienza a ocupar un lugar dentro del relato que la fascina. Este desplazamiento es clave: la película no trata de una historia que ocurre, sino de una identidad que se construye —y se pierde— dentro de una ficción.
El núcleo emocional y simbólico de la película reside en esa dicha relación, entre Cotillard y Pacini. Marion Cotillard construye a Cristina como una figura casi abstracta: no es solo un personaje, sino una proyección. Su interpretación se apoya en la contención, en el gesto mínimo, en una frialdad que no es ausencia de emoción, sino control absoluto de la misma. Cristina es la Reina de las Nieves, pero también es la adultez, el poder, la promesa y el peligro.

Clara Pacini, por su parte, encarna la transición. Su Jeanne es una figura en formación, definida por la mirada: observa, absorbe, imita. Su interpretación es menos explícita, pero profundamente física; su cuerpo se convierte en el espacio donde ocurre la transformación. La relación entre ambas no es lineal ni explícita: es una tensión constante entre fascinación, deseo, identificación y sometimiento.
Para entender La torre de hielo, es necesario asumir que no se trata de una película narrativa en el sentido clásico. Lucile Hadzihalilovic continúa aquí una línea autoral que ya había explorado en Innocence y Evolution: relatos donde la infancia y la adolescencia son territorios de transformación inquietante, casi ritual.
La gran apuesta del film es su dimensión metafórica. Al reconfigurar La Reina de las Nieves, elimina el eje romántico del cuento original (el rescate del otro) y lo reemplaza por una exploración de la identidad femenina. Jeanne no busca salvar a nadie: busca convertirse. En este sentido, Cristina no es solo un personaje, sino una proyección de lo que Jeanne desea y teme ser.
La torre de hielo funciona entonces como símbolo central: un espacio de atracción y peligro, de belleza y aislamiento. El hielo no es solo estético, es emocional. Representa la distancia, la represión, la imposibilidad de conexión plena. En contraste, Jeanne encarna lo mutable, lo inestable, lo que aún no se ha fijado.

El cine dentro del cine refuerza esta idea. El rodaje no es solo un contexto, sino un dispositivo: muestra cómo las identidades se construyen, se interpretan y se consumen. Jeanne no solo entra en la película, sino que se pierde en ella, evidenciando cómo la ficción puede convertirse en un espacio de refugio… y de disolución.
Visualmente, la película es deslumbrante. La puesta en escena apuesta por composiciones estáticas, silencios prolongados y una estética que remite tanto al cine europeo de los setenta como a una dimensión pictórica cercana a lo surrealista. Sin embargo, esta misma apuesta puede generar distancia: la película no siempre busca atrapar, sino envolver.
La torre de hielo es una película que no busca ser comprendida de forma inmediata, sino experimentada. Lucile Hadzihalilovic construye un relato donde el cuento de hadas se convierte en un espejo fragmentado de la identidad, y donde el cine funciona como un espacio de transformación y pérdida. Sostenida por un dúo interpretativo magnético, la película se mueve entre la fascinación y la distancia, entre lo hipnótico y lo inaccesible. No es una obra para todos, pero sí una propuesta profundamente coherente con su visión: un cuento helado donde crecer implica, inevitablemente, dejar algo atrás.
