‘Zeta’ la nueva película protagonista por Mario Casas plantea un thriller de espionaje con ambición global, centrado en una operación secreta del pasado que conecta una serie de asesinatos en el presente.
Zeta (2026)
Puntuación:★★½
Dirección: Dani de la Torre
Reparto: Mario Casas, Luis Zahera, Mariela Garriga, Nora Navas, Nieve de Medina y Christian Tappán
Disponible en Prime Video
Zeta (2026), dirigida por Dani de la Torre y escrita junto a Oriol Paulo y Jordi Vallejo, se presenta como un intento claro de insertar al cine español dentro del thriller de espionaje global contemporáneo. Con ecos evidentes de franquicias como The Bourne Identity o el universo de James Bond, la película construye una narrativa donde el pasado político y las operaciones encubiertas funcionan como detonante de una trama que mezcla conspiración, identidad y memoria. Sin embargo, bajo esa ambición formal y geográfica, el film revela una tensión constante entre lo que quiere ser —un thriller sofisticado y emocionalmente complejo— y lo que finalmente logra: un relato funcional, pero irregular, donde el espectáculo supera a la sustancia.
La historia arranca con una serie de asesinatos simultáneos de exagentes españoles en distintas partes del mundo, un prólogo potente que instala de inmediato el tono internacional y la escala del conflicto. Todos los muertos están vinculados a una operación encubierta ocurrida décadas atrás en Colombia: la llamada “Operación Ciénaga”. A partir de ahí, la narrativa se articula en torno a dos ejes: la búsqueda del último sobreviviente de aquella misión —un personaje clave interpretado por Luis Zahera— y el regreso del agente Zeta, interpretado por Mario Casas, quien debe reincorporarse al servicio mientras lidia con un conflicto personal marcado por la enfermedad de su madre.
La inclusión de una agente colombiana, interpretada por Mariela Garriga, introduce una dimensión geopolítica interesante, aunque el guion no termina de explorar del todo las tensiones entre ambas inteligencias. La película propone así una doble investigación —institucional y emocional—, pero ambas avanzan con ritmos y niveles de profundidad desiguales.
El peso interpretativo recae principalmente en Mario Casas, quien vuelve a demostrar una presencia sólida en pantalla. Su Zeta es un personaje contenido, construido desde el silencio y la mirada, pero limitado por un guion que apenas esboza su conflicto interno. Casas sostiene la película más por carisma que por desarrollo dramático real. Luis Zahera, en cambio, introduce una dimensión mucho más interesante. Su personaje funciona como archivo viviente de la historia, como memoria encarnada de la operación fallida. Cada escena en la que aparece añade densidad y ambigüedad, elevando momentáneamente el nivel del relato.

Zeta es, ante todo, una película atravesada por una contradicción estructural: quiere ser un thriller de espionaje sofisticado, pero no termina de confiar en la inteligencia del espectador. Esta inseguridad se traduce en uno de sus principales problemas: la sobreexplicación. El primer acto es, sin duda, lo más logrado. La película arranca con fuerza, apoyada en una puesta en escena dinámica y en secuencias de acción bien resueltas —como la persecución en Río de Janeiro— que evidencian el oficio de Dani de la Torre en el cine de género. Sin embargo, una vez planteado el conflicto, el relato se detiene en un segundo acto excesivamente explicativo, donde la narrativa se diluye en diálogos expositivos que rompen el ritmo y reducen la tensión.
El guion apuesta por una estructura fragmentada, con flashbacks y múltiples líneas temporales que buscan complejizar la historia, pero que en la práctica terminan evidenciando su simplicidad. La “Operación Ciénaga” funciona más como un dispositivo narrativo que como un evento verdaderamente explorado. Se habla mucho de ella, pero se siente poco.
En términos temáticos, la película insinúa ideas potentes: la memoria histórica, la culpa institucional, las consecuencias de las operaciones encubiertas y las heridas que atraviesan generaciones. Sin embargo, estos temas quedan en la superficie. No hay una verdadera exploración moral ni política, solo una utilización funcional para sostener la trama.
Donde sí acierta la película es en su dimensión física. El uso de locaciones reales —Brasil, Colombia, Europa— aporta una textura tangible que evita la artificialidad. Las escenas de acción están bien coreografiadas y tienen peso, aunque su impacto se ve reducido por la irregularidad del ritmo narrativo.
Zeta es un intento legítimo —y en varios aspectos valioso— de construir un thriller de espionaje con ambición internacional desde el cine español. Tiene oficio, escala y momentos de eficacia, pero carece de la profundidad narrativa y temática que su premisa promete. Sostenida por el carisma de Mario Casas y elevada puntualmente por la presencia de Luis Zahera, la película funciona como entretenimiento competente, aunque irregular.
