Mike & Nick & Nick & Alice mezcla crimen, comedia y ciencia ficción en un relato dinámico que apuesta por el ritmo y el estilo sin dejar de lado una dimensión emocional inesperada.
Mike & Nick & Nick & Alice (2026)
Puntuación:★★★
Dirección: BenDavid Grabinski
Reparto: Vince Vaughn, James Marsden, Eiza González, Keith David y Jimmy Tatro
Disponible en Disney Plus
Hay algo deliberadamente anacrónico en Mike & Nick & Nick & Alice, la segunda película de BenDavid Grabinski: un intento por recuperar el pulso de cierto cine independiente de los noventa, aquel que mezclaba crimen, humor, cultura pop y diálogos afilados bajo la sombra de Quentin Tarantino. Pero lejos de quedarse en la nostalgia, el film propone una actualización curiosa: introducir en ese ecosistema un elemento de ciencia ficción —el viaje en el tiempo— para reconfigurar no solo su estructura narrativa, sino también su dimensión emocional.
La premisa, en apariencia caótica, funciona como motor de un relato sorprendentemente eficaz: dos gángsters, una mujer en el centro de un triángulo afectivo y una máquina del tiempo que desata una cadena de eventos donde pasado, presente y futuro colisionan en una misma noche. Lo que podría derivar en un desastre tonal se convierte, en manos de Grabinski, en una especie de montaña rusa donde el ritmo y el estilo predominan, pero sin perder del todo un anclaje emocional que le da sentido al conjunto.
El film encuentra su mejor versión en la dinámica entre sus protagonistas. Vince Vaughn domina la película con una presencia que combina ironía, cansancio y una inesperada vulnerabilidad. Su Nick —especialmente en su versión futura— es el eje moral del relato: un hombre que, enfrentado a sus propios errores, busca desesperadamente una forma de corregirlos. En contraste, James Marsden aporta carisma y ligereza como ese criminal que empieza a cuestionar su lugar en el mundo, mientras que Eiza González introduce una tensión afectiva que complejiza el triángulo sin caer del todo en el cliché.
Más allá de su entramado narrativo —que incluye dobles, versiones temporales y giros constantes— la película no está realmente interesada en explicar las reglas del viaje en el tiempo con precisión científica. Lo utiliza, más bien, como un dispositivo dramático: una herramienta para explorar la culpa, la redención y la posibilidad (o imposibilidad) de cambiar. En ese sentido, el elemento fantástico no es el centro, sino el catalizador de un conflicto profundamente humano.

El estilo es otro de sus pilares. Grabinski apuesta por una puesta en escena ágil, cargada de referencias musicales y culturales, con diálogos que buscan ser ingeniosos sin caer constantemente en la autoconsciencia. Hay excesos —una banda sonora a ratos invasiva, secuencias de acción que se prolongan más de lo necesario—, pero también una energía constante que evita que la película se estanque. Incluso cuando roza el caos, mantiene un pulso vital que la sostiene.
Donde el film realmente se diferencia de otros ejercicios similares es en su dimensión emocional. Bajo la superficie de humor, violencia y juegos temporales, hay una historia sobre la responsabilidad afectiva: sobre lo que hacemos con las personas que amamos y las consecuencias de nuestras decisiones. El Nick del futuro no solo quiere evitar una muerte, sino reparar una vida mal vivida. Y en ese gesto, la película encuentra sus momentos más genuinos, incluso conmovedores.
No todo funciona. El cierre, por ejemplo, cae en ciertos vicios del género, optando por una resolución más funcional que verdaderamente impactante. Y, en ocasiones, el exceso de ideas amenaza con diluir la claridad del relato. Sin embargo, incluso en sus tropiezos, Mike & Nick & Nick & Alice demuestra una convicción poco común: sabe qué quiere ser, y lo persigue con una energía que resulta contagiosa.
Más que una reinvención, es una reactivación. Un intento —inesperadamente logrado— de devolverle vida a un tipo de cine que parecía agotado, incorporando nuevas herramientas sin perder su esencia. Puede que no profundice en todos sus temas, pero entiende algo fundamental: que el estilo, cuando está acompañado de emoción, también puede ser una forma de verdad.