‘La virgen de la tosquera’ es un relato inquietante donde la adolescencia, el deseo y la violencia social se entrelazan en un contexto marcado por la crisis argentina de 2001, mientras explora cómo la inseguridad, los celos y el abandono pueden derivar en un descenso hacia lo oscuro.
La Virgen de la Tosquera (2025)
Puntuación:★★★½
Dirección: Laura Casabé
Reparto: Dolores Oliverio, Candela Flores, Isabel Bracamonte, Dady Brieva, Agustín Sosa, Luisa Merelas y Victor López
Disponible en HBO Max
La adaptación que realiza Laura Casabé del universo de Mariana Enríquez no busca traducir literalmente sus relatos, sino capturar su temperatura emocional: esa mezcla de deseo, marginalidad, violencia latente y lo inexplicable como extensión de lo real. Con guion de Benjamín Naishtat, La virgen de la tosquera se instala en un terreno híbrido donde el coming of age, el terror psicológico y el comentario social conviven en tensión constante.
Ambientada en la crisis argentina de 2001, la película no utiliza ese contexto como simple telón de fondo, sino como una fuerza que contamina todo. La precariedad —cortes de luz, basura acumulada, violencia callejera— se filtra en los cuerpos, en los vínculos y en las decisiones. Lo social no es decorado: es atmósfera. Y esa atmósfera es clave para entender el comportamiento de sus personajes, especialmente el de Natalia.
El centro emocional del film no está en lo sobrenatural, sino en la experiencia adolescente. Natalia (Dolores Oliverio) no es solo una joven enamorada: es un cuerpo en transformación, atravesado por el deseo, los celos, la inseguridad y una profunda sensación de abandono. Su obsesión con Diego no responde únicamente al amor, sino a una necesidad desesperada de validación.
Aquí la película encuentra uno de sus mayores aciertos: entender que el horror adolescente no necesita monstruos. El rechazo, la humillación, la competencia entre amigas, la irrupción de una figura femenina más “completa” como Silvia, funcionan como detonantes de una violencia emocional que poco a poco se vuelve física, simbólica y, finalmente, sobrenatural. Uno que tiene ecos de The Craft y de Carrie, pero Casabé evita el camino del empoderamiento clásico. Aquí no hay redención ni justicia poética: hay deterioro, distorsión y pérdida de control.

Un punto bastante interesante, es como el film traza un paralelismo inquietante entre la crisis del país y la crisis interna de Natalia. Ambas comparten un mismo estado: descomposición. Así como Argentina atraviesa un colapso económico y moral, Natalia atraviesa uno emocional y psíquico.
La violencia inicial contra el cartonero no es anecdótica: funciona como declaración de principios. Ese cuerpo golpeado, abandonado, convertido en desecho, anticipa lo que vendrá. La película sugiere que la violencia no es un accidente, sino una condición estructural. Y que esa violencia, tarde o temprano, se internaliza.
Por otro lado, La tosquera —ese espacio aparentemente idílico— se convierte en un lugar clave: un territorio liminal donde lo social y lo sobrenatural se mezclan. Es refugio, pero también basural. Es deseo, pero también muerte. Es, en esencia, el inconsciente del film.
A diferencia del terror más convencional, la magia en La virgen de la tosquera no irrumpe de forma espectacular. Se filtra lentamente, como una posibilidad. Los rituales, los conjuros, la figura de la abuela Rita no funcionan tanto como elementos de género, sino como herramientas simbólicas.
La pregunta nunca es si la magia es real o no, sino qué representa. Y en este caso, representa el intento desesperado de Natalia por recuperar el control. La magia es poder, pero también es síntoma: evidencia de una incapacidad para procesar el rechazo y la frustración dentro de los límites de lo racional.

Sin embargo, la ambición del proyecto también genera ciertas irregularidades. La integración de los elementos sociales, sobrenaturales y de coming of age no siempre es homogénea. Hay momentos donde la película parece oscilar entre registros sin terminar de unificarlos del todo. Algunas subtramas quedan esbozadas más que desarrolladas, y la densidad temática puede diluir el impacto en ciertos pasajes.
La virgen de la tosquera es una película que incomoda desde múltiples frentes. No solo por su aproximación al horror, sino por su mirada sobre la adolescencia como un territorio violento, confuso y profundamente político. Casabé no ofrece respuestas fáciles ni moralejas tranquilizadoras. En su lugar, construye un relato donde lo íntimo y lo social se contaminan mutuamente, y donde lo sobrenatural no es una escapatoria, sino una forma más de habitar el horror.
Es, en definitiva, una obra imperfecta pero profundamente estimulante, que logra capturar algo esencial del universo de Enríquez: la certeza de que lo monstruoso no viene de afuera, sino que siempre ha estado ahí, esperando a manifestarse.