Perro Perro confirma la transición de Marco Berger hacia un cine más radical en su forma y discurso, donde el deseo deja de ser insinuación para convertirse en una metáfora explícita sobre control, afecto y domesticación.
Perro perro (2025)
Puntuación:★★★½
Dirección: Marco Berger
Reparto: Germán Flood, Matías Quiroga, Juan Ramos, Antonia De Michelis y Carlos Naso
Disponible en VOD
Perro Perro marca un punto de inflexión dentro del cine de Marco Berger, no por renunciar a sus constantes —la contemplación, el silencio, la distancia emocional— sino por reconfigurarlas en un dispositivo mucho más radical. Lo que antes operaba como tensión homoerótica ahora se vacía, se desplaza, se vuelve forma antes que impulso. Ya desde Los amantes astronautas se intuía este viraje, pero aquí se consolida con una propuesta que abraza lo absurdo sin abandonar la coherencia interna de su universo.
La premisa —un hombre que encuentra en la naturaleza a un “perro” que es, en apariencia y comportamiento, otro hombre— podría leerse como provocación gratuita, pero Berger la convierte en una fábula incómoda sobre los afectos. Juan acoge, cuida y ama a este otro cuerpo que se ofrece dócil, casi desprovisto de voluntad, mientras la advertencia externa (“no te encariñes demasiado”) instala desde el inicio la sospecha: todo vínculo implica una forma de dominio. En ese gesto, la película se abre como una sátira del deseo masculino, pero también como una reflexión sobre la domesticación emocional, donde la pareja —como el animal— puede convertirse en territorio de control, proyección y dependencia.
Formalmente, el blanco y negro no embellece: reseca. La puesta en escena minimalista y la cámara distante rechazan cualquier tentación de subrayado, integrando lo absurdo con una naturalidad inquietante. Berger ya no busca el morbo ni la proximidad física de sus primeros trabajos; ahora observa desde lejos, dejando que el espectador confronte la incomodidad sin mediación. El resultado es una experiencia donde lo ridículo y lo profundamente humano conviven, y donde las preguntas emergen sin respuesta clara: ¿qué define al otro?, ¿qué legitima el deseo?, ¿dónde empieza y termina el consentimiento?

En ese centro inestable, Juan Ramos construye una de las interpretaciones más arriesgadas de la filmografía del director. Su trabajo es eminentemente físico, pero nunca vacío: en su aparente pasividad se filtra una tensión constante que sostiene el relato. Berger, que en películas como Plan B, Ausente o Taekwondo exploraba el deseo desde la insinuación, aquí lo literaliza hasta volverlo perturbador. La metáfora —quizás demasiado evidente por momentos— no debilita el conjunto, sino que refuerza su carácter de experimento: un cine que decide incomodar antes que complacer.
En diálogo con obras como Le règne animal, donde los cuerpos también se desbordan y las identidades se diluyen, Perro Perro se posiciona como una fábula contemporánea sobre los límites del amor. Su extrañeza no proviene de lo fantástico, sino de reconocer en esa lógica absurda algo profundamente cotidiano. Porque, al final, lo que Berger sugiere —con ironía, crudeza y una melancolía que se intensifica en su tramo final— es que el amor, como un animal salvaje, siempre oscila entre el afecto y la posesión.
Este es, probablemente, su film más filosófico y también el más arriesgado: un gesto de libertad que rompe con su propia tradición sin traicionarla, y que deja una imagen difícil de sacudir, como si el cine de Berger, por primera vez, no buscara seducir, sino confrontar.