Michael – El Rey bajo el Cristal: Crónica de un filme que le teme a su propio protagonista

Michael de Antoine Fuqua es una hagiografía visualmente impecable pero narrativamente vacía, que funciona más como un ejercicio de relaciones públicas que como una verdadera pieza de cine, debido a que el filme opta por idealizar al artista y nunca explorar a la figura humana.
Michael (2026)
Puntuación:★★
Dirección: Antoine Fuqua
Reparto: Jaafar Jackson, Colman Domingo, Nia Long, Juliano Valdi, KeiLyn Durrel Jones, Laura Harrier y Miles Teller
Disponible en cines

La vida de Michael Jackson no fue solo una carrera musical; fue un fenómeno sociológico que definió el siglo XX. Por ello, la llegada de una biopic dirigida por Antoine Fuqua y escrita por el reputado John Logan generó una expectativa que la película, lamentablemente, decide traicionar en favor de la complacencia. Michael no es un ejercicio de introspección cinematográfica, sino una hagiografía corporativa: un mausoleo de lujo, pulido y completamente inofensivo, que prefiere elevar una “estampita” del “santo pop” antes que rozar cualquier arista de incomodidad humana.

Resulta desconcertante que un guionista de la talla de John Logan, artífice de la complejidad psicológica en El Aviador o la épica de Gladiador, haya entregado un libreto que bordea el culebrón. La narrativa se estructura como un “biopic de Wikipedia”, una acumulación de lugares comunes donde los conflictos se plantean con torpeza y sin la más mínima sutileza.

La película recorre la vida de Jackson desde su infancia en Gary, Indiana, bajo el yugo de un Joseph Jackson caricaturizado como un villano de Marvel (aunque interpretado con una ferocidad cautivadora por Colman Domingo), hasta su apoteosis en el estadio de Wembley en 1988. Sin embargo, este recorrido es puramente epidérmico. Fuqua nos muestra la llama, la jirafa y el chimpancé, pero ignora sistemáticamente al “elefante en la habitación”. Al terminar el relato abruptamente a los 30 años del artista con el subtítulo “La historia continúa”, el filme huye de los años 90 y 2000, las décadas donde el comportamiento de Jackson y las acusaciones de abuso infantil transformaron para siempre su legado. Esta omisión no es un recurso narrativo, es una claudicación ética, y al mismo tiempo temas legales que la película se ve limitada. 

En el centro de este vacío se encuentra Jaafar Jackson. El sobrino del astro realiza un trabajo de mimesis extraordinario, capturando la voz aguda, el carácter alegre y, sobre todo, los movimientos electrizantes que marcaron a generaciones. En las secuencias de estadio, donde suenan hits como Billie Jean o Thriller, la película adquiere una chispa especial; es aquí donde el director de fotografía Dion Beebe brilla al recrear videoclips icónicos con una factura técnica impecable.

No obstante, cuando el foco sale del escenario, el Michael de Jaafar se desvanece. Fuera de los focos, emerge un personaje de “insipidez constante”, una figura que susurra con voz de pájaro y hace pucheros leyendo a Peter Pan. El guion es incapaz de cuestionar estos gestos o de buscar la raíz de su rebeldía. Lo que vemos es una imitación aceptable que evoca la imagen pública, pero que no ofrece información alguna sobre el hombre que se escondía tras la máscara. Queda a un nivel superficial abrupto. 

Uno de los fallos más determinantes del filme es la absoluta superficialidad de su reparto secundario, transformando lo que debería ser un drama familiar en un desfile de figuras planas y sin trasfondo. En el universo de Fuqua, nadie más allá de Michael y su padre parece tener pulso propio. Todos los personajes están diseñados como meros satélites que orbitan la luz del protagonista, sin desarrollo ni arco evolutivo.

Este vacío narrativo es especialmente sangrante en la representación de los hermanos de Michael. Jermaine, Marlon, Tito, Jackie y La Toya son reducidos a roles prácticamente mudos, figuras que entran y salen de escena como utilería humana para rellenar los encuadres de las giras o los ensayos. No hay rastro de sus propias luchas, resentimientos o identidades; son sombras coreografiadas cuya única función es validar la centralidad de Michael. Incluso personajes con potencial histórico, como Quincy Jones o Katherine Jackson, se ven limitados a gestos genéricos —él como un observador asombrado y ella como la madre sufrida—, privando a la película de cualquier textura humana real y reforzando la sensación de estar ante un montaje publicitario en lugar de una obra cinematográfica.

Otro punto que le pasa factura, y es bastante notable, es la controversia externa a la pantalla, misma que es tan reveladora como el metraje mismo. La ausencia de Janet Jackson en este proyecto no es casual. Su decisión de mantenerse al margen subraya las tensiones de un clan familiar que sigue fracturado por la narrativa del mito. A esto se suman los comentarios de Paris Jackson, quien ha mantenido una distancia crítica hacia una película financiada por los propios herederos y producida por el abogado del patrimonio, John Branca (cuya prominencia en el filme, interpretado por Miles Teller, resulta casi autorreferencial).

Mientras otros biopics contemporáneos han tomado riesgos inmensos —como la audacia visual de Better Man para retratar a Robbie Williams o la densidad de Un completo desconocido sobre Bob Dylan—, Michael se siente a años luz de distancia. Es una obra que se muestra a la defensiva, manipulando cuidadosamente cada rasgo perturbador para presentarlo con una afecto indiferente. Las escenas donde Jackson se hace amigo de niños son tratadas con una candidez que, dado el contexto histórico, resulta “terriblemente incómoda” y desconectada de la realidad, como si quisiera blanquear la imagen, o buscar vender otras narrativas.

Como producto de consumo, Michael funciona mejor en una sala IMAX o Dolby Atmos, donde el despliegue sonoro y visual permite al espectador sumergirse en la nostalgia de los éxitos pop. Pero como cine, es una obra fallida. Es un entretenimiento de crucero que no se atreve a profundizar en las heridas de un niño brutalizado por su padre ni en las consecuencias psíquicas de una infancia privada de libertad.

Al negar cualquier visión contradictoria, Antoine Fuqua ha creado una película que no le hace honor a uno de los artistas más complejos del siglo XX. Michael es, en última instancia, un elegante ejercicio de relaciones públicas: una hagiografía que prefiere la seguridad de la leyenda a la peligrosa y necesaria verdad del hombre. La historia, efectivamente, continúa, pero esta película ha preferido quedarse en el prólogo más brillante y menos honesto que se haya visto en mucho tiempo en una biopic musical. 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *