La secuela de El diablo viste a la moda 2 apuesta por la nostalgia y la repetición de su fórmula original, situando a sus personajes en un contexto actualizado marcado por la crisis de los medios impresos.
El diablo viste a la moda 2 (2026)
Puntuación:★★★½
Dirección: David Frankel
Reparto: Meryl Streep, Anne Hathaway, Emily Blunt, Stanley Tucci, Simone Ashley, Caleb Hearon, Justin Theroux, Lucy Liu, Kenneth Branagh y BJ Novak
Disponible en cines
Pocas comedias contemporáneas han logrado incrustarse con tanta naturalidad en la cultura popular como El diablo viste a la moda. Lo que en su momento parecía una sátira elegante sobre el mundo de la moda terminó convirtiéndose en un texto fundacional del cine mainstream de los 2000: frases memorizadas, escenas replicadas hasta el infinito y una figura —la de Miranda Priestly— que trascendió la pantalla para instalarse como arquetipo del poder femenino frío, admirado y temido. Dos décadas después, el regreso de David Frankel junto a su elenco original no solo apela a la nostalgia, sino que se enfrenta a una pregunta inevitable: ¿qué significa retomar una historia cuyo legado ya está cristalizado?
La respuesta que propone esta secuela es, ante todo, conservadora. Escrita nuevamente por Aline Brosh McKenna y basada en el universo literario de Lauren Weisberger, la película opta por jugar sobre seguro: repite estructuras, reconstruye dinámicas y revisita situaciones con variaciones mínimas. Hay algo casi programático en su diseño: cada escena parece consciente de su condición de eco, de repetición deliberada. Andy regresando a Runway, Nigel aconsejando entre bastidores, Miranda imponiendo su presencia glacial… todo está ahí, cuidadosamente ensamblado para activar la memoria emocional del espectador.
Sin embargo, el paso del tiempo no es un elemento decorativo dentro del relato. La película se sitúa en un contexto donde la decadencia de los medios impresos y la lógica voraz del entorno digital transforman el terreno de juego. La revista ya no es el bastión inexpugnable que fue, y Miranda —interpretada nuevamente por Meryl Streep con precisión quirúrgica— se enfrenta no solo a rivales corporativos, sino a la amenaza más silenciosa: la obsolescencia. La decisión de situarla al borde de la jubilación introduce una tensión interesante, aunque el guion apenas la explora en profundidad.

En paralelo, la figura de Andy, encarnada otra vez por Anne Hathaway, revela una de las principales limitaciones del filme: su incapacidad para evolucionar realmente a sus personajes. Aunque ahora es una periodista consolidada, la narrativa insiste en devolverla a su punto de partida, repitiendo un arco que ya había sido resuelto en la primera entrega. Esta regresión dramática, aunque funcional para la nostalgia, le resta peso emocional a su recorrido.
Quien sí logra escapar parcialmente de esta inercia es Emily Charlton. Emily Blunt se adueña de la pantalla con una energía que desborda el propio guion, ofreciendo los momentos más memorables de la película. Convertida ahora en ejecutiva de alto nivel, su presencia introduce una rivalidad que prometía ser el eje narrativo más potente, pero que termina diluyéndose en una trama que no sabe cómo integrarla plenamente. Su arco, forzado y fragmentario, evidencia una constante del filme: ideas interesantes que nunca terminan de desarrollarse.
Más allá de sus vacíos dramáticos, la película entiende perfectamente cuál es su verdadero capital simbólico: la superficie. El vestuario —deslumbrante, meticulosamente curado— y la representación de un mundo de lujo siguen siendo el principal motor de seducción. Cada plano funciona como una postal aspiracional, reafirmando que el atractivo de la saga siempre ha residido en ese equilibrio entre fantasía y exclusividad. Incluso cuando intenta incorporar guiños a la Generación Z —lenguaje inclusivo, cultura digital, influencers—, lo hace sin alterar realmente su esencia estética ni narrativa.

Donde sí se percibe una actualización significativa es en su aproximación a la ambición femenina. Si la película original sugería que el éxito profesional tenía un costo moral o emocional que debía pagarse, esta secuela opta por una mirada menos punitiva. Miranda no se disculpa por su trayectoria, Andy no es castigada por priorizar su carrera y Emily encarna una versión de éxito que no necesita justificación. Es un ajuste sutil, pero revelador: la película no reinventa el discurso, pero lo desplaza lo suficiente para alinearse con sensibilidades contemporáneas.
Aun así, esta evolución temática queda parcialmente opacada por la propia naturaleza del proyecto. El diablo viste a la moda 2 es, en esencia, una obra que se resiste a arriesgar. Su estructura repetitiva, su conflicto diluido y su dependencia de la nostalgia la convierten en un producto eficaz pero limitado. Funciona como entretenimiento ligero, incluso encantador en momentos, pero rara vez alcanza la agudeza o la frescura que hicieron de la original un clásico moderno.
Y, sin embargo, hay algo innegablemente placentero en este regreso. Ver nuevamente a estos personajes —a Miranda, Andy, Nigel— moverse en un mundo que, aunque cambiado, sigue reconociéndose a sí mismo, tiene un valor casi ritual. La película no necesita reinventarse del todo para justificar su existencia; le basta con ofrecer una variación elegante de una fórmula conocida. En ese gesto —cómodo, calculado, pero eficaz— encuentra su razón de ser.
Porque, al final, esta secuela no busca redefinir su legado, sino confirmarlo: recordarnos que, incluso veinte años después, el glamour, el ingenio y el poder de una mirada siguen siendo suficientes para sostener el espectáculo.
